diumenge, 26 de desembre del 2010

Akhenatón

Una amiga mía visitó el Bristish Museum, porque es una gran entusiasta del arte egipcio. Después de dos viajes al país africano, sólo le quedaba inspeccionar dicho museo (gratuito, por cierto), el cual posee una importante colección que versa sobre esta milenaria y fascinante cultura.
Le impresionó en gran manera el busto de Akhenatón, en el que se aprecia claramente que este mal llamado faraón no era egipcio. Como podéis ver en la fotografía del señor en cuestión, Akhenatón era un extraterrestre. Su cara alargada, su tez en ningún modo oscura, sus labios gruesos, la nariz grande y recta, casi perfecta. Pero sobre todo, creo que lo más imponente de la figura son los ojos, claramente de otro mundo. Parecidos a los de un gato, rasgados, pero alargados, no hay ninguna población africana que posea dicho aspecto.
No es que yo sea un sabio erudito o un estudioso historiador, sino que me lo contó él mismo, porque a menudo cenamos juntos. La verdad es que se trata de un señor bastante sincero, y para ser considerado un faraón, es de agradecer el constatar que no está nada endiosado.
Akhenatón es conocido mío desde que, hace un par de años, tuve un aparatoso accidente de moto, en el que estuve inconsciente durante unas 4 horas. Fue muy interesante, porque en aquel corto lapso de tiempo, tuve la posibilidad de comprobar una serie de leyendas urbanas, que resultan ser totalmente ciertas. Para empezar, aunque yo estaba totalmente desvanecido, escuchaba con total claridad a los doctores y las enfermeras correr de arriba abajo con las manos ensangrentadas, gritándose los unos a los otros: ¡que se nos va! ¡que se nos va! Seguidamente, cuando decidí no irme muy lejos, empecé a ver fragmentos de mi vida desplazándose a gran velocidad, como si me pasaran por delante de los ojos, cosa que era materialmente imposible, por encontrarse naturalmente cerrados. Finalmente pude observar una serie de luces blanquecinas que se movían raudas, que creo yo que fueron a causa de algún efecto químico que sugestiona al cerebro cuando estamos a punto de morirnos.
La verdad es que, milagrosamente, no me quedó ninguna secuela del accidente, ni física, ni psicológica. Bueno, sí. Yo hasta aquel entonces a duras penas había sabido de la existencia de Akhenatón, pero ese día nos encontramos por alguno de los cortes en que se divide la masa gaseosa que se encuentra entre nuestra vida y la de los demás, y nos caímos bien. Quizás es que vibramos con la misma frecuencia. Él vestía una especie de túnica de lino blanco un tanto ridícula y mostraba una barba que le salía de debajo del mentón atada con una especie de cordelaje de piel bovina. Yo estaba acicalado con mi bata de hospital abierta por el culo y bastante sanguinolenta, por lo que, por algún intrigante mecanismo que aún desconozco, le recordé a alguien de su adolescencia, y lo demás vino sólo.
La cosa es que desde entonces, un día al mes, nunca sé cuando (eso es lo único incómodo de la relación), aparece en mi casa con la intención de cenar conmigo. Ha sido durante el transcurso de las cenas que hemos celebrado, que me ha ido explicando que eso de morir en Egipto no lo tenía planeado, pero se ve que una tormenta de arena taponó el agujero espacial por el que se había desplazado y no le quedó más remedio que convertirse en un dios, lo cual tampoco estuvo nada mal, porque estaba harto hastiado de pasar tantas noches fuera de casa por culpa de sus viajes de empresa.

