divendres, 29 d’octubre del 2010

Las micronaciones

Estoy leyendo un libro en el que cada página es como una polaroid, y el conjunto de ellas como si pegaras cada una de las fotos en una pared. Cuando las miras de lejos, lo bigarrado de sus colores te hace parecer como que son una multitud de diferentes realidades, pero a medida que te vas acercando ves que algunas de las fotos se tocan entre ella por las puntas, y que el flujo de una historia se desplaza por las entrañas de los colores haciendo que se mezclen formando realidades nuevas.

El hecho es que varias de esas polaroids, no sé si en serio o como ficción literaria, hablan de micronaciones. Transcribo más o menos literalmente una de ellas: En 1971 un grupo de 18 hippies tomó una base militar en Dinamarca y proclamó allí el estado libre de Christiania, una micronación. Tras mantener un pulso con el gobierno danés, en 1987 fue reconocida como un microestado independiente. La población actual está compuesta por 760 adultos, 250 niños, 1.500 perros y 14 caballos.

A mi me parece que debe ser ficción, dada la desproporción entre adultos, niños y perros, a menos que los últimos sean la base de la alimentación de los primeros.

Pero no fue dicha desproporción lo que llamó mi atención. La existencia de tantos animales en un ambiente humano me ha hecho pensar en la invasión zoomórfica que sufrió un amigo de mi vecino en sus zonas nobles hace un par de años. Pienso que quizás, aquellas formas de vida animal también se estuvieran manifestando para declararse micronación y estaban manteniendo un pulso con el propietario de aquel cuerpo. De hecho, si me lo vuelvo a encontrar, le preguntaré quien ganó el litigio, aunque por su estado de ánimo últimamente, creo que la respuesta se responde sola.

Yo, como no soy nada belicoso, he proclamado la independiencia de un grupo de extraños visitantes que se instalaron, pacíficamente, todo hay que decirlo, en el jardín de mi casa hace unas semanas. La verdad es que no molestan nada, y son muy graciosos. Tienen un tronco tubular, y grandes ojos en lo que debe ser su cabeza. No sé cómo andan,  porque en vez de pies, tienen una especie de plataforma. Son pequeñitos; en total, de extremo a extremo (no me atrevo a llamarlo de pies a cabeza) no deben superar los tres centímetros, y entiendo que se comunican por medio de telepatía o algo así, porque nunca los he oído hablar. Viven en blanco y negro, a diferencia de las polaroids de mi libro.

Supongo que son una comunidad pequeña, más o menos del mismo tamaño que inicialmente la de los hippies de Dinamarca, y por ello he pensado que también pueden declararse micronación. Por eso, les he puesto una especie de caseta, les riego periódicamente el jardín, y he puesto esta señal de la foto, para que nadie, en su despiste, los pise.

