diumenge, 5 de juny del 2011

Las cañerías

Ayer por la tarde, poco antes de cerrar, fui a hacer pis al servicio de La Pelu, y mira por donde, me entró una curiosidad atroz de conocer qué se cocía por el interior de aquel tubo lleno de agua que se colaba por los entresijos del edificio.


Así que, primero, inspiré hondo hasta llenar con unos tres litros de aire mis pulmones. No sabía cuantos segundos tardaría en poder volver a respirar oxígeno. Al introducir mi cabeza, no me gustó la sensación inicial de estrechez, pero me acostumbré enseguida, mientras mi cuerpo se deslizaba suavemente, siguiendo a la testa.
Estaba oscuro allí abajo. Al cabo de cinco o seis segundos que me parecieron eternos, y de superar un par de codos, encontré un cruce de tubos. Esperé un par de segundos a que mi semáforo se tornara en verde. En ese lapso de tiempo, una moto con dos ratones, o mejor dicho, una rata y un ratón, cruzó de izquierda a derecha la tubería secundaria por delante mío. Me pregunté a donde se dirigían, porque se les veía tan felices que me dieron mucha envidia.
En nada, el canal se ensanchó, y una bolsa de aire lo llenó todo. Paré unos segundos para respirar, no sin antes percatarme del trasiego que tenía lugar a tan solo diez metros de profundidad de donde, sin percatarse de nada, mis chicas cortaban, teñían y lavaban.
Un enjambre de cables y turbinas generaban la luz artificial que presidía el lugar. Era viernes, y al parecer, el día en que se celebraba el mercado semanal, porque había multitud de puestos de verduras, frutas frescas, pepinos en perfecto estado y también de ropas baratas y lencería china de mal gusto.
Coches, motos, autobuses e incluso alguna que otra bicicleta se agitaban en un trabajoso devenir de tráfico.
Dado que no necesitaba comprar nada, seguí conducto abajo hasta encontrar un camping, donde tiendas y caravanas se agolpaban alrededor de un remanso de la tubería, que formaba algo parecido a un lago. Tampoco lo de acampar estaba hecho para mí.
Unos metros después, aprovechando una bajada pronunciada en el recorrido, se había instalado una empresa de deportes de aventura, especializada en descenso de barrancos y ráfting. Ese tramo estaba especialmente abarrotado de transeúntes y embarcaciones a remo. Aunque aquello sí que me motivaba, mi curiosidad me empujó a seguir buceando, pese a que hacía un par de horas que había iniciado mi periplo y empezaba a notar el cansancio.
Poco después, se notaba que de alguna obra habían tirado escombros, porque un montón de arena se acumulaba en un recoveco, y aprovechándola, algunos viandantes habían tendido toallas y plantado sombrillas. Un espabilado había intentado sacar tajada del escenario montando una escuela de buceo, si bien no parecía tener mucha clientela.
Tuve que pararme un momento porque estaba a punto de cogerme un calambre en la pierna izquierda. Así, me detuve una horita en un chiringuito que se encontraba al lado de la playa artificial para tomar una cervecita con limonada y descansar. El chiringuitero, aunque la palabra no exista, me indicó que eran casi las cinco de la mañana, pero que allí abajo la hora no importaba, porque al no llegar los rayos del sol, cada uno hacía el horario que más le convenía.
He tardado un par de horas más en dar con el final de la cañería y poder salir a un exterior en el que un sol hiriente reina en el cielo, como si las manecillas de un reloj inexistente apuntaran a mediodía.
Creo que hoy no voy a poder ir a trabajar a La Pelu. Tanto bucear por los conductos toda la noche, me ha dejado exhausto.