diumenge, 19 de desembre del 2010

el aparcamiento

La semana pasada nos dispusimos a celebrar la típica cena de Navidad de La Peluquería en un restaurante de Barcelona. Como no tenía intención de beber ni de alargar mucho la velada, decidí coger el coche. Aquel viernes, una muchedumbre se disponía a disfrutar de la fría noche, abarrotando hasta los topes las calles de la Ciudad Condal.
Dado que el restaurante se encontraba en una zona poco conocida para mí, al ver de reojo un parking, me dispuse a aparcar allí mismo para no perder más tiempo. Estaba llegando tarde a la cita, y siempre alardeo de mi puntualidad británica.
Sólo meter el morro del coche por la boca del garaje, vi que algo no iba bien. El interior del edificio era tremendamente oscuro, y olía a enmohecido. Aunque las primeras plantas estaban vacías, un letrero rezaba que debía bajarse a la -4.
El interior de aquel estacionamiento era enorme. Cada una de las plantas debía tener más de trescientas plazas de aparcamiento. Las rampas que comunicaban unos niveles con los otros patinaban ligeramente, como si el suelo estuviera cubierto de una fina placa de hielo, que en realidad resultó ser una mezcla de limo y liquen, como pude constatar al bajarme del vehículo.
Comprobé con sorpresa que el -4 se hallaba a rebosar de gentes que iban y venían, enfrascados en conversaciones unos, leyendo el periódico otros, como si estuvieran en plena calle.
Al aparcar, reparé en que no había ido al baño antes de salir de casa y que tenía la vejiga a reventar, por lo que me encaminé a una puerta que estaba marcada con las letras W*C* y que parecía entreabierta. Al entrar, una mujer mayor, que debía rondar los ochenta años, desde la silla plegable de lona en la que se sentaba, me ofreció un poco de papel a cambio de unas monedas. Aunque no lo necesitaba, le di a la anciana la calderilla que llevaba. La mujer, se dedicaba a la papiroflexia con los fragmentos del papel de los clientes que, como yo, no lo precisaban. Me sorprendió observar que a pesar de su edad, realizaba caballos de origami de una complejidad remarcable.
Al salir, con un andar un poco más ligero, saludé a un par de abuelos que jugaban calurosos al dominó en una mesa de cámping, enfundados en sendas camisetas imperio, junto a una botella de soberano y un par de copas.
Al fondo, en un recoveco, una familia de cuatro individuos miraba desde el sofá que habían instalado en una plaza de aparcamiento en la que se leía “coche pequeño”, un programa especial de Sálvame Deluxe en el que los tertulianos, por llamarlos de alguna manera, se pisaban verbalmente los unos a los otros, de forma que era totalmente imposible seguir el hilo del intento de conversación.
Al llegar a la altura de un todoterreno blanco, un movimiento basculante me hizo fijar en sus cristales empañados, los cuales evidenciaban que dentro se estaba produciendo un terremoto de flujos de sentimiento que me hizo sonreír por debajo de la nariz en una mueca pilla.
Puse un paso un poco más firme para alcanzar las escaleras que subían hasta la planta piso. Antes de encararlas, saludé al cabeza de una familia gitana que churruscaba más de cincuenta hamburguesas en una barbacoa mientras los otros miembros cantaban, bailaban y daban palmas sentados en cajas de fruta de madera.
Aquello me empezó a dar un poco de mala espina y subí corriendo las escaleras. No podía compartir todo lo que había visto allí abajo con mi equipo si no quería que  pensaran que había empinado el codo.
Pero lo curioso es que no pude llegar a la cena, porque al abrir la puerta de acceso a la calle, después de frotarme los ojos un par de veces, volvía a estar en la planta -4, donde una guapísima mujer de ojos oscuros, tirándome de los brazos, me sentó en una caja, me dio un plato que contenía una hamburguesa con papas fritas con una mano y un vaso de coca-cola fría con la otra y se puso a tocar la guitarra a mi lado.

diumenge, 12 de desembre del 2010

+ afotos urbanas

zapatos con varicela


aceitunas chupadeo, recién salidas del almario



me encanta ir a rezar al aeropuerto. puedo escoger la religión y el idioma. cuando me canso, los intercambio...