Pero aún estoy esperando que me den las gracias…

dimarts, 19 d’octubre del 2010

El estrés de los pájaros

Antes de abrir la persiana e incluso de que lleguen las peluqueras y empiecen con la deliciosa verborrea que inunda todos los espacios, me gusta ojear la prensa que me trae Bernardo cada mañana. Hoy no ha llegado, y por eso me he entretenido, café con leche en mano, con un Muy Interesante del mes pasado que corre por allí. El primer artículo me ha sorprendido, porque me he sentido muy identificado. Decía el Muy en cuestión que las farolas y otras luces nocturnas afectan a los pájaros, ya que creen que amanece antes y empiezan a cantar a destiempo, duermen menos y padecen más estrés. Además, al estar activos antes, las hembras creen que son de más “calidad” (cito textualmente), se aparean más de la cuenta, y eso les agrava el estrés. ¡Mira por dónde se nota que no soy científico, porque a mí me daba que la acción del sexo iba bien contra el estrés!
Y digo yo que la luz de las farolas afecta a los pájaros y a los que no somos tan pájaros, porque este tema lleva ya unos días que me viene preocupando.
Hace poco que me he trasladado a la ciudad, porque después de mi separación pensé que debía cambiar de aires. Lo primero que me llamó la atención fue que en mi pueblo durante la noche era de noche, cosa que a mí me parecía de lo más normal, pero ha resultado que no. En la ciudad, de noche no es de noche. Menos mal que lo ha dicho el Muy, que quieras que no, es una autoridad en esto de la ciencia, porque si lo llego a decir yo, me hubieran encerrado.
La cosa es que alrededor de mi casa nunca es de noche. Si está despejado, el cielo es más o menos oscuro, pero los alrededores son siempre naranja, como podéis apreciar en la foto. En cambio, si tenéis la mala suerte de que esté encapotado, la luz naranja se refleja en las nubes, lo invade todo formando un globo de dicho color, como si viviéramos en Marte. Eso me hace dormir mal, y en el fondo menos, como a los pájaros, con lo que es posible que mi estrés provenga de eso. Aunque, desafortunadamente, nunca tenemos el paquete completo y la segunda parte, la del apareamiento, me ha dejado de lado.
La cosa es que llevo mucho tiempo invertido en averiguar sin mucho éxito de dónde sale la susodicha luz.
Hoy, al llegar a casa, he reventado la farola de delante de mi casa para fundir la bombilla, pero la extraña luz ha seguido emanando totalmente ajena a mi agresión.
Luego me he pasado por una tienda Orange para ver si ellos tenían que ver con el fenómeno, aunque solo fuera por afinidad nominal, pero me he ido desazonado porque la chica me ha dicho que a pesar de hablar en correcto español no me entendía y yo no he podido llegar a entender lo que no entendía.
Hace un rato ha llamado al timbre mi vecino Pedro. Ha venido con su hijo: ¿Verdad que tú tienes un Iphone? Es que mi hijo pequeño me lo cogió hace un par de semanas y se me ha quedado bloqueada una aplicación de realidad aumentada en el botón del naranja. ¿Sabes cómo puedo desbloquearla? Le he dicho que no, pero que iba a llamar al Muy Interesante para decirles que ya sé cómo solucionar el problema de estrés de los pobres pájaros que tan preocupado tenía al científico del artículo.

dijous, 14 d’octubre del 2010

Las aceras de Clara

Clara es una de las primeras clientas que tuvo esta peluquería. Es una mujer encantadora, de más de 35 años y menos de 40, un poco demasiado pija para mi gusto. La chica tiene un problema menor. Lo llamo menor porque no le impide hacer una vida bastante próxima a la normalidad, pero para mí, que soy tan directa, sería un auténtico engorro.
La cosa es que cuando sale a la calle sólo ve las aceras de la derecha. Un día, mientras le ponía unas extensiones rubias, le pregunté si era por inclinación política, pero ella me dijo que no. No sé si porque no quería revelar su tendencia de voto o porque realmente me estaba diciendo la verdad.
Según ella, le pasa desde pequeña y ya está totalmente adaptada a la tara. Su vida sólo le requiere un poco más de atención que a cualquier ser humano.
Ahora que ya es madre, los domingos, cuando a sus hijos les apetece comer churros, debe irse hasta el final de la calle y volver en el sentido contrario, deshaciendo su camino, porque al salir de casa, la churrería le queda en la acera de delante, la izquierda, y es totalmente incapaz de verla.
Internet le ha facilitado mucho la vida. Antes de salir de casa, siempre consulta en qué acera queda el lugar que necesita visitar, para saber en qué dirección debe tomar aquella calle. Cuando va en coche, en las calles de sentido único, sólo puede visualizar los números pares, porque los impares, no sé por qué extraña razón, en todas las ciudades suelen estar situados en las aceras izquierdas.
Cuando coge el metro, también debe estar atenta en las estaciones que tienen un único sentido, porque ella sólo ve un pasillo con un principio y un final y para acceder al tren debe guiarse por el lugar donde se colocan las demás personas.
Hace unos meses tuvo un accidente de coche bastante grave, porque circulando por el tercer carril, quiso adelantar por el cuarto, sin acordarse de que aquella autopista solo tenía tres.
Pero no todo es malo. También tiene sus ventajas. En la acera de enfrente de la suya, al lado de la churrería, hay un bar de copas del que todo el mundo se queja. Es muy ruidoso y siempre se saltan las ordenanzas municipales cerrando a altas horas de la madrugada. Con los de la churrería no tienen problemas, porque cuando unos cierran los otros abren, pero la gente del barrio está muy alterada. En cambio, Clara duerme plácidamente, porque para ella es totalmente inexistente.
Está casada con un militante del PP. Quizás no veía a los hombres de izquierdas…

dimecres, 13 d’octubre del 2010

Las vacaciones de Aina (2 i final)