dissabte, 21 de maig del 2011

El rojo

Mañana me levantaré y será un día normal. Posiblemente caiga una llovizna tímida, porque a estas horas de la noche, cuando ya estoy a punto de irme a dormir, el cielo está bastante encapotado, y además, porque el hombre del tiempo lo ha dicho en el telediario.
El día será normal, pero yo no. Porque no sé por qué insólito motivo, sólo seré capaz de discernir correctamente los objetos de color rojo. Eso me pondrá harto nervioso. Normalmente distingo muy bien los colores. Al irme a vestir, me tendré que poner todas las prendas de ese color, ya que si no, aunque palpe en el armario, podría llegarme a poner una camisa fucsia con un pantalón verde y unos zapatos blancos. A pesar de que ahora resulte que estén de moda los colores fuertes mezclados entre ellos, preferiré no correr riesgos e ir vestido de diablo.
En el parking, deberé transitar con mucho cuidado, porque sólo veré los coches rojos y no sabré si hay otros automóviles o no. Por suerte, mi coche es rojo, así que lo encontraré, me subiré en él, arrancaré, y lo conduciré a través de la rampa. Una vez fuera, no seré capaz de salir al exterior, porque no veré los otros coches, y tampoco sabré si el semáforo está cambiando de verde a ámbar. O sea, que devolveré el coche al lugar de donde habrá salido y cogeré un autobús, que por suerte será rojo, para ir a la Pelu.
Al enfilar una calle paralela al mar descubriré que hará mala mar, porque la bandeja roja estará izada. Por la izquierda nos adelantará un ferrari. Hará mucho que no veía uno por las calles de Barcelona. La crisis está afectando a todos los sectores.
En la calle, un hombre sacará una cajetilla de Marlboro y, por el gesto que hará, cogerá un cigarrillo, se lo llevará a la boca y lo encenderá con un mechero de color rojo que habrá extraído del bolsillo de lo que, a juzgar por la distancia del suelo, deberá ser el pantalón de su traje.
A mi lado, una chica sacará un yogur de esos naturales que llevan mermelada de fresas debajo. Digo yo que deberá ser de esos, porque en realidad solo veré la mermelada y las fresas estampadas en el papel del yogur.


Por suerte, el botón de “deténgase en la próxima parada” del bus será rojo y podré presionarlo y bajarme en la esquina de la calle donde tengo la Pelu.
Desayunaré un zumo de tomate, que es lo único que veré, y para prepararme para el lunes que me espera, le pediré al camarero que me lo convierta en un Bloody Mary bien cargado.
Afortunadamente, mi primera clienta será una chica que el día anterior se habrá quemado en la playa, irá ataviada con atuendo rojo por encima de la rodilla, se habrá hecho un mal tinte caoba en casa, y querrá que se lo solucionen profesionalmente, porque si no, no habría podido empezar mi jornada laboral.
Y ya sé que es un poco extraño escribir un cuento en futuro e incluso reconozco que es  incómodo de leer, pero es que estoy un poco cansado de escribir en pasado. Mañana será otro día, aunque también sea futuro.