dos almas a punto de encontrarse



torre des control



amor a primera vista


dissabte, 11 de desembre del 2010

el poder de los nombres

Estoy devorando un libro que quería leer desde que la semana pasada cayó en mis manos la entrevista que le dedicaron en La Contra de La Vanguardia a Juan Malo. En ella, el autor de El nombre importa explicaba lo laborioso que había sido para él la publicación de aquel texto. Había visitado decenas de editoriales en todo el país, pero todas le habían cerrado las puertas. Cuando ya estaba a punto de abandonar, su mejor amigo, Federico Seguí le animo a continuar, a no rendirse, y así fue como dio con Alberto de la Red, un chico muy bien conectado en el mundo editorial, quien le presentó a Benito Gutenberg, que poseía una imprenta privada, pequeña, pero de calidad, especializada en autores noveles a quienes acostumbraba a lanzar al éxito. Benito leyó su texto, y mostró un interés inmediato. Mejorando nimios detalles aquí y allá, podría llegar a tener buenas ventas. Para ello contaba con un buen equipo de profesionales. Andrés Bonillo redactaría un prologo potente y Alberto Tejedor se encargaría de trenzar la novela y darle el mejor ritmo. La presentación, que coincidió con el día de Sant Jordi fue un éxito, y en tan sólo 24 horas vendió más de diez mil ejemplares.
Ya que aquel había sido su día de suerte, decidió dirigirse a un local de citas express que estaba bastante de moda en la ciudad. Sólo entrar se quedó prendado de una preciosidad que tomaba un gintónic con hielo en copa grande. En aquel preciso instante estaba sola, por lo que se decidió a acercarse para probar suerte. Una campana indicó que acababan de entrar en el último turno. La chica le recibió con una sonrisa triste. A Malo le invadió un halo de inmensa relajación y decidió interesarse por la suerte de ella durante la velada. Sus ojos tristes le respondieron que no había sido su mejor día. El primer chico que se le había presentado se llamaba Iván Gordo, y ella era una mujer muy cuidada, a quien importaba mucho el componente estético. El segundo, Ramón Cuadrado, le pareció harto obtuso, nada abierto de mente. Aquella belleza necesitaba a alguien moderno, viajado, que la llevara a cenar y de copas a lugares cool. Aunque decidió despacharle enseguida, le duró más que el tercero. Enrique Lamata le dio miedo desde el principio. Tenía una mirada penetrante, las pupilas dilatadas, le sudaban las manos y parecía un poco agresivo. En el justo momento en que se sentó delante de ella, un respingo frio le había ascendido por la columna vertebral. Aunque la verdad, es que después de Enrique, la cosa no había mejorado mucho. Su último partner fue Fernando Salido. A pesar de la oscuridad del local, le adivinaba una mirada lasciva que le demostraba que su verdadero interés por ella acababa justo después de la cama. Al hablar, al hombre se le escapaba un brillo húmedo por la comisura de los labios que se esmeraba en secar con los puños de su pullover. Espero tener más suerte contigo, le propinó al escritor. Me llamo Juan Amor, inventó rápidamente él, avezado en la importancia de los nombres, en aras de intentar causar una buena sensación inicial a la chica.
Por cierto, tú tampoco me has dicho cómo te llamas… ¿Yo? Me llamo Esperanza…

dimecres, 8 de desembre del 2010

día -1

getting up... hoy se nos han pegado las sábanas a todos...


resaca de puente



pintxo de tortilla



veintitresavo c !y sin ascensor!!!!!



rara avis nocturna #1



rara avis nocturna #2




badalona o amsterdam?


