dimarts, 30 de novembre del 2010

Estambul

La semana pasada estuve de viaje profesional en Estambul. La ciudad del Bósforo me fascina. Creo que es la ciudad más romántica de las que he visitado. Ni París, ni Venecia. Aunque acaso sólo lo sea para mí. Posiblemente en otra vida haya sido un otomano acomodado, no lo sé, pero la visión de las innumerables y monumentales mezquitas que dibujan el skyline de la ciudad, el sol que se adivina entre la niebla que se levanta por contraste entre el mar y el aire los días frescos, las casetas de comida en la calle, el olor a té fuerte y especias de los bazares, me impregnan de una extraña sensación como si estuviera en casa.
El Mar de Mármara, penetrando por el Cuerno de Oro, separa la ciudad vieja de la nueva, e inunda ambas ribas de embarcaciones, y puestos de pescados y verduras. Palacios a orilla y orilla, dan fe del esplendor otrora de aquel potente imperio.
Por muchas veces que la haya visitado, no me puedo acostumbrar a la emoción que me embarga cuando las llamadas a oración me sobrevuelan, encadenándose de mezquita en mezquita, rodeando una ciudad que parece que entre en resonancia.
Me invitó un amigo mío suizo forrado, que quería abrir un par de franquicias de peluquería en los barrios de Taksim y Nisantasi, los más modernos de la megalópolis, y, dada mi experiencia en el sector, me pidió que le acompañara en las entrevistas tanto para peluqueras como para los gerentes que las debían dirigir.
La verdad es que la cosa no empezó muy bien, y la gran concentración de extraños que desfiló por delante nuestro nos hizo plantearnos si no nos habíamos equivocado y estábamos en el cásting de factor X u operación triunfo a la turca. Desde chicas con yihab a las que no se les veía un pelo, hasta gente que no sabía si las tijeras se cogían por los ojos o por las puntas. A media mañana, y después de un par o tres de gintónics por cabeza, empezamos a sentirnos más optimistas. Quizás aquellos vapores empezaron a surtir efecto, pero tanto la estética, como la experiencia y sobretodo el olor de las chicas que se presentaban hacía presagiar que nuestra aventura podía acabar siendo exitosa, contra el pronóstico inicial. Finalmente, el tema de las peluqueras se zanjó después de un deambular de unas cincuenta personas, entre nuestros ronroneos estomacales, pasadas las dos de la tarde.
El tema de los mánagers fue bastante, por suerte, más fácil porque la primera persona que se personó fue un hombre de mediana edad, exquisitamente vestido y con bastante experiencia en la dirección de varias empresas, quien atendió la entrevista con una llave inglesa gigante y un rollo de cinta americana no menos pequeño, cada uno en una mano, los cuales dejó desenfadadamente sobre la mesa que presidía la sala de reuniones de nuestra habitación del hotel. Ante la mirada atónita de mi amigo, le pregunté a qué se debían aquellos elementos en una entrevista para gerente de peluquería, a lo que contestó con sorprendente buen inglés que su misión en esta vida era arreglar cualquier problema que pudiera producirse en nuestra empresa.
Y es que la gente valiente se merece una oportunidad…

diumenge, 28 de novembre del 2010

Repairing sea

pies descalzos sobre la arena mojada de otoño


camino de ronda. sol y sombra



conteniendo las arcadas



escuchando la naturaleza


dissabte, 27 de novembre del 2010

La dependencia

Hace un par de meses salí al balcón de mi casa a tomarme un Martini helado y disfrutar de la cálida noche barcelonesa de Julio. El tráfico en la calle no resultaba muy ruidoso, así que saqué un taburete naranja que tengo en la cocina, cerré los ojos y degusté el sabor a hierbas de mi bebida. Al respirar, me llegaba un respingo de aire salado que al henchir mis pulmones, llenaba también mi alma, como si de vasos comunicantes se tratara.
Al levantar la cabeza vi una silueta que se movía como etérea detrás de una cortina beige que resultaba poco más que una gasa, en un piso del edificio de enfrente, que debía estar aproximadamente a la misma altura que el mío.
La figura en cuestión, se desplazó fantasmagóricamente de la habitación en la que se encontraba, a su balcón. Vestía unas braguitas de color crudo, una camiseta de tirantes a conjunto y pies descalzos. También llevaba un vaso en la mano, pero ella largo. Por el aburbujamiento y transparencia de su interior, deduje que se trataba de un gintónic. Debía estar más a la page que yo, ya que aquella volvía a ser la bebida de moda en Barcelona.
Su visión me sedujo al instante, aunque en la distancia no distinguía bien el color de sus ojos oscuros. Se trataba de una mujer muy atractiva, con todas sus curvas y sus rectas, líneas continuas y también las discontinuas. Una melena oscura se apoyaba en el hombro izquierdo.
Miré mi reloj, eran las 22:15. Quería irme a dormir pronto. Al día siguiente me debía levantar a las 4 de la mañana para coger un vuelo en dirección a Islandia. Un amigo mío, gracias a una beca, se dedicaba a estudiar el comportamiento sexual de los elefantes marinos.
Al hacer el gesto de levantarme, ella adivinó mi intención y levantó su vaso, como brindando a distancia. Yo la imité, y me fui a la cama.
Al volver de mi viaje, de apenas una semana de duración, volví a salir al balcón, Martini bianco en mano. 22:15. Allí estaba ella con su gintónic. Me hizo el mismo gesto que el último día que nos habíamos visto. Esta vez, fue ella, con sus braguitas crudas, quien se retiró al interior de su vivienda como si yo fuera invisible.
Era curioso, nunca antes me había percatado de su existencia, pero a partir de aquel día, me creé una dependencia un poco enfermiza. No sabía quién era, ni cómo se llamaba, pero si un día no salía al balcón con su gintónic, empezaba a imaginar qué había podido sucederle. Acaso se le había girado trabajo, quizás aquel día no le apetecía salir al balcón y prefería ver una serie espachurrada en el sofá… pero cuando llegaba a la suposición de que a lo mejor había quedado con alguien para cenar y salir a tomar unas copas, unos celos totalmente irracionales me invadían sumiéndome en un estado de mal humor que me corroía por dentro.
Lo peor de todo vino cuando el primero de Agosto no salió, ni el segundo, ni el tercero. Se apoderó de mí el desasosiego más profundo que puede invadir a un ser humano. No podía cortar, ya que les hacía trasquilones a las clientas, ni me apetecía aparecer por la Peluquería, aunque era mi verdadera pasión. No comía, no dormía, les gritaba a mis amigos, aunque no me hicieran nada.
Intenté investigar, preguntando por ella a los vecinos, haciéndome pasar por un familiar lejano que estaba de paso por la ciudad, pero se la había tragado la tierra. Nadie sabía nada de ella.
Lo primero que pensé fue que se había mudado, que había cambiado de trabajo, de ciudad, o lo peor, de país.
Cuando ya me había adelgazado cuatro kilos, una noche apareció en su balcón, con una sonrisa de oreja a oreja, totalmente ajena a mi sufrimiento, luciendo un tipazo estupendo y con su vaso en la mano, que levantó, junto con una ceja tentadora, en el momento en que me vio. Eran las 22:15. Lucía un bronceado espectacular y una piel tersa y brillante. Las vacaciones le habían sentado de maravilla. Yo también estaba moreno, pero era de estar quince días agarrado a las barandas de mi balcón.