diumenge, 15 de maig del 2011

La conferencia

Ayer por la mañana, salí del hotel algo desorientado. Últimamente viajo bastante y ya no recordaba si estaba en Nueva York, Sidney, México DF, Tokio o Shanghai.
Miré al cielo y estaba tan extremadamente polucionado que ni se veía el sol, lo cual redujo un poco las posibilidades, aunque no mucho. Giré la cabeza de lado a lado y vi que los transeúntes eran orientales. Tokio o Shanghai. Existen diferencias fisiológicas bastante notorias entre chinos y japoneses, aunque en los últimos diez años los jóvenes chinos se habían puesto bastante a la altura de los últimos en lo que a estética se refería. Estábamos claramente en Shanghai.
Decidí acercarme a un Starbucks para conectarme a internet e intentar indagar un poco más sobre los ponentes que intervenían en la conferencia a la que iba a asistir: “Errores garrafales en la peluquería española. Sesión de Intervisión”. Estaba tan abarrotado que el wifi no daba para tanta gente, y sólo llegué a descubrir, con exceso de paciencia, lo que significaba intervisión, palabra nueva para mí. El señor google me despejó la incógnita indicándome que se trataba de personas que exponían casos prácticos de los que, entre todos, se sacaban provechosas conclusiones.
Aunque mi propósito real en la capital económica de China era visitar a un viejo amigo, la verdad es que el título me había intrigado lo suficiente como para pagar los 4.000 yuanes de la inscripción.
Al salir de la cafetería, casi me choqué con una occidental muy guapa, morena, estilizada, que me miró entre coqueta y burlona, como sonriéndose por debajo de la nariz. De buena gana hubiera dejado la conferencia por ella, aunque en ningún momento la mujer me dio pie en absoluto a pensar que aquello pudiera llegar a producirse.
Al cabo de un par de bocacalles, me vino un flash, y me pareció que la morena me recordaba mucho a una clienta que se había marchado indignada de mi peluquería por un trasquilón que le hice un día que estaba un poco deprimido. Aunque se lo arreglé de manera muy profesional y le regalé el corte, no era lo que ella buscaba y se lo tomó muy mal.
Los orientales tienen la costumbre de taparse la boca cuando ríen, de manera que no se les ven los dientes en manera alguna. Aquel día, yo me miraba en todos los espejos y cristales de escaparates porque me daba la sensación de que la totalidad de los chinos se habían compinchado para reírse de mí. Andaban todos con las bocas tapadas con manos o pañuelos.
Al entrar en el Hall de conferencias, la cosa rozó el absurdo. Todo el mundo me miraba, me saludaba con la mano e incluso algunos me pedían autógrafos. Por supuesto, debía parecerme mucho a alguno de los ponentes.
Pero lo hilarante pasó al entrar en la sala, acondicionada de manera elegante, para unas 300 personas. De su techo colgaba una foto mía gigante, presidiéndolo todo. Me quedé atónito.

Allí, se habían congregado todas las personas a las que había hecho un trasquilón, un mal corte, un mal tinte, o a las que simplemente no había hecho lo que me habían pedido. Se encontraban personas de muchos lugares de nuestro globo, de ciudades a las que había ido a dar conferencias prácticas, de sitios en los que tenía franquicias de mi peluquería, como Turquía o México, pero sobretodo había muchos españoles. Personas que se habían pagado un billete de avión y una entrada a la conferencia con el único objetivo de explicar lo terrible de mi trabajo para con ellos.