el mensaje encriptado

La semana pasada, al llegar a casa después de cerrar la Pelu, vi una punta de color blanco que salía por la boca de mi buzón. Decidí tirar de ella para ver qué seguía a aquel triángulo albo, y resultó ser una postal. Me sorprendió triplemente, primero porque no era consciente de que ninguna de mis amistades se encontrara de viaje. Segundo, porque la postal resultó ser simplemente una fotografía de una ola gris de tamaño medio, apostillada por un cúmulo de espuma blanca. En ella, alguien con un rotulador permanente había escrito la palabra “ona”, ola en catalán, y dibujado una flecha que la señalaba. La última de las sorpresas fue que la foto postal, que no tenía matasellos, estaba dirigida a mí, con una letra pulcra, ordenada y perfectamente alineada.
Cuando ya ni me acordaba de la fotografía, cuarenta y ocho horas más tarde, volví a ver un triangulito blanco que sacaba la cabeza de la misma manera que lo había hecho el anterior. Al cogerlo haciendo pinza con el pulgar y el índice, otra fotopostal me salió por el reverso, con lo que lo primero que vi fue mi nombre. Respiré hondo y me di unos segundo para intentar adivinar qué se podía encontrar al otro lado del papel, sin mucho éxito. Resultó ser una foto de un cielo azul rabioso, sólo manchado por una bonita nube blanca. Me la acerqué a la nariz, porque desprendía un leve perfume femenino, seguramente de los dedos que se habían tomado la molestia de tirar aquella imagen en mi casillero. En una esquina, en pequeñito, aparecía escrita la palabra “cel”, cielo. Esta vez no había flecha porque no hacía falta, todo en aquella estampa rebosaba cielo.
Aquel segundo episodio me dio más quebradero de cabeza. Dos palabras, dos fotografías, perfume femenino. No me pude dormir hasta pasadas las tres de la madrugada reflexionando sobre qué mujer me podía estar enviando aquellos mensajes a la vez tan bellos, tan llenos de color y tan vacíos de significado para mí.
Ayer por la noche volví a ver el dichoso triangulito de marras apareciendo por mi buzón. Tragué saliva. Mi ser estaba un poco inestable y en el fondo pensaba que de aquellos fragmentos de papel fotográfico no podía salir nada bueno. Esta vez se trataba de un bar que me resultaba muy familiar. En la parte de atrás no estaba escrito mi nombre, ni mi dirección. Sólo se podía leer: Esta noche. 22:15.
Aquello me produjo un revolcón interior. No recordaba dónde estaba aquel bar. Me conecté a Internet a ver si buscando fotos de bares se me encendía la bombilla. En estas, alineé por orden inverso de recepción las 3 fotografías y mi cerebro leyó de corrido: Bar-cel-ona. Fue como si me conectaran de golpe a la corriente de los vivos y un flash me indicó claramente que se trataba del Dry Martini. Eran las 21:30. Tenía que darme prisa, si quería llegar a tiempo.
Puntual, como siempre, entraba por la puerta del famoso bar de copas. Oteé las caras, pero ninguna me miraba. Decidí pedirme un gintónic, que me sirvieron en vaso largo, con pajita y poco hielo. Estuve allí casi dos horas esperando a que apareciera mi musa, sin ningún resultado.
Al llegar a casa, volví a ducharme, como si el agua fuera a arrastrar con ella la sensación de imbecilidad que transpiraba. Di un bocado desganado a una empanada gallega casera que había comprado aquella misma tarde en el colmado de los bajos de enfrente de mi casa, y me metí en la cama.
Lo peor de todo es que me fui a dormir con sensación de culpa. Seguramente no había sido capaz de interpretar el mensaje.

dimarts, 7 de desembre del 2010

día -2

¿tanta historia con el puente de la inmaculada, para esto?



69 tractoril con toque sado



¿patata caliente o la sal de la vida?