mundo gris


esta mañana se me ha olvidado saber leer


cryogenization process started


dijous, 25 de novembre del 2010

Cómo cambian las cosas

La semana pasada, mientras ponía rubia platino a una señora de mediana edad, escuchaba, aun sin quererlo, una conversación al otro lado de mi espejo entre un cliente y una de mis chicas. El hombre en cuestión, le explicaba que cuando era pequeño, su padre le ponía en el tocadiscos una canción entrañable que hablaba sobre una persona que, paseando por la calle a altas horas de la madrugada se encontraba con una casa en la que la luz se proyectaba por una de sus ventanas. El cantante teorizaba sobre la causa de dicha emisión luminosa. Entre las diversas opciones que enumeraba como posibles fuentes de aquella luz, se preguntaba si era debida a que unos amantes estarían consumando su amor, que si alguien estaría traspasando, o al contrario, allí se estaba produciendo un alumbramiento, para finalmente acabar cuestionándose si no sería un simple descuido del dueño, que a la hora de irse a dormir no giró la llave. Aquella canción, de pequeño, le tenía fascinado, no tanto por la calidad musical de la composición, como por su grafismo y por cómo algo tan mundano podía ocupar la valiosa cara A de un single.


La canción, hoy en día, casi no se puede escuchar, por obsoleta. No solamente por la melodía y el timbre de medio falsete setentero que usa el cantante, sino sobre todo por su temática:
Hoy en día nadie se extrañaría de encontrarse una luz abierta a altas horas de la madrugada. Tampoco tenemos mucho tiempo para invertir en algo que no nos aporta nada, como sería saber su por qué.
Así mismo, ya casi nunca hacemos el amor con la luz abierta. La vida moderna nos ha vuelto fríos, llenos de complejos. Nos consumen conceptos estéticos como la estilización del cuerpo, problemas como el exceso de grasas y otras futilezas por el estilo.
Por otra parte, la gente ya no muere en casa, a menos que se trate de un tema accidental. La mayoría de los mortales tendremos la desgracia de expirar fuera de nuestros hogares. Lo haremos haciendo footing después de salir del trabajo, en un aeropuerto en la otra punta del mundo, conduciendo un quad por la montaña, practicando el parapente, en un accidente de coche volviendo de nuestra segunda vivienda en la operación retorno de Semana Santa o sencillamente solos en una residencia estatal para la tercera edad.
Pero tampoco es habitual que se produzcan nacimientos en los domicilios particulares. Las gentes actualmente nacen en aviones, ascensores, veleros, desfiles o algunos incluso en hospitales, pero siempre en lugares más sofisticados que un simple hogar.
De todas maneras, probablemente, lo que denote más antigüedad en la canción sea el hecho de girar una llave para encender y apagar la luz. El que menos, tiene unos interruptores de diseño. Los que disfrutan de más suerte, cuentan con una casa domótica y pueden activar los comandos de on y off mediante el sencillo mecanismo de su voz, mientras llegan solitarios, a casa, con un humor desencajado, después de una jornada laboral de doce horas y haber invertido más de sesenta minutos de caravana en atravesar las rondas de Barcelona, que por cierto, también quedaron obsoletas el día antes de inaugurarlas.
Y es que a veces pienso que si hiciéramos más el amor nos dolerían menos las cervicales.

dimecres, 24 de novembre del 2010

El Metro de Madrid

El otro día leí en internet que la tendencia es que los últimos vagones del metro de Madrid se llenen de gais (dicho esto con todo el respeto del mundo), unos en busca de rollos fáciles, otros en busca de un poco de estimación, algunos para moverse en un ambiente no hostil. Es lamentable esta sociedad en la que estamos inmersos. Ya ni nos tocamos. Cuando alguien toca a otro tiene que estar siempre pendiente de cómo interpretarán los demás ese contacto. Sobre todo para un jefe es complicado. Si apoyo la mano en la espalda de una de mis peluqueras, las otras se miran entre ellas pensando que esta es mi preferida. O peor, mi concubina. Al final todo es un tema de celos y de la frialdad de nuestra sociedad actual. Pero bueno, volviendo a lo del Metro de Madrid, que ya me estaba yendo por las ramas, parece que se ha creado una industria fácil del sexo, e incluso se encuentran con toda naturalidad personas vendiendo preservativos por las estaciones y sus accesos.


