dimarts, 26 d’abril del 2011

Los códigos de barras

Aunque muchos de vosotros quizás ni os disteis cuenta, la semana pasada estuvo a punto de acabarse el mundo.
El martes amaneció un día como otro cualquiera. Apagué el snoozer de mi despertador las 3 ó 4 veces de rigor, bajé de un salto de la cama, me dirigí al baño, hice pis mientras con la otra mano subía la persiana, abrí la ventana corredera, y allí estaba el sol, que hacía una media hora que se había levantado, pasando entremedio de dos nubes finas y blanquecinas, como si estuvieran hechas de vapor. Corría una ligera brisa que me transportaba el olor a mar, y de fondo, como en segundo plano, se oía el run run del tráfico.
Después de mi ducha, me vestí, me acicalé, y levanté la persiana de mi cuarto para el ventilar previo a hacer la cama. Ahí llegó mi primera sorpresa. Un flamante yate estaba aparcado delante de mi casa. Pensé en el afortunado propietario de la embarcación, cuyo poder adquisitivo seguro que rayaba lo indecente.
Al salir en dirección a La Pelu, el conductor del camión que tiraba del yate preguntó por mi nombre. Con pasmo, le contesté que era yo, y me dijo: “Pues esto es suyo. El código de barras así lo dice”. O Había resultado agraciado en algún tipo de concurso o lotería al que no había jugado, o se trataba de la cámara oculta, o allí había algún error.
Poco más tarde en la radio del coche oí (aunque hubiera preferido oírlo en la del yate) que un sinfín de reclamaciones se estaban efectuando al defensor del consumidor del área de Barcelona, porque estaban llegando a nombres erróneos multitud de diferentes bienes, tan diferentes entre ellos como generadores eléctricos, lechugas del supermercado online, turbinas de avión, muestras de perchas de doble pinza, catálogos de pinturas ignífugas de interior, el material necesario para enfriar el reactor de la central nuclear de Fukushima, unos calzoncillos para el presidente de Estados Unidos (de bastante mal gusto, por cierto) y una larga retahíla de elementos que servían para que el mundo continuara girando.
El problema fue que si todos aquellos útiles estaban en mi ciudad, eso quería decir que no estaban en los lugares en los que eran necesarios. Aquel día, militares que hacían la guerra se habían quedado sin munición, los miembros del G20 habían comido 3 horas tarde porque sus alimentos no habían llegado, el reactor número 3 de Fukushima había explotado, y le habían seguido el 2 y el 5, miles de aviones se habían quedado en tierra por falta de combustible, millones de empresas estaban faltas materias primas, y sin ventas, los barcos chocaban en las bocanas de los puertos por la falta de mantenimiento de los aparatos de control, las semifinales de la Champions League se tuvieron que anular porque no llegaron ni los equipos, ni el árbitro y casi ni el público, con el consiguiente colapso de las bolsas de todo el mundo.
Suerte que el señor que se había dormido la noche anterior mientras accionaba la máquina que hace los códigos de barras para DHL, sólo cabeceó durante veinticinco minutos mientras el artefacto imprimía como poseído el código destino Barcelona, que si no, seguramente no estaría yo aquí escribiendo esto ni vosotros leyéndolo.


dilluns, 18 d’abril del 2011

La clínica

Ayer le corté el pelo a una chica morena que me explicó una cosa que me hizo alucinar. Acababa de llegar de una clínica de Barcelona que tenía un sistema revolucionario.
Los tiempos de crisis son tiempos de cambio, convulsos, en los que las mentes brillantes encuentran nichos en los que nadie antes se había adentrado. Aunque nos parezca que todo está inventado, cerebros privilegiados desafían constantemente al mundo conocido.
Pues bien, la clínica en cuestión había patentado un sistema según el cual, los bebés podían nacer ya vestidos y limpios, sin rastros de placenta, líquidos, ni viscosidades desagradables, por lo que el nacimiento ya no era aquel prodigio íntimo reservado sólo al padre y la madre, sino que toda la familia podía presenciar, desde detrás del cristal, cómo nacían sus nietos, sobrinos y primos.
Aquel logro se había convertido en un fenómeno mundial que había resonado en radios y televisiones de todo el planeta, situando Barcelona en la élite internacional de la investigación médica, aunque yo me acabara de enterar por aquella chica que lucía un vaporoso vestido de margaritas por encima de la rodilla, que se deslizaba peligrosamente hacia su sexo cuando yo hacía girar la silla para lavarle el pelo.
La lista de espera para parir en dicha clínica privada se había multiplicado por mil, igual que los precios del quirófano, la habitación, los honorarios de los ginecólogos y todo lo que envuelve los partos. Los propietarios de la clínica no podían creerse el éxito de su iniciativa, y en unos días habían recuperado con exceso la inversión que habían realizado.
En los bajos del hospital se habían habilitado tiendas de ropa de recién nacidos para todos los gustos. Lejos habían quedado las batistas, que había sido substituidas por polos Ralph Lauren, camisas Lacoste, vestidos Pedro del Hierro y zapatillas Bikkembergs.
Lo cierto es que la gente proyectaba en sus hijos su filosofía de vida a través de la indumentaria. Así, había tiendas de ropa arreglada pero informal, y establecimientos en los que los lazos y las blondas inundaban cada centímetro cuadrado.

