Ayer por la tarde, poco antes de cerrar, fui a hacer pis al servicio de La Pelu, y mira por donde, me entró una curiosidad atroz de conocer qué se cocía por el interior de aquel tubo lleno de agua que se colaba por los entresijos del edificio.
Así que, primero, inspiré hondo hasta llenar con unos tres litros de aire mis pulmones. No sabía cuantos segundos tardaría en poder volver a respirar oxígeno. Al introducir mi cabeza, no me gustó la sensación inicial de estrechez, pero me acostumbré enseguida, mientras mi cuerpo se deslizaba suavemente, siguiendo a la testa.
Estaba oscuro allí abajo. Al cabo de cinco o seis segundos que me parecieron eternos, y de superar un par de codos, encontré un cruce de tubos. Esperé un par de segundos a que mi semáforo se tornara en verde. En ese lapso de tiempo, una moto con dos ratones, o mejor dicho, una rata y un ratón, cruzó de izquierda a derecha la tubería secundaria por delante mío. Me pregunté a donde se dirigían, porque se les veía tan felices que me dieron mucha envidia.
En nada, el canal se ensanchó, y una bolsa de aire lo llenó todo. Paré unos segundos para respirar, no sin antes percatarme del trasiego que tenía lugar a tan solo diez metros de profundidad de donde, sin percatarse de nada, mis chicas cortaban, teñían y lavaban.
Un enjambre de cables y turbinas generaban la luz artificial que presidía el lugar. Era viernes, y al parecer, el día en que se celebraba el mercado semanal, porque había multitud de puestos de verduras, frutas frescas, pepinos en perfecto estado y también de ropas baratas y lencería china de mal gusto.
Coches, motos, autobuses e incluso alguna que otra bicicleta se agitaban en un trabajoso devenir de tráfico.
Dado que no necesitaba comprar nada, seguí conducto abajo hasta encontrar un camping, donde tiendas y caravanas se agolpaban alrededor de un remanso de la tubería, que formaba algo parecido a un lago. Tampoco lo de acampar estaba hecho para mí.
Unos metros después, aprovechando una bajada pronunciada en el recorrido, se había instalado una empresa de deportes de aventura, especializada en descenso de barrancos y ráfting. Ese tramo estaba especialmente abarrotado de transeúntes y embarcaciones a remo. Aunque aquello sí que me motivaba, mi curiosidad me empujó a seguir buceando, pese a que hacía un par de horas que había iniciado mi periplo y empezaba a notar el cansancio.
Poco después, se notaba que de alguna obra habían tirado escombros, porque un montón de arena se acumulaba en un recoveco, y aprovechándola, algunos viandantes habían tendido toallas y plantado sombrillas. Un espabilado había intentado sacar tajada del escenario montando una escuela de buceo, si bien no parecía tener mucha clientela.
Tuve que pararme un momento porque estaba a punto de cogerme un calambre en la pierna izquierda. Así, me detuve una horita en un chiringuito que se encontraba al lado de la playa artificial para tomar una cervecita con limonada y descansar. El chiringuitero, aunque la palabra no exista, me indicó que eran casi las cinco de la mañana, pero que allí abajo la hora no importaba, porque al no llegar los rayos del sol, cada uno hacía el horario que más le convenía.
He tardado un par de horas más en dar con el final de la cañería y poder salir a un exterior en el que un sol hiriente reina en el cielo, como si las manecillas de un reloj inexistente apuntaran a mediodía.
Creo que hoy no voy a poder ir a trabajar a La Pelu. Tanto bucear por los conductos toda la noche, me ha dejado exhausto.