Yo raramente cojo el metro en Barcelona, pero aprovechando que iba a cenar con unos amigos madrileños (gais, por cierto), que regentan una peluquería, decidí coger el metro para llegar a su casa, en la misma plaza de Chueca.
El trayecto desde Atocha hasta Chueca dura apenas veinte minutos, y por tanto, si quería escrutar el ambiente que distinguía a aquellos vagones, debía invertir bien mi tiempo. Cuando me subí al metro, era hora punta de la tarde y como el último era el que estaba más lleno, no me pude subir. Por eso me subí en el penúltimo. Los vagones se comunicaban, y quizás si se vaciaba por el camino podría acceder a él.
El penúltimo coche olía un poco a rancio. Quizás a aquella hora de la tarde, los olores corporales ya estaban un poco subidos de tono. Una cuarentena de personas se hallaban enfrascadas en conversaciones que no podía ubicar ni en el tiempo ni en el espacio. La mayoría de esas charlas se producían en inglés, y aunque yo lo hablo medianamente bien, me costaba mucho seguirlas. Por supuesto que Madrid es una ciudad cosmopolita, pero tanta concentración de ingleses en un mismo vagón de metro se me hizo extraña. Llamadme provinciano. Lucían unas indumentarias muy setenteras. Hace un tiempo que no voy a Londres, pero creía que volvían los ochentas, no los setentas, aunque con los ingleses nunca se sabe.
No sé si era el olor o el idioma, o qué, pero me sentía extranjero en aquel vagón y me desplacé al antepenúltimo. Sus habitantes me miraron con un espasmo, como si estuvieran viendo un muerto resucitado. Intenté mirarme en mi espejo de bolsillo por si tenía algo extraño en la cara, pero, para bien o para mal, era la habitual.
Ante los rostros de las gentes que me rodeaban decidí preguntar a una señora mayor, de aspecto bondadoso (me enamoran las mujeres buenas), quien me dijo: Joven, en ese vagón viajan desde hace treinta y cinco años los muertos del accidente de la estación de Moorgate de 1975.
Y es que ya digo yo que últimamente no sé qué me pasa que no doy pie con bola.

dilluns, 22 de novembre del 2010

Fotos urbanas

hombre a punto de ser devorado por una cloaca, y lo peor... no he hecho nada por evitarlo. me siento fatal!



depredador en plena fagocitación



palmera



maletas esperando el AVE



agüela aparcada, en plena siesta



autopista por arriba y por abajo



guardería y cuidadora





diumenge, 21 de novembre del 2010

El Tablón fotográfico

Desde hoy, comparto con vosotros también un tablón fotográfico que hemos colgado en la Peluquería por si a algún alma le interesa entrar en mi mundo paralelo.

He dividido el blog en dos secciones: Relatos y Fotos. Pinchad la que más os interese.

Un beso

Z-O-O


tronco devorando una lechuga



bici especial para primates exclusiva del zoo de barcelona


la descripción me parece bastante acertada


cama redonda


esperando a alguien que no viene



rosal grande




este llegaba tarde a su boda


co bailando flamenco bailando flamenco bailando flamenco bailando flamenco ba

alerta



divendres, 19 de novembre del 2010

La esterilización

El otro día, va y se estropea el aire acondicionado en la Pelu, con el calor de mil demonios que hacía. No tuvimos más remedio que abrir la puerta con la intención de que entrara el máximo de aire posible. Como siempre, no nos pusimos de acuerdo con el tema de la temperatura, que si el aire corriente ayudaba a dar sensación de fresco, que si el flujo que entraba era demasiado sofocante. Al final, decidimos, por mayoría simple, dejar la puerta abierta.
Resultó gracioso, porque soplaba bastante aire, y acabó entrando de todo. Primero lo hizo una especie de plumero vegetal giratorio, como esos típicos de las películas del Oeste. Más tarde lo hizo la portada del The Guardian del día anterior, lo cual me pareció una extraña elección, porque, excepto el jefe, allí nadie habla inglés.
Pero lo último que entró por la puerta fue lo más curioso, aunque no lo trajo el aire. Se trataba de un gato enorme, gordo gordísimo, con un collar de color arándano, que le apretaba mucho, del que colgaba una plaquita que rezaba “sammy”. Al principio nos asustamos un poco, porque con la magnitud de la cosa, algunas creyeron que era un tejón o algo por el estilo, y dieron un grito enorme.
Lo primero que pensamos fue de dónde había salido aquel mastodonte y que íbamos a hacer con él, aunque la diatriba nos duró poco, porque en menos de dos minutos entró una abuela cuchufleta preguntando por el animal.
Le pregunté por qué era tan desproporcionadamente grande, a lo que la anciana contestó que hacía un año que lo había esterilizado y no sabía si era por la falta de ejercicio del animal, que ya no salía de gatas y se pasaba el día ronroneando en el sofá, o por qué, pero había empezado a engordar y engordar hasta convertirse en aquella bola amorfa.
La anécdota quedó allí, pero a mi se me quedó dentro y a partir de aquel momento empecé a buscar cosas que pudieran estar esterilizadas. Y me sorprendí de la gran cantidad de productos que pasan por dicho proceso. Principalmente salsas, y todo tipos de bebidas, como gazpachos, lácticos y horchatas.
Estaba claro, por la experiencia que había tenido con el gato, que la esterilización de aquellos elaborados era debida a la intención de sus fabricantes de sacar el máximo partido del negocio. Deduje que, con toda seguridad, ponían la mitad del contenido en su interior, lo sometían a un proceso de esterilización hasta que el producto engordaba y engordaba de manera que ocupaba todo el espacio que había quedado vacío en el continente. Las multinacionales habían observado la naturaleza y la habían aplicado a la producción con el fin de obtener los máximos beneficios con el mínimo de materia prima. Y es que las cosas ya no son como las de antes, y menos en materia de alimentación.
El problema de verdad surgió el día que me topé con una botella de Horchata en la que se podía leer: Horchata de chufa de Valencia esterilizada y pensé en los pobres habitantes de aquella ciudad, y los volúmenes de sus cuerpos dentro de un año.