animal maltrecho en box 14 y respiración asistida



maria lapiedra perdió una bota en la pretemporada de jan laporta


manta de otoño arremolinada





dilluns, 6 de desembre del 2010

Las fotografías

El mes pasado fui a pasar un fin de semana largo a mi apartamento de la Costa Brava, aprovechando el buen tiempo que los meteorólogos habían pronosticado. El domingo, mi móvil sonó a mediodía, y al otro lado de la línea, Martina, mi mejor peluquera, me comentó que estaba por la zona y que si me apetecía, podíamos quedar para comer. Me iba perfecto, porque aprovechando el tímido sol de invierno, había previsto pedir una mesa en un bonito restaurante que da directamente a la playa, desde el que se tienen unas vistas preciosas. Reservé mesa para dos. La verdad es que su compañía siempre me viene bien, ya que es una persona agradable y muy culta, por lo que siempre alimenta mi curiosidad sin límites.
Al acabar la comida paseamos un poco, degustando el calor de los últimos resquicios de un sol que estaba a punto de ponerse tras los pinos. Poco antes de despedirnos, nos enamoramos de unas fotografías antiguas enmarcadas en unos perfiles de color verde, un punto demasiado minimal para mí, aunque tuve que reconocer que las favorecían. En ellas se observaba un grupo de personas como de finales del siglo XIX, algunas, fusiles al hombro, que miraban a la cámara con un aire obtuso, bajo los soportales de un pueblo de costa, que bien podría ser el mismo donde nos encontrábamos. Discutimos un poco el precio con la vendedora, ya que aunque ella nos las intentaba vender como auténticas y únicas, la verdad era que las dos eran iguales, a excepción de que se detectaba una diferencia clara entre ambas. En la que yo me quedé aparecía un hombre en segunda línea que miraba fijamente a la cámara, mientras que en la que se quedó ella, en vez del hombre, era una chica morena de mediana edad la que tenía la mirada atenta en el fotógrafo.
Yo no le di más importancia, hasta que el martes llegué a la peluquería. Martina me abrió la puerta y me ofreció un té verde de lima japonesa sin azúcar, que acepté gustosamente. Me preguntó si había observado alguna extrañeza en el cuadro, a lo que le respondí que aún no lo había desembalado. Ella me explicó que lo había colgado al día siguiente, pero que el martes, antes de entrar a trabajar, el café se le había caído al suelo del susto, al ver que su chica había desaparecido de la fotografía. Pensé que se había trastocado, pero al llegar a casa por la noche, saqué mi foto del papel que la envolvía y el señor de segunda fila tampoco estaba en mi foto. Llamé a Martina para explicarle lo ocurrido y así poder preocuparnos juntos.
Al día siguiente, al pasar somnoliento por el comedor, todavía con los ojos pegados me dio un respingo la espalda, porque allí volvía a estar mi hombre. Llamé a Martina, quien me comentó entre tartamudeos que su mujer también había vuelto al cuadro. Al cabo de unas semanas, ya nos habíamos acostumbrado a los ires y venires de nuestros personajes, los cuales desaparecían todos los martes, jueves y sábados, mientras nos permanecían fieles el resto de los días de la semana.
Al cabo de seis meses, un miércoles por la noche vi que Martina me estaba llamando al móvil. Era una hora demasiado tardía para una llamada de trabajo. Estaba algo alterada. Su chica no había vuelto aquel día a la foto. Nunca antes había dejado de regresar, y estaba preocupada, pero más se preocupó cuando de mi garganta salió un grito ahogado y le llegó el estallido del vaso que contenía mi gintónic al chocar contra el suelo.
Su chica y mi chico estaban los dos juntos en la foto que colgaba del comedor de mi casa. Habían tardado algo más de cien años en reencontrarse…

Dia -3

tocino fósil


ferrocarril marítimo destino mundo interior



es-puma



es-cebra



santa maría, la pinta, y la niña



se venden 1.200€. me he quedado con las ganas de saber a qué precio los vendían.



col y flores



secadero de hojas de pino


tensión alta



conejo urbano



españoles. Bob ha muerto








diumenge, 5 de desembre del 2010

Dia -4

día gris en mundo gris


la mejor medicina para los día gélidos



higo chungo



portahigos tatuado



abuso



tan santo no será si lo tienen entre rejas!




¿por qué se da por sentado que los padres somos viejos y las madres no?



caramelos de cabra



vale. es un sitio donde escribir y recortar... ¿los mancos? ¿y cómo lo hacen?


estamos cerca



esperando tiempos mejores...



animal urbano bizco de ojos gachos



¿salto a los 70?



pared peluda





dissabte, 4 de desembre del 2010

china

música de colores dentro del avión sobre siberia


gobi desert = postre de agobio (?¿)



lost chance...



aquí, construyendo unos pisicos al lado de la autopista...



caramelos de ternera liofilizada. mmmmmm!




dhl