El tanga estaba usado, pero no mucho, y por la posición en que había quedado bajo la mesilla se notaba que la noche antes de irse, Aina se había desnudado rápidamente. Aquella delicada flor había caído al suelo y algún golpe descuidado de pie la había destinado al olvido pasajero.
El hecho es que, un poco azorado y sintiendo como si estuviera violando aquel espacio, pero excitado por la situación y el moderado alcohol, hice lo que todo hombre sano habría hecho en esas condiciones.
Minutos después, la visión de las plantas a través de los cristales me hizo volver a lo que realmente me había llevado allí. Las regué con la misma indiferencia que me dedicaron ellas a mí. De hecho, diría que escupieron de manera desagradecida casi toda el agua que les dediqué, empapando el balcón del piso de abajo; el mío.
Al volver a entrar en la casa, aquel tanga me miraba de manera desvergonzada y decidí dar rienda suelta al exhibicionismo que hay en mí. Así que me desnudé delante de un espejo de 2x1,5 m que tenía enmarcado en pan de oro falso, demasiado barroco para mi gusto. Lo hice poco a poco, disfrutando de los instantes previos a verme vestido con aquella minúscula pieza.
Pero la sensación no resultó tal como esperaba. A pesar de ser Aina bastante menos voluminosa que yo, el tanga me cupo perfectamente, pero nada más calzármelo, se apoderó de mí una extraña sensación de vaivén galopante. Decidí sentarme en una silla que había frente al espejo. Mi visión en él pasó de la excitación al ridículo, al observarme sentado en aquella posición encogida, como de ganas de vomitar.
Estaba en una discoteca y llevaba en la mano mi quinto gintonic. Era un espacio al aire libre, se percibía perfectamente el rumor del oleaje, ni muy cerca, ni muy lejos. A mi lado había una chica bastante guapa, de poco más de 25 años y bastantes hombres corpulentos que me miraban lascivamente mientras se contorneaban demasiado cerca de mí. Mi mareo aumentó repentinamente. No entendía nada. Dejé el gintonic encima de la barra y le dije balbuceante a mi amiga, que me miraba con ojos condescendientes, que me iba a mojar un poco la cara al mar. Me dolía tanto la zona del pecho (o debería decir pechos?), y también tenía un dolor insoportable como en el apéndice, pero a los dos lados. ¡Dios! ¿Qué me estaba pasando? ¡Un baboso se me acercó y me soltó un par de obscenidades asquerosamente irrepetibles! ¡Pero qué coño te has creído, cochambroso! ¡Mira que te vomito encima! ¡No puede ser, pero si me ha venido la regla! ¡Tengo todos los pantalones blancos manchados! Me giro aterrorizada y sólo veo gente bailando como zombis poseídos al son del ritmo endemoniado.
En un ataque de lucidez, me he arrancado el tanga, que ha quedado en medio del pasillo en una mueca desgarrada, y por suerte he caído arrodillado, de bruces, desnudo, absurdo, delante del espejo. El corazón ha tardado cinco minutos en volver a su compás habitual.
¡Que se mueran las plantas!

dimarts, 12 d’octubre del 2010

Las vacaciones de Aina

Hace unos días, mi vecina, que ejerce de modelo mediocre en una agencia de publicidad de Barcelona, me pidió si le podía regar las plantas mientras estaba de vacaciones. Nada, serían pocos días, esgrimió. ¿Cómo se lo iba a negar? Puso aquella cara tan entre dulce y lagarta que a los hombres nos deja sin argumentos. Aina no es famosa. Quizás por eso, aunque sea guapa, y esté bien construida, no sea tonta. Aún retumban en mi cabeza las imágenes de un programa de zapeo en que una modelo le pedía disculpas televisivas al Rey Fernando (el Católico!) por no acordarse de su nombre durante una entrevista que le hizo una cadena que cubría no sé qué desfile de marras.