dijous, 18 de novembre del 2010

te veo

Ayer me levanté y sólo poner un pie en el suelo, me di cuenta de que algo iba mal. No veía. Últimamente cuando tengo problemas de estrés me pasa, pero esta vez era bastante acusado, y lo más extraño era que fue justo al levantarme, después de haber descansado.
Decidí darme una ducha reparadora. Últimamente no duermo muy bien y el resbalar del agua por mi cuerpo, me ayuda a despejarme. Como pregona la Ley de Murphy, cuando estaba enjabonado de pies a cabeza, se fue el agua caliente. Llamé a ver si Juani había llegado y podía echar un vistazo al calentador, preguntándome por qué ella era el único de los personajes fijos de este blog que tenía nombre. Como no llegué a ninguna conclusión coherente, apreté los dientes y me enjuagué con agua helada. Mientras llamaba al servicio técnico de la caldera, Juani llegó. Estaba de suerte, en treinta minutos tendría a un operario allí.
Al llegar al comedor mi intensa ceguera, persistía. Buenos días, Juani. Ofelia, dijo ella. Juani siempre estaba de broma. Justo empezar a sorber el café amargo sin azúcar, el timbre me avisó de que los operarios habían llegado. Buenos días, me escupió un tal Otilio. Con la pinta que traían y aquel nombre, nada bueno podía esperarse de la pareja. Mientras me despedía de Juani, por la puerta de la cocina empezó a salir el agua a borbotones y, sin pararme a ver el espectáculo, decidí ir a ver al oculista que atiende en los bajos de mi edificio. La mujer, diligente, me recordó que me dejaba las gafas, pero justo cuando me las ponía, me di cuenta de que nunca antes las había llevado.
La escalera no era como la recordaba. Era de color pastel, y había una piel de plátano en el suelo, que no recogí. Un adolescente larguirucho y desaliñado, con cara de travieso y un estrecho uniforme rojo del que le salía la barriga, me preguntó con retórica desgana: ¿a la portería, no? Le dije que sí, sin pensar que en mi escalera nunca había habido ascensor.
Justo en el momento en que se cerraban las puertas, un par de gemelos entraron, mochilas a la espalda y pantalones cortos, pisándome el pie sin ni pedirme perdón y liando alboroto. Al llegar a la portería, los gemelos salieron a toda velocidad, volviéndome a pisar el pie. Antes de que las puertas del ascensor llegaran a abrirse completamente, una estrambótica pareja entró sin ni dejarme salir primero, tal como reza la corrección política. Por la desorganizada conversación que mantenían a grito pelado, entendí que eran un par de superagentes privados contratados por mi ex mujer.
Llegar a la portería me pareció una odisea. Menos mal que estaba a sólo cinco metros de la puerta del oculista. Llamé a un timbre que me resultó familiar. Cuando me abrió la puerta el profesor Bacterio me soltó: Joder, Rompetechos. ¿Otra vez, aquí?







dimecres, 17 de novembre del 2010

Sad eyes never lie?

Hace unas semanas me pasó un caso que no os podríais creer. Un viernes entró un niño en la Peluquería que dijo que venía a cortarse el pelo. La verdad es que lo tenía bastante largo y enmarañado y creí que realmente le convenía.
Cuando le pregunté por qué venía solo, siendo tan pequeño, pues no le puse más de ocho años, mirándome con ojos tristes me comentó que su madre se pasaba el día en el bar. No sé si era que me tenía que venir la regla o qué, pero el estómago se me retorció en una mueca extraña y me inundó una pena terrible. Me ofrecí a cortarle el pelo yo misma, con una sensación interna como si le estuviera dando un plato de arroz a un niño africano que fuera a morir de hambre aquel mismo día. A través de mi espejo de los ojos que hablan, me llegaba su infinita tristeza, y me vino a mente también la canción del Boss, sad eyes never lie, en la que creo bastante.
Pero la cosa no acabó aquí. Empecé a hacerle preguntas para intentar averiguar si había en aquella familia algún indicio de maltrato, y cuando le pregunté por su padre me endosó: “Hace tiempo que se fue de casa. Mamá dice que mi padre siempre ha ido con mujeres”.
Si me hubiera encontrado a aquel niño por la calle, nunca hubiera pensado que pudiera tener un problema familiar tan grave. Iba razonablemente bien vestido, no parecía estar desnutrido, sus ojos eran inteligentes. Entre tijeretazo y tijeretazo reflexioné sobre cómo son las cosas y cómo parecen exteriormente, impresionada por toda la mierda que puede esconderse detrás de las apariencias.
El colmo llegó cuando le pregunté por qué no estaba en el colegio y me espetó con triste naturalidad que no iba a la escuela. Que le cuidaba una señora mayor, pero que no hablaba su idioma. Hice una pausa en el corte y fui al lavabo a vomitar y me puse a llorar como una magdalena. Me parecía mentira que aquello pudiera pasar en el primer mundo.
Cuando se marchó, me dijo que, aunque vivía en la otra punta, su madre no le dejaba que cogiera un taxi, ni el autobús, y le seguí desde la puerta de  la Pelu hasta que mis ojos lo perdieron de vista.
Aquella noche me la pasé en vela sopesando si denunciar el caso a la policía. Cuando me decidí, casi se habían hecho las ocho de la mañana sin pegar ojo. Me enfundé unos vaqueros gastados, un jersey de lana, un gorro a juego y un abrigo grueso. Aquel Febrero estaba siendo el más frío de los últimos quince años. Al salir, el vaho de mi respiración me indicó el camino más corto a la comisaría como si de un TBO se tratara.
Al cruzar la esquina de la Peluquería, me dí de morros con una madre y un hijo a los que pedí perdón por haberles arrollado. El niño, vivaracho y parlanchín, y yo, nos reconocimos enseguida. Su madre, quien, con un amor lleno de complicidad, le llevaba de la mano, tardó un poco más, pero cuando lo hizo, me dijo: “Hola! Ya me ha dicho Luis que fuiste muy amable con él ayer. ¿Has desayunado? Ven, que te invito a un café con leche y unos cruasans. Trabajo en este bar de enfrente de la peluquería ¿sabes? Y me aleccionó con una verborrea saltarina sobre lo difícil que es criar a los hijos trabajando los dos. Yo todo el día aquí, y su padre es fotógrafo. ¿Sabes, lleva toda la semana en la Fashion Week de Nueva York, modelos para arriba, modelos para abajo. Con lo arrogantes que son. Y encima van los políticos y se sacan de la manga lo de la semana blanca. ¡Para ayudar! Suerte que mi madre puede estar con él. Si no, no sé lo que habríamos hecho. Aunque Luis es tan exigente. ¡Siempre dice que su abuela no le entiende! Oye, cuando quieras pásate por casa y charlamos un rato. Vivimos aquí mismo, en el otro extremo de la calle, apenas cien metros. Me caí de la silla y sólo me acuerdo que la madre me abanicaba con la edición de ayer de La Vanguardia, en la que en portada aparecía una foto bastante grande de Bruce Springsteen y una reseña generosa sobre su concierto en Barcelona.