dimarts, 26 d’abril del 2011

Los códigos de barras

Aunque muchos de vosotros quizás ni os disteis cuenta, la semana pasada estuvo a punto de acabarse el mundo.
El martes amaneció un día como otro cualquiera. Apagué el snoozer de mi despertador las 3 ó 4 veces de rigor, bajé de un salto de la cama, me dirigí al baño, hice pis mientras con la otra mano subía la persiana, abrí la ventana corredera, y allí estaba el sol, que hacía una media hora que se había levantado, pasando entremedio de dos nubes finas y blanquecinas, como si estuvieran hechas de vapor. Corría una ligera brisa que me transportaba el olor a mar, y de fondo, como en segundo plano, se oía el run run del tráfico.
Después de mi ducha, me vestí, me acicalé, y levanté la persiana de mi cuarto para el ventilar previo a hacer la cama. Ahí llegó mi primera sorpresa. Un flamante yate estaba aparcado delante de mi casa. Pensé en el afortunado propietario de la embarcación, cuyo poder adquisitivo seguro que rayaba lo indecente.
Al salir en dirección a La Pelu, el conductor del camión que tiraba del yate preguntó por mi nombre. Con pasmo, le contesté que era yo, y me dijo: “Pues esto es suyo. El código de barras así lo dice”. O Había resultado agraciado en algún tipo de concurso o lotería al que no había jugado, o se trataba de la cámara oculta, o allí había algún error.
Poco más tarde en la radio del coche oí (aunque hubiera preferido oírlo en la del yate) que un sinfín de reclamaciones se estaban efectuando al defensor del consumidor del área de Barcelona, porque estaban llegando a nombres erróneos multitud de diferentes bienes, tan diferentes entre ellos como generadores eléctricos, lechugas del supermercado online, turbinas de avión, muestras de perchas de doble pinza, catálogos de pinturas ignífugas de interior, el material necesario para enfriar el reactor de la central nuclear de Fukushima, unos calzoncillos para el presidente de Estados Unidos (de bastante mal gusto, por cierto) y una larga retahíla de elementos que servían para que el mundo continuara girando.
El problema fue que si todos aquellos útiles estaban en mi ciudad, eso quería decir que no estaban en los lugares en los que eran necesarios. Aquel día, militares que hacían la guerra se habían quedado sin munición, los miembros del G20 habían comido 3 horas tarde porque sus alimentos no habían llegado, el reactor número 3 de Fukushima había explotado, y le habían seguido el 2 y el 5, miles de aviones se habían quedado en tierra por falta de combustible, millones de empresas estaban faltas materias primas, y sin ventas, los barcos chocaban en las bocanas de los puertos por la falta de mantenimiento de los aparatos de control, las semifinales de la Champions League se tuvieron que anular porque no llegaron ni los equipos, ni el árbitro y casi ni el público, con el consiguiente colapso de las bolsas de todo el mundo.
Suerte que el señor que se había dormido la noche anterior mientras accionaba la máquina que hace los códigos de barras para DHL, sólo cabeceó durante veinticinco minutos mientras el artefacto imprimía como poseído el código destino Barcelona, que si no, seguramente no estaría yo aquí escribiendo esto ni vosotros leyéndolo.


dilluns, 18 d’abril del 2011

La clínica

Ayer le corté el pelo a una chica morena que me explicó una cosa que me hizo alucinar. Acababa de llegar de una clínica de Barcelona que tenía un sistema revolucionario.
Los tiempos de crisis son tiempos de cambio, convulsos, en los que las mentes brillantes encuentran nichos en los que nadie antes se había adentrado. Aunque nos parezca que todo está inventado, cerebros privilegiados desafían constantemente al mundo conocido.
Pues bien, la clínica en cuestión había patentado un sistema según el cual, los bebés podían nacer ya vestidos y limpios, sin rastros de placenta, líquidos, ni viscosidades desagradables, por lo que el nacimiento ya no era aquel prodigio íntimo reservado sólo al padre y la madre, sino que toda la familia podía presenciar, desde detrás del cristal, cómo nacían sus nietos, sobrinos y primos.
Aquel logro se había convertido en un fenómeno mundial que había resonado en radios y televisiones de todo el planeta, situando Barcelona en la élite internacional de la investigación médica, aunque yo me acabara de enterar por aquella chica que lucía un vaporoso vestido de margaritas por encima de la rodilla, que se deslizaba peligrosamente hacia su sexo cuando yo hacía girar la silla para lavarle el pelo.
La lista de espera para parir en dicha clínica privada se había multiplicado por mil, igual que los precios del quirófano, la habitación, los honorarios de los ginecólogos y todo lo que envuelve los partos. Los propietarios de la clínica no podían creerse el éxito de su iniciativa, y en unos días habían recuperado con exceso la inversión que habían realizado.
En los bajos del hospital se habían habilitado tiendas de ropa de recién nacidos para todos los gustos. Lejos habían quedado las batistas, que había sido substituidas por polos Ralph Lauren, camisas Lacoste, vestidos Pedro del Hierro y zapatillas Bikkembergs.
Lo cierto es que la gente proyectaba en sus hijos su filosofía de vida a través de la indumentaria. Así, había tiendas de ropa arreglada pero informal, y establecimientos en los que los lazos y las blondas inundaban cada centímetro cuadrado.