Lo cierto es que las plantas y yo nos llevamos mal. Por lo general deciden suicidárseme. Así, tuve que poner un empeño especial en acordarme del tema del riego. Programé una alarma en mi Iphone para que sonara al cabo de tres días. Tengo que reconocer que cuando, al cabo de 72 horas escuché el bocinazo, estaba haciendo unas cervezas por el barrio con mi amigo Feliciano, después de una larga jornada en mi peluquería.
Desde que me separé, me sobran las horas que me faltaban.
Subí de mala gana las escaleras que van de la portería hasta el piso de Aina, que está justo encima del mío, pensando más en la cerveza fresca que atontolinaba mis ideas, que en el ausente culo respingón de Aina.
Su piso era de esos que no hablan. Por eso, mi extrema curiosidad no se vio llamada por nada, hasta que al ir a abrir la corredera que daba al balcón, vi la puerta de su habitación entreabierta. Siempre me ha gustado imaginar cómo vive la gente cuando vive sola. ¿Se pasean por su piso vestidos, desnudos, ni una cosa ni la otra? ¿Cuándo están viendo la televisión lloran las lágrimas que retienen pudorosamente cuando están en compañía? Me colé, mirando a lado y lado del pasillo, como avergonzado de lo que estaba haciendo, como si alguien hubiera estado esperando en soledad todo aquel tiempo para recriminar mis actos.
La habitación era espartana, al contrario de lo que había imaginado. Olía igual de bien que ella cada vez que nos dedicamos un buenos días o un buenas noches al cruzarnos por la escalera. Más que eso nunca hemos intercambiado.
Al darme, aburrido,  media vuelta para acceder al balconcillo, advertí por el rabillo del ojo, un hilillo que salía, medio enroscado, de debajo de la mesita de noche. Tiré de él, con los dedos en pinza, y detrás del hilillo, nunca mejor dicho, apareció un tanga negro, con una margarita de color rosa bordada.
… (No lo dudéis. Continuará)

dissabte, 9 d’octubre del 2010

El fantasma de mi vecino

He estado más de tres semanas llegando a la peluquería hecha trizas, durmiendo fatal, por culpa de mi vecino Pepe. El tipo ya solía ser bastante ruidoso, pero desde que murió, hará ahora más o menos un mes, venía a despertarme cada día hacia las 3 de la madrugada. El problema es que una vez me despierto por la noche me cuesta mucho volverme a dormir, y a Pepe le dió una obsesión conmigo y sólo me dejaba en paz después de un par de horas de charla y negociación. Suelo acostarme tarde, por lo que raramente podía dormir más de 4 horas, y la verdad, no podía acostumbrarme.

Quizás, dicha obsesión tuviera algo que ver con la forma en que murió. Según me fue explicando, como en fascículos, estaba locamente enamorado de mí desde un día en que me vió bebiéndome un frappé en un distinguido bar de la Diagonal que acababa de abrir un amigo mio. Se ve que mi manera de sorber la pajilla con la que degustaba mi bebida le había abierto cierta obsesión sexual.

Como iba diciendo, Pepe murió de un ataque al corazón, pensando en mi, mientras hacía el amor como un poseso a una novia que se había echado pocos días antes. Pepe venía todas las noches a reclamarme, porqué me acusaba de haberle causado la muerte por el exceso de pasión con que el solo pensamiento de mí le inducía a emplearse en la faena con Lidia.

¡No había manera de convencerle de que me dejara en paz! Yo no tenía nada que ver con él. A penas le conocía. Vagamente hubiera podido recordar su cara antes del incidente. Pero el amor, y las obsesiones en particular, son de difícil solución.

Un día, mi jefe empezó a recriminarme que mi rendimiento había bajado en picado, que las clientas se quejaban de mí. La calidad de mis cortes dejaba mucho que desear, ya no era tan atenta con ellas, las quemaba con el secador, o con el agua demasiado caliente cuando les lavaba el cabello, no les ofrecía un cortado mientras esperaban ser atendidas, y hasta alguna que otra se había llevado un corte de cuchilla, además del de pelo.