diumenge, 14 de novembre del 2010

El reloj de dos esferas

Desde que me separé, sentía un nerviosismo interior producido por la necesidad interna de encontrar pareja. Un amigo mío me recomendó que fuera a ver a un médico tradicional chino que visitaba en Barcelona y que disfrutaba de muy buena reputación.
Cuando le expuse mi caso, me comentó que la solución residía en un reloj. Enseguida me puse en alerta. Aquel tipo me quería endosar un reloj de 150 euros, supongo que aprovechándose de mi necesidad de creer. El tema es que al final pensé que lo máximo que podía perder era lo que mi peluquería factura en menos de una hora, o sea que me decidí a adquirirlo.
El médico de marras me dio, con una mano, el reloj y una cajita que contenía un papel que debía abrir en mi casa. Con la otra mano me dio una factura de 300 Euros, desglosada en 150 del susodicho artefacto y 150 en concepto de primera visita. Me pidió el número de móvil y me despidió con una sonrisa de oreja a oreja que yo solo pude encajar con cara de estúpido.
Al abrir el papel estuve a punto de tirar la caja  y el reloj por la ventana… Rezaba que la esfera mayor era el momento que vivía mi corazón y por tanto marcaba la hora en la que yo me encontraba. La esfera menor era el momento por el que transitaba el corazón de la persona que yo estaba esperando. Debía ponerlo en marcha esa misma noche a las 24:00. Al hacerlo, las manecillas de mi esfera marcaron las 24:00, y las de la esfera pequeña se desplazaron hasta marcar la 01:00, quedando una hora adelantado.

Era bastante cómodo, porque cuando viajaba a algún país donde el huso horario era diferente del mío, mi esfera, aunque era analógica, cambiaba automáticamente. Además, cada mes, la manecilla de la esfera pequeña se adelantaba una hora durante la noche del último día al primero del siguiente.

Tres meses después, durante el transcurso de una reunión de negocios, vi un número extraño en mi móvil, que empezó a vibrar bailando desacompasadamente encima de la mesa.  En condiciones normales no lo habría cogido, pero algo me dijo que debía hacerlo. Me sorprendió el acento chino del otro lado de las ondas, que me llevó enseguida a aquella consulta que había visitado aproximadamente noventa días antes. El médico me preguntó por la manecilla pequeña y al relatarle yo su movimiento, concluyó que todo iba según lo previsto.
Aunque no creía nada de todo aquello, cada vez estaba más enganchado a aquel reloj, que no me quitaba bajo ningún concepto, como si fuera a salvarme de mi naufragio interior.
Al cabo de medio año más, el mismo número, que había memorizado de manera precavida en mi móvil, me comentó que el adelanto que yo interpretaba en las agujas, era realmente un retraso. El corazón de mi media naranja cada mes se acercaba más a donde yo estaba. Un rápido conteo me hizo pensar que nada más quedaban tres meses para que acabara aquella soledad que me consumía.
Cuando las dos esferas se encontraron, miraba a todas partes buscando alguna mujer que me sonriera, que se me dirigiera, o que me rozara en el metro. Pero aquel día no pasó nada.
Llamé al médico y me dijo que el reloj marcaba las horas, y los días, pero no los años. Podía ser que nuestros corazones se hubieran alineado, pero no en el año actual. Aquello me llenó de desazón y de congoja. Una mezcla de sensación de ira y de timado se apoderó de mí. Quizás mi chica con sus ojos de color castaña no llegaría a tiempo.

dijous, 11 de novembre del 2010

El radiólogo


Hoy me ha cogido una paranoia alucinante.

Desde hace unas semanas tengo un dolor punzante en el brazo izquierdo. Al principio empezó como nada, pero ahora me molesta mucho, ya que es la extremidad con la que corto y eso me hace no estar cómoda mientras trabajo. Este oficio, si se hace bien, tiene un componente artístico muy importante, y de la misma manera que un pintor o un escultor no pueden trabajar adecuadamente si no están plenamente concentrados, a mi me pasa que, si por lo que sea, tengo las facultades mermadas, mi trabajo se resiente considerablemente. Soy la mejor profesional de la peluquería. A veces me atrevería a decir que incluso mejor que mi jefe, aunque su orgullo masculino nunca le permitirá reconocerlo.

El lunes fui al traumatólogo y me pidió una radiografía para descartar que se tratara de nada artrítico, lo cual hubiera sido terrible para mi carrera. Corto a unas 15 personas por jornada, y cada día más gente pide que sea yo quien les haga los servicios. Tengo una brillante carrera por delante y la plena confianza del dueño.

Esta mañana, bien temprano, he llegado al centro radiológico con la intención de atender puntualmente mi trabajo en la pelu, pero nada más sentarme en la sala de espera he leído el odioso cartel: Si está o cree que puede estar embarazada, comuníquelo al radiólogo. La verdad es que me he hecho decenas de radiografías, pero nunca había hecho caso a aquel cartel, como si acabaran de colgarlo. El problema es que ayer conocí a un chico en el gimnasio que me gustó enseguida. Solo verle y leer en diagonal su rostro supe que acabaríamos en la cama. Ni él ni yo llevábamos un condón encima y hay fotogramas de la vida que pasan demasiado acelerados.



