dimecres, 30 de març del 2011

demasiado tiempo

Esta noche me he despertado. He entreabierto un ojo, para no desvelarme en exceso, y he percibido que la habitación estaba en un punto de oscuridad casi pleno, apenas roto por la tenue luz de las farolas de sodio que se cuela por la rendija inferior de una persiana que no acaba de cerrar bien.
No podía respirar bien, sería el engorroso constipado que hacía dos días que me tenía encamado. Me he notado la vejiga hinchada y me he incorporado. El despertador me indicaba que hacía solo dos horas que habíamos rebasado la media noche. Mi sueño aún era muy joven y tenía una segundo oportunidad, aquella noche.
He intentado no revolver mucho las sábanas para que mi mujer no se despertara, y lo debo haber hecho bien, porque al entrar en el baño aún he oído su acompasada respiración nasal, que me ha cargado con un punto de envidia sana.
Me he sentado en el retrete, que es la posición en la que suelo orinar de noche. Así no tengo que encender la luz para apuntar correctamente. Todo enfocado siempre a la máxima comodidad y mínimo desvelo.
La persiana estaba subida y he corrido una hoja de la ventana. Al otro lado del dintel, el halo seguía siendo tan vaporosamente anaranjado como siempre. Seguía siendo aquella luz que nos robó  las estupendas estrellas que veíamos de pequeños. Seguía siendo la luz que lo teñía todo, haciendo que ya nada fuera igual. Seguía siendo la luz que hacía que ya no existiera la noche.
Bajé a la cocina y me hice un vaso de leche caliente. No recordaba que habíamos cambiado el microondas, pero no me extrañó, porque estaba medio somnoliento y hacía ya varios años que funcionaba mal. Encendí la tele, y a aquellas horas la basura exudaba por la pantalla, como si de una membrana osmótica se tratara.
Repasé los volúmenes de mi librería, y allí seguían mis obras de Shakespeare, mis poemas de Yeats, mis libros de viajes, los de mi carrera, mis libros de todos los idiomas que había ido picoteando aquí y allá (francés, italiano, vasco, hebreo…), los de diseño,  mis CDs de música antigua, y los extremadamente modernos, todos perfectamente mezclados sin orden de tamaño, color, ni temática.
Subí de nuevo las escaleras, y antes de entrar en la habitación, pasé, como solía hacer, por la habitación de mi hija, que también seguía en su desordenado orden, con sus cuentos, sus muñecas, su armario, los cuadros adormilados colgando en la pared. Pero cuando miré a la cama, mi cara de desencajó en la silenciosa penumbra. ¡¡Había crecido un mundo de golpe!!
Corrí a mi habitación, rodé las luces y desperté a la persona que dormía casi en el medio de la cama de matrimonio, y que no era mi mujer.
Dirigió la mirada hacia donde mi presencia debía ocupar su espacio y lanzó al aire: ¿Ya has vuelto a olvidarte de que hace dos años que estás muerto? ¡Es la tercera vez que nos despiertas esta semana!
Dos lágrimas resbalaron por mis mejillas, aunque ella no pudiera verlas.

dimecres, 23 de març del 2011

El hilo de colores

Sé que os debo una disculpa por haber desaparecido durante más de dos meses, pero eso será otro día, porque hoy os quiero explicar mi compromiso con mi abuela.

Mi abuela vivió físicamente ciega durante bastantes años. Quizás por ello me quería tanto y siempre me decía que era su nieto preferido.

Durante sus dos últimos años de existencia, iba a leerle dos veces por semana, antes de empezar en la peluquería, para intentar iluminar un poco su existencia.

El día que murió, aparte de la omnipresente sensación de no haber hecho suficiente por ella y de haberle fallado, como nos pasa a todos, estuve contento, porque vivió sus últimos tiempos en un mundo paralelo. Cada vez que iba a leerle, le compraba el periódico para narrarle las noticias del día, pero lo encontraba tan lleno de miserias, que al final acababa inventándome las historias, según las cuales, hacía dos años consecutivos que las pensiones aumentaban un 50%, el imserso regalaba viajes todo incluido al Caribe, a los que todos sus amigos, ya muertos (aunque ella no lo sabía), habían ido y vuelto contando maravillas, la educación era gratis y de calidad para todos sus biznietos, y todos nosotros teníamos segundas residencia en el Empordà. De vez en cuando, para hacer todo aquello un poco más creíble pasaba las páginas del diario adelante y atrás. Ella me guiñaba un ojo y una sonrisa pícara se le escapaba por debajo de la nariz.

Ver aquella sonrisa sabia y arrugada no se pagaba con dinero y después de unas semanas me produjo tanta dependencia que ya no estaba seguro de quien iluminaba a quien.

Subir y bajar los escalones lúgubres, desgastados y sucios de las fincas del Raval de Barcelona, me producía lágrimas, pero la ascensión y la bajada cambiaba el sabor de mis secreciones. Antes de verla, siempre lloraba lágrimas saladas y amargas, mientras que al irme, se habían convertido en un llanto dulce y eterno como para adentro, que aún de vez en cuando me encuentra.

La cosa es que el último día que fui a leerle, los dos teníamos claro que no habría más lecturas ni intercambios de sonrisas entre nosotros, y antes de que ella me lo pidiera, le prometí que una vez por semana y hasta el día de su muerte, iría a leerle las noticias a Santiago, un amigo suyo, también ciego con quien había intimado un mes de Agosto en una residencia de verano de la costa. ¡Y yo que pensaba que aquello de los amores de verano era cosa de adolescentes!

Santiago era un hombre agradecido, y me lo ponía todo extremadamente fácil. Siempre reía a carcajadas las histriónicas historias que le explicaba, sin tapujos ninguno de los dos. A sus ochenta años ya no tenía nada de qué esconderse ni de qué avergonzarse. Así que dediqué mi empeño en alegrarle la existencia.

Y creo que mi abuela me está eternamente agradecida, porque siempre que estoy falto de inspiración, como ahora, se me sigue apareciendo y me regala un hilo de colores del que tirar y poder montar una historia.