No sabía cómo manifestarle a mi jefe que toda esta situación era ajena a mi voluntad. ¿Cómo hablarle de las visitas de Pepe sin que pensara que estaba loca?

Pensé en poner una cámara de video para grabar las visitas, pero cada vez que al día siguiente las reproducía, me veía y me oia a mí, hablando y gesticulando sola como una estúpida.

Dos semanas después, cuando estaba a punto de confesarle a mi jefe cual era la fuente verdadera del problema, el cliente a quien estaba cortando, un chico rubio de largas y cuidadas melenas, me comentó: “Jolín, el periódico cada vez más parece un relato de sucesos. Mira este: Muere una persona atropellada por el Tram en Sant Roc, Badalona. La mujer, de 25 años, responde a las iniciales LRP. El sepelio tendrá lugar mañana en el Tanatorio de Sancho de Ávila a las 11:00 horas”.

Aquella noche, Lidia vino a llevarse a Pepe, y ya no he vuelto a saber nada más de ellos. Por suerte duermo mejor.

dijous, 7 d’octubre del 2010

El cepillo de dientes

La primera persona a la que he atendido hoy, me ha regalado una conversación un tanto extraña. Era una mujer de unos 35 años, que ha venido a hacerse mechas de color azul. ¡Díos, lo que me ha costado encontrar el tinte! Creo que a estas alturas del año aún no había hecho ningún teñido con ese color.

La cosa en cuestión es que la mujer me ha dicho que en su familia, de cuatro unidades en total, sólo utilizaban un cepillo de dientes. No porque no pudieran pagárselos, sino porque consideraban que eso les unía. He aprovechado que hoy ha sido un día bastante tranquilo para preguntar a mis clientes sobre cuantos cepillos de dientes tenían en su casa, y de cuantos miembros se componía su familia.


La verdad es que el resultado se me ha hecho esperanzador, porque lo habitual ha sido que haya más cepillos que miembros, o como mucho el mismo número de los unos que de los otros. En algún caso, algún bebé o niño por debajo de los dos años ha roto la estadística.

Cuando he llegado a casa, y he constatado, relajada, que yo tenía 3 (uno en el trabajo, uno de uso cotidiano y el último por si las moscas), enseguida me ha venido una pregunta a la cabeza que me ha resultado muy difícil contestar: ¿Con cuantas personas compartirías tu cepillo de dientes? Lo más habitual quizás sea que con nadie. ¡Es un artilugio tan íntimo! Creo que es más fácil compartir un vibrador que un cepillo de dientes. Como máximo, si un día tu pareja, de la que aún estás enamorada, te lo pide como un favor muy muy muy apremiante, quizás accedas, aunque a regañadientes. O tal vez lo compartirías algún día con tu hijo. Por los hijos, las personas hacen concesiones que no harían por nadie más. A menudo ni por ellas mismas

Yo creo que lo primero que denota el desgaste de la pareja es la falta ganas de sexo (que no es lo mismo que la falta de sexo) y que ya no compartirías tu cepillo de dientes con tu partner.

Menos mal que yo hoy no tengo ni pareja ni familia, y así no se me evidencian algunas verdades incómodas.