La verdad es que no había vuelto a pensar en ello hasta ver el dichoso escrito. He entrado en la consulta y de golpe y porrazo me ha asediado un terror sobredimensionado. Doctor, creo que puedo estar embarazada. ¿Cuándo tuvo su última regla? Hace dos semanas. ¿Dos semanas? Entonces como sabe que está embarazada. No lo sé, pero tal como dice el cartel, creo que puedo estarlo. Vale, veamos, ¿y de cuándo cree usted que podría ser? De hace unas horas. ¿Horas? Bueno, sí, de ayer por la noche. ¿Pero si es de ayer por la noche como va a saber si está embarazada? Si hubiera tenido unas tijeras le habría hecho un mal corte de pelo; no pueder haber peor castigo que ese. ¿Cómo tenía que decirle que no lo sabía, que lo único que había hecho era justamente lo que pedía el jodido cartel? Al final he salido corriendo de la consulta sin radiografía y con el tipo mirándome como si fuera una delincuente. Y es que tengo comprobado que en esta vida a los que hacemos lo que se nos pide a menudo se nos queda cara de tontos. Somos unos incomprendidos.

diumenge, 7 de novembre del 2010

Las burbujas

Hoy me he levantado en plena forma. Café cargado y un cruasán de chocolate que compré ayer en la panadería de debajo de mi casa. Hacia las 22:00 sacan una hornada especial. Es curioso, porque incluso a esas horas, en que casi todos los mortales solemos estar recluidos en nuestro pequeño mundo, se forman colas.
Nada más dejar atrás la puerta del piso, he notado que algo no iba bien, como si me faltara el aire. Me he aflojado el nudo de la corbata. Quizás me lo he apretado demasiado. Esta mañana corto el pelo al alcalde y no estoy acostumbrado a usarla; me reduce demasiado la movilidad. Normalmente me visita cada mes y medio. Unas veces para un corte enérgico, sobre todo en verano, pero la mayoría de ellos para una puesta a punto. Para pasar la ITV, como suele bromear.
Pero lejos de notar alivio con el gesto, me ha invadido una indescriptible sensación de zozobra. Una extraña luz tenue que me ha invadido al franquear el portal me ha obligado a mirar al cielo, por si con el cambio de hora de ayer, la salida del sol proyectada en las nubes era lo que teñía de rosa el aire que me circundaba.
He tardado aún unos segundos en darme cuenta, quizás porque la calle estaba poco transitada. Al quiosquero le había entrado un ataque de pánico, y se quejaba con voz un poco metálica de que no podía entregar los periódicos del día. Entonces lo he visto claro. Dos hombres que se habían encontrado en plena calle, no podían encajar las manos porque estaban envueltos en una burbuja de color rosa que les impedía interactuar. Lo primero que he pensado es que no podría cortar el pelo al alcalde y le he llamado al móvil para comentarle que me encontraba indispuesto. No me he atrevido a contarle la verdad por si pensaba que estaba bajo los efectos de algún narcótico. Debía preservar mi reputación. Ya se sabe que los políticos no deben mezclarse con gente que pueda manchar su reputación. Pero al contrario, sólo descolgar, he reconocido al otro lado el mismo efecto metálico que acababa de escuchar al quiosquero. El alcalde estaba muy nervioso y su voz rezumaba la viscosidad pegajosa de la burbuja rosada que le impedía pensar con claridad.
Al poco, las gentes han empezado a salir a las calles. Se notaba que la hora ya no era tan temprana, y con el avance del amanecer se han lanzado a ver si el espacio abierto les daba una solución que les negaban las cuatro paredes que les encerraban.
Pero no todo era negativo. Ni los coches, ni ningún medio de transporte podían conducirse, por lo que se podía deambular por el medio de las calzadas sin ningún temor a ser atropellado. Los móviles dejaron de recibir señales, porque a medida que más burbujas salían a la calle, las interferencias que éstas producían anularon las ondas electromagnéticas de las antenas de los celulares.
De repente, la ciudad me ha parecido un engendro extraño. Cuando el mundo era más tranquilo que nunca, sin la obligación de respirar CO2, sin nada electrónico o mecánico funcionando, sin teléfonos, más sus arterias se llenaban de personas asustadas.
El siguiente pensamiento que ha surfeado mi mente me ha estremecido de terror. Sin transportes, sin telecomunicaciones, sin mecánica, sin hombres y mujeres que pudieran copular, cuánto tiempo tardaría nuestra civilización en desaparecer.
En un último ataque de lucidez, he girado mi cabeza hacia arriba lo justo para darme cuenta de que las burbujas salían del balcón de mi piso. Y he recordado que me había dejado el cajón de la lavadora abierto al poner la última colada.
Eso me ha hecho reflexionar sobre la evidente fragilidad por la que se desliza la naturaleza humana.

El idioma de los ojos

Hoy, al llegar a la Pelu, he visto que todas mis compañeras lo habían hecho antes que yo. Estaban enzarzadas en una estúpida discusión de la que también participaba Juani, la chica que dos días por semana limpia en casa del jefe. Para Vanessa, lo más importante era tener siempre las tijeras, la moto, las toallas, siempre a punto, las cuchillas afiladas, las baterías cargadas. Ana creía que, para que el cliente estuviera confortable, el ambiente debía ser relajado. Buena música, la iluminación en su punto justo. A Marcela no la oí bien, pero Juani barría para casa, nunca mejor dicho, y decía que lo más importante era que el local oliera siempre a limpio.
Cuando me han preguntado a mí, me he salido por la tangente. Me habría dado una inmensa vergüenza reconocer que lo más importante de aquella peluquería era mantener bien limpio el espejo frente al que cortaba. Reflejados en él, los ojos de Jorge me hablaban desde hacía algo más de un año y medio siempre que venía a cortarse el pelo. Jorge tenía unos preciosos y deliciosos ojos de color de nocilla de dos colores: blanca por fuera y cacao fuerte y avellanas por dentro.
El primer día que le corté el pelo, no abrió boca. Era terriblemente tímido. Pero tampoco hizo falta, porque sus ojos me explicaron cosas sobre mundos fascinantes. Aquella noche, no sabía por qué, pero me fui a la cama flotando, como si me hubiera tocado la lotería o unos ángeles a bombo y platillo me estuvieran anunciando que había sido agraciada con la eterna juventud.
A partir de entonces, Jorge regresaba a la peluquería puntualmente cada mes. Fue en aquel momento cuando empezó mi calvario. Por algún mal hado, siempre me tocaba a mí cortarle el pelo. Cuando le lavaba la cabeza, le hacía el amor con los dedos. Cuando en el mecerse que conlleva el corte, nuestras pieles se rozaban, se me erizaba el vello de una manera tan descarada que me azoraba esta evidencia. Los problemas empezaron cuando intenté interpretar lo que me decían o, mejor dicho, lo que yo creía que me decían.

