La semana pasada estuve de viaje profesional en Estambul. La ciudad del Bósforo me fascina. Creo que es la ciudad más romántica de las que he visitado. Ni París, ni Venecia. Aunque acaso sólo lo sea para mí. Posiblemente en otra vida haya sido un otomano acomodado, no lo sé, pero la visión de las innumerables y monumentales mezquitas que dibujan el skyline de la ciudad, el sol que se adivina entre la niebla que se levanta por contraste entre el mar y el aire los días frescos, las casetas de comida en la calle, el olor a té fuerte y especias de los bazares, me impregnan de una extraña sensación como si estuviera en casa. El Mar de Mármara, penetrando por el Cuerno de Oro, separa la ciudad vieja de la nueva, e inunda ambas ribas de embarcaciones, y puestos de pescados y verduras. Palacios a orilla y orilla, dan fe del esplendor otrora de aquel potente imperio.
Por muchas veces que la haya visitado, no me puedo acostumbrar a la emoción que me embarga cuando las llamadas a oración me sobrevuelan, encadenándose de mezquita en mezquita, rodeando una ciudad que parece que entre en resonancia.
Me invitó un amigo mío suizo forrado, que quería abrir un par de franquicias de peluquería en los barrios de Taksim y Nisantasi, los más modernos de la megalópolis, y, dada mi experiencia en el sector, me pidió que le acompañara en las entrevistas tanto para peluqueras como para los gerentes que las debían dirigir.
La verdad es que la cosa no empezó muy bien, y la gran concentración de extraños que desfiló por delante nuestro nos hizo plantearnos si no nos habíamos equivocado y estábamos en el cásting de factor X u operación triunfo a la turca. Desde chicas con yihab a las que no se les veía un pelo, hasta gente que no sabía si las tijeras se cogían por los ojos o por las puntas. A media mañana, y después de un par o tres de gintónics por cabeza, empezamos a sentirnos más optimistas. Quizás aquellos vapores empezaron a surtir efecto, pero tanto la estética, como la experiencia y sobretodo el olor de las chicas que se presentaban hacía presagiar que nuestra aventura podía acabar siendo exitosa, contra el pronóstico inicial. Finalmente, el tema de las peluqueras se zanjó después de un deambular de unas cincuenta personas, entre nuestros ronroneos estomacales, pasadas las dos de la tarde.
El tema de los mánagers fue bastante, por suerte, más fácil porque la primera persona que se personó fue un hombre de mediana edad, exquisitamente vestido y con bastante experiencia en la dirección de varias empresas, quien atendió la entrevista con una llave inglesa gigante y un rollo de cinta americana no menos pequeño, cada uno en una mano, los cuales dejó desenfadadamente sobre la mesa que presidía la sala de reuniones de nuestra habitación del hotel. Ante la mirada atónita de mi amigo, le pregunté a qué se debían aquellos elementos en una entrevista para gerente de peluquería, a lo que contestó con sorprendente buen inglés que su misión en esta vida era arreglar cualquier problema que pudiera producirse en nuestra empresa.
Y es que la gente valiente se merece una oportunidad…