Según la chica de las margaritas, lo que más le había llamado la atención era una joven un poco cumbayá, que se estaba peleando con su ginecólogo, mientras aguantaba las últimas contracciones de su embarazo, porque quería que su hija naciera con unos pendientes enormes en forma de sol, que había encargado en una de las tiendas del hospital. El médico la avisó de que podía sufrir un desgarro interno con abundante sangrado si intentaba sacar a su hija, que en aquellos momentos rondaba los 4 Kg, con aquellos enormes pendientes tan puntiagudos.
El ginecólogo le comentó que debía tratarse de un error del catálogo de la tienda, que aquellos pendientes eran totalmente inapropiados para el parto. Le recomendó que los cambiara por unos más pequeños, o redondeados, como, por ejemplo, unas perlas. Pero la joven hippie se quedó boquiabierta mirando a aquel facultativo como si delante tuviera a la persona más extraña con la que un ser humano pudiera cruzarse. ¿unas perlas?

dijous, 7 d’abril del 2011

El avión

El trayecto de vuelta de Reykjavik a Barcelona dura un poco más de cuatro horas, de las cuales, la mayoría han transcurrido de noche.

Al principio todo ha ido razonablemente bien. Aunque me ha tocado el asiento del medio, en ventanilla se ha sentado un chico bastante agradable y adorablemente reservado que no me ha dado la lata, y en el pasillo una joven morena que, al sentarse a mi lado, me ha regalado un delicado perfume de cuerpo cálido.

Han puesto la peli Todos soñarán, que no había visto y que hacía semanas que quería ir a ver al cine, después de haber leído en una de las revistas que tenemos en la Pelu, una crítica donde la dejaban por las nubes.

La cosa es que a media película me he quedado dormido. Llevo unos días en los que me cuesta pegar ojo, y supongo que eso me ha pasado factura a pesar de mi interés por el film en cuestión. Antes de que acabara, me he despertado un poco mareado, pero como todo rezumaba tranquilidad, me he adormilado un poco más para darle un poquitín de tiempo a mi cerebro. Ha sido después de ese breve lapso de tiempo que he detectado que el ambiente en aquel avión era demasiado relajado. Todo el mundo dormía pesadamente, no había nadie en los pasillos y la señal de abróchense los cinturones permanecía apagada.
Tenía ganas de ir al baño, y aunque me sabía mal despertar a la chica morena, al final, ante los pinchazos de mi vejiga, me he visto obligado a saltar por encima suyo. Ni aún así ha levantado ceja. He orinado copiosamente. Nunca me siento en un avión, me divierte el reto de mantener la puntería con el traqueteo y las turbulencias.

Al salir, ningún cambio. He decidido ir a la cola del avión, donde a menudo hay barra de bebidas no alcohólicas en los vuelos largos, pero ni rastro de actividad. Unas piernas largas, desnudas, me han llamado desde detrás de unas cortinas, y al sacar la cabeza entre ellas, he visto que dos de las azafatas estaban aprovechando el vuelo para llegar a Barcelona un poco más descansadas.

He decidido volver a mi sitio y leer un poco, porque la película estaba ya a punto de acabar y había perdido el hilo por completo.

He empezado a preocuparme cuando, media hora antes de llegar a la ciudad condal, el avión ha empezado la maniobra de descenso, sin el correspondiente anuncio del comandante, ni se habían activado las señales de abróchense los cinturones, ni se había servido el correspondiente desayuno a bordo.

Al cabo de diez minutos me he levantado como un resorte. La Costa Brava se dibujaba perfectamente bajo las nubes bajas, y en aquel avión parecía que la única neurona activa era la mía. He intentado despertar a las azafatas, pero permanecían inertes. Lo he probado con mis vecinos de asiento, sin fortuna alguna. Desesperado, me he dirigido a la cabina de los pilotos y he empezado a gritarles aporreando la puerta, pero sin recibir respuesta. Mi ansiedad ha subido a límites insoportables. Según mis cálculos no debían faltar más de quince minutos para aterrizar.