El tema era que al venir exactamente cada mes, siempre caía en un día de la semana diferente. Me volvía loca porque cada día me daba la sensación de que me decían cosas diferentes. Los lunes casi me esquivaban. Parecía que aún rezumaban el calor que habían recibido de su familia durante el fin de semana. Los martes estaban un poco más parlanchines, generalmente de buen humor. Me sonreían y me hacían sonrojarme interiormente. Los miércoles, sus ojos y los míos establecían una interesante conversación, de tú a tú, que me reconfortaba el alma. Los jueves, me parecía que jugaban retozando los con míos, con una complicidad totalmente fuera de los límites políticamente correctos, hasta que acababan tumbados al arena salada y cálida de una playa sin almas. Y cuando la esperanza se afincaba en mis entrañas, llegaban los demoledores viernes en los que ya solo me hablaban de un fin de semana del que yo nunca sería partícipe.
Toda esta algarabía ocular y el intentar desgranar sus sonidos en mis oídos me hacía malvivir tanto, que finalmente mi única salida fue intentar conformarme con su vívida belleza. A partir de aquel momento, los degustaba profunda e intensamente mientras duraba el baile (a veces lo alargaba un poco más de la cuenta de manera lo suficientemente hábil como para que ni mis compañeras ni mi jefe sospecharan nada). Pero durante los 30 minutos en que se prolongaba mi trabajo con Jorge, me ponía unos tapones como esos que dan en los aviones para dormir y, de esa manera, no caer en la tentación de los descarados ojos de nocilla.
Cuando creía que ya lo tenía todo bajo control, un día encontré un folleto que habían lanzado por debajo de mi puerta: Talleres de iridología. Aprenda a leer el iris de los ojos. Y me puse a llorar como una tonta.


divendres, 5 de novembre del 2010

La huída

Mi casa estaba llena de libros adoptados. Me encantaba leer y los devoraba con delirio. Hurgaba en todos los géneros literarios, pagaba mucho dinero por algunos de ellos, ya por ser raros, ya por estar firmados por alguno de mis autores preferidos. Hasta que, con el tiempo, los fui cambiando por mi otra pasión. Cortar el pelo.
El hecho es que a medida que me introducía más y más profundamente en el mundo de la peluquería, el abandono en que sumía a mis libros era más exponencial.
De esta manera, me ocurrió que un día, al levantarme, vi que toda una balda de mi librería estaba totalmente vacía. Juraría que la noche anterior, antes de irme a dormir, todo estaba en orden, y al principio me dio un respingo en la espalda, al pensar que alguien hubiera podido entrar y llevárselos, aunque el inmediato pensamiento de que nadie robaría cultura pareció tranquilizarme.
Esperé ansiosamente a las ocho a que llegara Juani, la señora que limpia en casa, para consultarle si ella sabía algo acerca de la desaparición de aquellos libros, pero con su cara de ¿pero este le da al pegamento? mi pregunta se respondió sola. Debí haber imaginado que la amistad entre Juani y Kapuscinski era sencillamente algo imposible.
Aquella noche dormí mal. Di vueltas y más vueltas. De repente, me cogió una obsesión por listar e inventariar todos mis libros, con una sensación como si el agua se estuviera colando entre mis dedos.
Con el tiempo y un poco de entrenamiento, pude llegar a detectar los libros que me iban desapareciendo. Al principio lo hacían por temáticas. Primero fueron los de cocina, luego los de viajes, lo que me hizo pensar que alguien estaba interesado en aquellas materias. Pero más tarde empezaron a desaparecer por colores. Primero los rojos, que eran algunos, luego los negros, que eran los menos, pero cuando se evaporaron los blancos, mi biblioteca se quedó con menos de la mitad de los cerca de mil ejemplares que la habían compuesto. Finalmente desaparecieron por tamaños. Primero los que medían más de 32 centímetros, posteriormente los que medían entre 25 y 32, y finalmente los más pequeños.
Mi desasosiego llegó a su punto culminante el día en que sólo quedaron dos libros en la estantería. Uno de color verde muy poco atractivo y más bien pequeñito, que era un tratado antiguo de aritmética y otro de color rosa palo con unas flores.
Tardé mucho en discernir, ya cuando sólo el libro rosa habitaba conmigo, qué era lo que había estado pasando. El último ejemplar resultó ser un ensayo bastante espeso sobre la adopción, que devoré ávidamente en mi afán por comprender. En él, se hablaba de las difíciles relaciones entre los niños adoptados y los padres no biológicos. Había veces en que los niños, en su afán por descubrir quienes eran sus padres de verdad, herían la sensibilidad de aquellos que les habían cuidado durante casi toda su vida, creándose un círculo vicioso, según el cual, el abismo entre ellos a veces se convertía en insalvable y acababa con el abandono, a la mayoría de edad, de los padres adoptivos por parte de sus hijos.
Atónito, caí en que hacía unos dieciocho años que había empezado a montar aquella librería a la que poco a poco había ido abandonando hasta el punto de que si Juani no le sacaba el polvo ya nadie lo hacía. Hacía tres meses que la bombilla que iluminaba la alacena se había fundido y no había tenido ni el tiempo de pensar en comprar una de repuesto para cambiarla.
Al día siguiente, cuando me levanté, después de toda la noche sin pegar ojo, sabía que aquel libro rosa ya no estaría, tal como ocurrió, sumiéndome en el más profundo arrepentimiento por haber desatendido de manera flagrante mis obligaciones como padre adoptivo para con aquellos libros que otrora tantos días de felicidad me habían regalado.

