Sé que os debo una disculpa por haber desaparecido durante más de dos meses, pero eso será otro día, porque hoy os quiero explicar mi compromiso con mi abuela.
Mi abuela vivió físicamente ciega durante bastantes años. Quizás por ello me quería tanto y siempre me decía que era su nieto preferido.
Durante sus dos últimos años de existencia, iba a leerle dos veces por semana, antes de empezar en la peluquería, para intentar iluminar un poco su existencia.
El día que murió, aparte de la omnipresente sensación de no haber hecho suficiente por ella y de haberle fallado, como nos pasa a todos, estuve contento, porque vivió sus últimos tiempos en un mundo paralelo. Cada vez que iba a leerle, le compraba el periódico para narrarle las noticias del día, pero lo encontraba tan lleno de miserias, que al final acababa inventándome las historias, según las cuales, hacía dos años consecutivos que las pensiones aumentaban un 50%, el imserso regalaba viajes todo incluido al Caribe, a los que todos sus amigos, ya muertos (aunque ella no lo sabía), habían ido y vuelto contando maravillas, la educación era gratis y de calidad para todos sus biznietos, y todos nosotros teníamos segundas residencia en el Empordà. De vez en cuando, para hacer todo aquello un poco más creíble pasaba las páginas del diario adelante y atrás. Ella me guiñaba un ojo y una sonrisa pícara se le escapaba por debajo de la nariz.
Ver aquella sonrisa sabia y arrugada no se pagaba con dinero y después de unas semanas me produjo tanta dependencia que ya no estaba seguro de quien iluminaba a quien.
Subir y bajar los escalones lúgubres, desgastados y sucios de las fincas del Raval de Barcelona, me producía lágrimas, pero la ascensión y la bajada cambiaba el sabor de mis secreciones. Antes de verla, siempre lloraba lágrimas saladas y amargas, mientras que al irme, se habían convertido en un llanto dulce y eterno como para adentro, que aún de vez en cuando me encuentra.
La cosa es que el último día que fui a leerle, los dos teníamos claro que no habría más lecturas ni intercambios de sonrisas entre nosotros, y antes de que ella me lo pidiera, le prometí que una vez por semana y hasta el día de su muerte, iría a leerle las noticias a Santiago, un amigo suyo, también ciego con quien había intimado un mes de Agosto en una residencia de verano de la costa. ¡Y yo que pensaba que aquello de los amores de verano era cosa de adolescentes!
Santiago era un hombre agradecido, y me lo ponía todo extremadamente fácil. Siempre reía a carcajadas las histriónicas historias que le explicaba, sin tapujos ninguno de los dos. A sus ochenta años ya no tenía nada de qué esconderse ni de qué avergonzarse. Así que dediqué mi empeño en alegrarle la existencia.
Y creo que mi abuela me está eternamente agradecida, porque siempre que estoy falto de inspiración, como ahora, se me sigue apareciendo y me regala un hilo de colores del que tirar y poder montar una historia.

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