Pasando por encima de Mataró, he visto por el rabillo del ojo en una de las pantallas de televisión que la película se había acabado, porque detrás de los créditos que avanzaban inexorablemente, se leía: Todos soñarán, FIN.

He pensado que era un presagio de lo que estaba a punto de pasar, pero al desaparecer las últimas letras, el capitán ha silbado por el micrófono: cabin crew, prepared for landing, mientras todos han vuelto a la vida como por arte de encantamiento, con una lánguida sonrisa, se han abrochado los cinturones de seguridad y han seguido con sus quehaceres con total naturalidad. La aeronave enfilaba la tercera pista del aeropuerto del Prat.

dimecres, 30 de març del 2011

demasiado tiempo

Esta noche me he despertado. He entreabierto un ojo, para no desvelarme en exceso, y he percibido que la habitación estaba en un punto de oscuridad casi pleno, apenas roto por la tenue luz de las farolas de sodio que se cuela por la rendija inferior de una persiana que no acaba de cerrar bien.
No podía respirar bien, sería el engorroso constipado que hacía dos días que me tenía encamado. Me he notado la vejiga hinchada y me he incorporado. El despertador me indicaba que hacía solo dos horas que habíamos rebasado la media noche. Mi sueño aún era muy joven y tenía una segundo oportunidad, aquella noche.
He intentado no revolver mucho las sábanas para que mi mujer no se despertara, y lo debo haber hecho bien, porque al entrar en el baño aún he oído su acompasada respiración nasal, que me ha cargado con un punto de envidia sana.
Me he sentado en el retrete, que es la posición en la que suelo orinar de noche. Así no tengo que encender la luz para apuntar correctamente. Todo enfocado siempre a la máxima comodidad y mínimo desvelo.
La persiana estaba subida y he corrido una hoja de la ventana. Al otro lado del dintel, el halo seguía siendo tan vaporosamente anaranjado como siempre. Seguía siendo aquella luz que nos robó  las estupendas estrellas que veíamos de pequeños. Seguía siendo la luz que lo teñía todo, haciendo que ya nada fuera igual. Seguía siendo la luz que hacía que ya no existiera la noche.
Bajé a la cocina y me hice un vaso de leche caliente. No recordaba que habíamos cambiado el microondas, pero no me extrañó, porque estaba medio somnoliento y hacía ya varios años que funcionaba mal. Encendí la tele, y a aquellas horas la basura exudaba por la pantalla, como si de una membrana osmótica se tratara.
Repasé los volúmenes de mi librería, y allí seguían mis obras de Shakespeare, mis poemas de Yeats, mis libros de viajes, los de mi carrera, mis libros de todos los idiomas que había ido picoteando aquí y allá (francés, italiano, vasco, hebreo…), los de diseño,  mis CDs de música antigua, y los extremadamente modernos, todos perfectamente mezclados sin orden de tamaño, color, ni temática.
Subí de nuevo las escaleras, y antes de entrar en la habitación, pasé, como solía hacer, por la habitación de mi hija, que también seguía en su desordenado orden, con sus cuentos, sus muñecas, su armario, los cuadros adormilados colgando en la pared. Pero cuando miré a la cama, mi cara de desencajó en la silenciosa penumbra. ¡¡Había crecido un mundo de golpe!!
Corrí a mi habitación, rodé las luces y desperté a la persona que dormía casi en el medio de la cama de matrimonio, y que no era mi mujer.
Dirigió la mirada hacia donde mi presencia debía ocupar su espacio y lanzó al aire: ¿Ya has vuelto a olvidarte de que hace dos años que estás muerto? ¡Es la tercera vez que nos despiertas esta semana!
Dos lágrimas resbalaron por mis mejillas, aunque ella no pudiera verlas.