dimecres, 3 de novembre del 2010

Cuestión de sequía

El viernes pasado, le hice rizos a un amigo de mi jefe que quería cambiar de look. Era un tipo peculiar. En algún tiempo había sido divertido, pero creo que hacía demasiado que no se encontraba. Me contó, de manera un poco ida, que hacía unos días había ido a hacer una travesía a pie por una zona tan recóndita de la provincia de Lleida que ni los de Google Earth se habían molestado en cartografiar.

En su periplo, dio con un pueblo abandonado que resultó estarlo mucho menos que él mismo, porque allí habían quedado atrapadas para siempre las almas de sus antiguos habitantes. Eran almas dadas a lo pacífico y un poco introvertidas, poco duchas a hablar con forasteros. La mayoría de ellos continuaban trabajando pacientemente en los oficios en los que quedaron presos cuando traspasaron.



Al llevar varias horas de marcha, se le abrió un apetito voraz, y decidió colarse en la fonda que regentaba una pareja mayor. El copioso ágape le condujo a un estado de ensoñación que le llevó a preguntar por una habitación.

Aquella tarde, mientras su cerebro se mecía en los vapores que se sitúan entre la realidad y la ficción, le llegó al resguardo del calor de julio la conversación entre el médico del pueblo y un señor, quienes se acaloraron en una discusión sobre el momento en que se había iniciado la gestación que estaban tratando. No sabía muy bien por qué pero en todos los embarazos, los ginecólogos y los maridos acostumbran a rivalizar por la posesión de la verdad respecto a esta fecha trascendental. El cónyuge decía saber exactamente el momento en que su simiente había fecundado a su mujer, mientras el médico, aún sin disponer de un material muy avanzado, porque murió en el año 73, justo antes de la ecografía al alcance de los mortales, se enorgullecía de ser el profesional que tenía el mayor índice de aciertos en los nacimientos de la comarca, que por aquella época, es de justicia decirlo, tampoco eran muchos. Lo cierto es que, el musgo que cubría las paredes de la casa donde dormitaba acabó penetrando en su cuerpo, mezclándose con la sequedad de su estado interior para envolverle en un halo frío que le despertó.

Al salir, casi se dio de bruces con un carpintero que llevaba diez años arreglando sin mucho éxito la puerta de entrada de una casa alta y estrecha por cuyo tejado, o lo que quedaba de él, se colaban resquicios de luz. En su interior, aún había restos de convivencia.

En la casa vecina, tropezó literalmente con una chica que, de espaldas, se entregaba con devoción al arte del solitario, pero no al físico, sino al cibernético. Al verme allí, lejos de asustarse o sorprenderse, compartió conmigo las noticias digitales del día en cuestión, que, por supuesto, hablaban de que en caso de continuar la severa sequía que azotaba la zona desde hacía unos años, los habitantes del pueblo se verían obligados a abandonar definitivamente aquel curioso paraje. Me fascinó la facilidad pasmosa con la que surfeaba la red. Y es que ya se sabe, la juventud y la tecnología, hoy en día, son todo uno.

dilluns, 1 de novembre del 2010

El olor de las cosas

Hoy mientras le cortaba el pelo al último cliente masculino del día, me ha explicado lo que sigue a continuación. Me ha parecido tan interesante, que voy a intentar relatar lo que mi memoria recuerda:

Cuando era pequeño, o adolescente, o las dos cosas, había un anuncio de televisión que se preguntaba a qué olían las cosas que no olían. Aquella era una pregunta que estaba mal planteada. Porque en este mundo todo huele a algo. Para mí, la única cosa que no huele es el agua, no la del Besós, sino el agua en estado puro en casi todas sus vertientes: helada (aunque a todos nos parece que cuando se queda un tiempo en nuestro congelador adquiere un olor como a pescado), líquida… gaseosa ya no lo tengo tan claro. El anuncio en cuestión decía que las nubes no huelen, pero no sé si nadie ha subido tan arriba como para comprobarlo. Además, cuando nos envuelve un día de esos cerrados, de niebla baja, sí que distinguimos un cierto olor a humedad en el ambiente, y digo yo que el olor a humedad de esa forma de agua condensada, ya es oler a algo.

El resto de cosas sí que huele. Incluso las cosas que menos lo parecen: el metal, la sal, las paredes, hasta los platos. Lo que pasa es que en un anuncio es políticamente incorrecto hablar del olor de según qué cosas. O quizás por aquel entonces aún no estábamos tan liberados, porque ahora sí que hay anuncios que dicen expresamente que hay productos que neutralizan el olor de la pérdidas de orina. O eso o es que las mujeres de antes no tenían pérdidas de orina a edades tan tempranas, y es que las episiotomías están haciendo mucho daño.


El hecho es que, al menos para mí, oler bien es muy importante. Dicen que a los hombres se nos conquista por el estómago, pero yo creo que a mí es mucho más fácil conquistarme por el olfato. No sé por qué, pero siempre tiendo a rodearme de gente que huele bien. Hay veces que me acerco a la gente y los huelo discretamente para ver qué sensaciones me dan, pero si su olor es malo o incluso apenas perceptible, pierden el interés para mí.

No hace falta usar un perfume sofisticado. Un simple jabón, una determinada crema, el olor que transpira nuestra ropa, el de nuestra piel cuando se tuesta al so, el del sexo limpio.

Huelga decir que lo llevo fatal con las cosas que huelen mal. Sobretodo con las personas o con partes de las personas. Me bloquea tanto que no sé cómo actuar...