Un problema de narices

Hoy me he levantado con una tara algo molesta, y es que tenía una especie de hipersensibilidad olfativa. No sé si se dice así. Soy peluquera, no filóloga, ni columnista. Aunque me gusta mucho la lectura e incluso algunas veces me he planteado tener un blog, la verdad es que siempre he acabado desistiendo porque no sabría qué explicar, ni tan sólo por dónde empezar.
He detectado el problema justo levantarme. Mi vecina Juana, una chica dominicana que ni sé ni creo que quiera saber de qué trabaja, ha preparado café a eso de las siete de la mañana. No me ha despertado el resoplido de la cafetera, sino el aroma de la infusión en cuestión, que ha traspasado su puerta, todo el rellano y la mía, ha torcido a mano derecha hasta dar con el pasillo y se ha colado por la pequeña rendija bajo la puerta que da a mi habitación. Al principio he pensado que mi madre se había caído de la cama y había entrado en mi casa para sorprenderme con un excelente desayuno, pero después de arrastrar mis pies hasta el comedor, me he dado cuenta de que estaba igual de desierto que lo había dejado cinco horas antes, al irme a dormir.
El segundo respingo que ha azotado mis pituitarias lo ha producido la putrefacción de mis heces después del efecto laxante que siempre tiene en mí el café fuerte. Ahí ya me he dado cuenta de que algo no iba bien, porque de repente y de un plumazo rápido, he podido computerizar en mi cerebro los olores de todos los geles de ducha, champús, cremas corporales, lociones capilares, y demás potingues que al trabajar en la peluquería tengo desparramados por el cuarto de baño.
Al salir a la calle, la polución ha inundado mis pulmones. El humo de los coches, los orines de los perros y quizás de algún borracho me han hecho acelerar el paso.
De repente me he cruzado con un chico alucinante, de unos 30 años, alto, bien vestido, elegante, informal. He reconocido al instante que se había puesto dos gotas bajo cada lóbulo de L’Amoureux, de Dolce & Gabbana. Normalmente esta colonia me pone muy dulce, pero hoy no he podido dejar de llorar de la emoción, embriagada por sus toques cítricos, amaderados y de incienso. Saladas gotas resbalando por mis mejillas desprovistas del habitual punto de maquillaje que me he tenido que quitar justo después de ponérmelo, porque no soportaba su olor.
Sobrecogida por la vergüenza de ser descubierta por mi inesperado galán, me he colado en la puerta del metro que utilizo diariamente para deslizarme al trabajo. Pero he cometido un error garrafal. Justo al entrar en el vagón me he dado cuenta, demasiado tarde, de que a las 8:00 de la mañana, el olor corporal de muchas de las personas que abarrotan los vagones de la línea 3 habitualmente ya me ofende. No he podido más que vomitar en una esquina, justo al lado de un asiento, escudriñada por los ojos acusadores de una mujer de mediana edad, que debía pensar que probablemente volvía demasiado cargada de una noche de excesos.
He salido a toda prisa de la estación, hasta dar con un taxista, que a juzgar por el olor que desprendía el interior de su taxi, él o su anterior ocupante había cenado la noche anterior un plato de lentejas, y posiblemente tomate con burrata y albahaca. Pero solo salir del taxi y soltarle el billete al conductor, ya he notado el nauseabundo olor de los tintes y las cremas depilatorias que emanaba de la peluquería, y me he dado cuenta de que hoy me sería imposible trabajar en esas condiciones.
He entrado en una farmacia, he soportado como he podido el olor aséptico que desprenden, y me he comprado una mascarilla que me ha ayudado a recorrer los 6,5Km de calles que separan la peluquería de mi casa. Falseando una voz ronca, le he dicho a mi jefe que me encontraba mal. Le ha extrañado, porque creo que es la primera vez en cinco años que me pongo enferma, pero me ha reiterado hasta la saciedad que me quedara en casa y que mañana sería otro día.
Aterrada, me he metido en cama, habiendo cambiado previamente las sábanas, pues no soportaba el olor de mi propio cuerpo en ellas. Nunca me meto en la cama después de las doce del mediodía.
Por suerte, una vez me he despertado, el problema que me había acuciado por la mañana se había desvanecido con la misma rapidez que había llegado. He arrastrado mis pies por el pasillo hasta el comedor, y he dado un grito al ver a mi madre, que me saludaba con una mano alzada diciéndome: “buenos días, niña. Te he preparado café, y te he traído un cruasán”.

diumenge, 3 d’octubre del 2010

Los calzoncillos en Tokio

La semana pasada estuve en Tokio para asistir a una convención sobre tendencias en peluquería asiática en la que debía actuar de ponente. Soy el dueño de una peluquería de bastante renombre. La modernidad de esta megapolis, cuya área  metropolitana cuenta con más de 39 millones de habitantes es muy acentuada, sobretodo en algunos barrios, entre los que destaca Shibuya. 