Según la chica de las margaritas, lo que más le había llamado la atención era una joven un poco cumbayá, que se estaba peleando con su ginecólogo, mientras aguantaba las últimas contracciones de su embarazo, porque quería que su hija naciera con unos pendientes enormes en forma de sol, que había encargado en una de las tiendas del hospital. El médico la avisó de que podía sufrir un desgarro interno con abundante sangrado si intentaba sacar a su hija, que en aquellos momentos rondaba los 4 Kg, con aquellos enormes pendientes tan puntiagudos.
El ginecólogo le comentó que debía tratarse de un error del catálogo de la tienda, que aquellos pendientes eran totalmente inapropiados para el parto. Le recomendó que los cambiara por unos más pequeños, o redondeados, como, por ejemplo, unas perlas. Pero la joven hippie se quedó boquiabierta mirando a aquel facultativo como si delante tuviera a la persona más extraña con la que un ser humano pudiera cruzarse. ¿unas perlas?

dijous, 7 d’abril del 2011

El avión

El trayecto de vuelta de Reykjavik a Barcelona dura un poco más de cuatro horas, de las cuales, la mayoría han transcurrido de noche.

Al principio todo ha ido razonablemente bien. Aunque me ha tocado el asiento del medio, en ventanilla se ha sentado un chico bastante agradable y adorablemente reservado que no me ha dado la lata, y en el pasillo una joven morena que, al sentarse a mi lado, me ha regalado un delicado perfume de cuerpo cálido.

Han puesto la peli Todos soñarán, que no había visto y que hacía semanas que quería ir a ver al cine, después de haber leído en una de las revistas que tenemos en la Pelu, una crítica donde la dejaban por las nubes.

La cosa es que a media película me he quedado dormido. Llevo unos días en los que me cuesta pegar ojo, y supongo que eso me ha pasado factura a pesar de mi interés por el film en cuestión. Antes de que acabara, me he despertado un poco mareado, pero como todo rezumaba tranquilidad, me he adormilado un poco más para darle un poquitín de tiempo a mi cerebro. Ha sido después de ese breve lapso de tiempo que he detectado que el ambiente en aquel avión era demasiado relajado. Todo el mundo dormía pesadamente, no había nadie en los pasillos y la señal de abróchense los cinturones permanecía apagada.
Tenía ganas de ir al baño, y aunque me sabía mal despertar a la chica morena, al final, ante los pinchazos de mi vejiga, me he visto obligado a saltar por encima suyo. Ni aún así ha levantado ceja. He orinado copiosamente. Nunca me siento en un avión, me divierte el reto de mantener la puntería con el traqueteo y las turbulencias.

Al salir, ningún cambio. He decidido ir a la cola del avión, donde a menudo hay barra de bebidas no alcohólicas en los vuelos largos, pero ni rastro de actividad. Unas piernas largas, desnudas, me han llamado desde detrás de unas cortinas, y al sacar la cabeza entre ellas, he visto que dos de las azafatas estaban aprovechando el vuelo para llegar a Barcelona un poco más descansadas.

He decidido volver a mi sitio y leer un poco, porque la película estaba ya a punto de acabar y había perdido el hilo por completo.

He empezado a preocuparme cuando, media hora antes de llegar a la ciudad condal, el avión ha empezado la maniobra de descenso, sin el correspondiente anuncio del comandante, ni se habían activado las señales de abróchense los cinturones, ni se había servido el correspondiente desayuno a bordo.

Al cabo de diez minutos me he levantado como un resorte. La Costa Brava se dibujaba perfectamente bajo las nubes bajas, y en aquel avión parecía que la única neurona activa era la mía. He intentado despertar a las azafatas, pero permanecían inertes. Lo he probado con mis vecinos de asiento, sin fortuna alguna. Desesperado, me he dirigido a la cabina de los pilotos y he empezado a gritarles aporreando la puerta, pero sin recibir respuesta. Mi ansiedad ha subido a límites insoportables. Según mis cálculos no debían faltar más de quince minutos para aterrizar.

Pasando por encima de Mataró, he visto por el rabillo del ojo en una de las pantallas de televisión que la película se había acabado, porque detrás de los créditos que avanzaban inexorablemente, se leía: Todos soñarán, FIN.

He pensado que era un presagio de lo que estaba a punto de pasar, pero al desaparecer las últimas letras, el capitán ha silbado por el micrófono: cabin crew, prepared for landing, mientras todos han vuelto a la vida como por arte de encantamiento, con una lánguida sonrisa, se han abrochado los cinturones de seguridad y han seguido con sus quehaceres con total naturalidad. La aeronave enfilaba la tercera pista del aeropuerto del Prat.