En esta ciudad de cómic, cualquier cosa puede ocurrirte. El hecho más extraño no me aconteció en ninguna de sus exóticas calles, sino en el lugar más inverosímil: la habitación del hotel.
La primera noche, me fui a dormir bastante cansado. Después de un viaje de unas 19 horas, llegué al aeropuerto de Narita, y no me metí en la cama, destrozado, hasta las 23:00 horas. A eso de las 3 de la madrugada un murmullo me despertó. Al principio no le di importancia. Los hoteles, a menudo son ruidosos, y la verdad es que la conversación se mantenía a un nivel muy bajo de decibelios.
Una vez mi jet lag empezó a actuar (para mi cuerpo horario era como si me despertara de una siesta) lo que más me sorprendió era que la discusión se estaba celebrando en perfecto castellano. Claro que los españoles cada vez viajan más por todas partes, y a nadie le debería extrañar que hubiera ciudadanos españoles en la misma planta del mismo hotel que yo, pero eso me hizo salir de mi ensoñamiento y engarzarme en la charla. Es como cuando estás leyendo en la playa y haces esfuerzos para no engancharte en ninguna conversación, porque si lo haces, estás perdido y ya no puedes leer ni una sola página más de tu libro.
Pero lo que me ha hecho sobresaltarme de verdad, es cuando me he dado cuenta de que el debate se estaba celebrando dentro de mi habitación!! El susto de muerte me lo he dado cuando he constatado que mis calzoncillos y mis calcetines, que debido a mi profundo sueño había dejado descuidadamente en la cama de al lado, se habían enzarzado en una acalorada discusión sobre qué decía más sobre la personalidad de un hombre, si los calzoncillos o los calcetines.
Me quedé totalmente atorado. No pude reaccionar. Pero pronto la conversación me pareció interesante y decidí escuchar.
Los calzoncillos esgrimían que para los hombres su virilidad era algo muy preciado y que la manera de envolverla era muy importante para ellos. En cambio, los calcetines estaban en los pies, que siempre solían estar sudados y oler de manera indecorosa. En cambio los calcetines contraatacaban postulando que los calcetines de los hombres están al descubierto infinitamente más veces que sus calzoncillos, los cuales sólo eran visibles en ocasiones excepcionales, muchas menos de las que sus usuarios hubieran deseado, mientras que los calcetines eran visibles cuando montamos en moto, cuando viajamos en avión y nos descalzamos, sentados en la oficina, cuando los pantalones se nos suben un poco. Unos calcetines de rayas o de según qué colores también dicen mucho de sus propietarios!
La verdad es que la conversación se puso tan interesante que no tuve más remedio que hincharme a whisky y tomarme un clorazepam para intentar dormir un poco. Al día siguiente impartía yo una ponencia sobre la influencia de la globalización en el corte de pelo en las grandes ciudades, y por muy importante que me parecía el debate, no podía permitirme el lujo de no pegar ojo.
A la mañana siguiente, la alarma despertador de mi Iphone, una especie de atronadora sirena como de submarino, que en mal día había escogido, me hizo levantar un resacoso y somnoliento párpado que hirió directamente las meninges de mi cerebro, para darme cuenta de que tanto mis calzoncillos como mis calcetines habían desaparecido, y en su lugar había una nota que decía: ¡A nosotros no nos tomes más el pelo!.
Decidí tomarme otro whisky y otro clorazepam.

divendres, 1 d’octubre del 2010

Perdonad si os doy un poco la espalda. Es que aún no os conozco lo suficiente como para intimar mucho. Soy un poco tímida. Necesitaré un poco más de tiempo.

Esta foto dice cosas de mi peluquería. En este caso corto el pelo a una señora. Se diría que es verano, porque la gente tiene la estúpida manía de lucir pulseras en los pies en esta época del año.

La mujer en cuestion, se pasó veinte minutos mirándome las tetas y lanzándome su aliento de café con leche, mientras la cortaba. Y es que en una peluquería no todas las historias son bonitas.

Tenía cara de amargada, y estaba un poco llenita, aunque se esmeraba por intentar conservar su línea, como demuestra el bote de sacarina que veis al revés encima de la pica para lavar el pelo. Se quedó casi toda la hora callada, como ausente. Quizás había recibido una mala noticia, o la habían despedido del trabajo. La verdad es que no me interesó mucho lo poco que explicó. Todo en ella rezumaba desinterés. Y cuando la gente desprende desiterés, recibe desinterés. Mi corte también careció de interés. Uno más. Sin mucho esmero. Uno más. Sin historia. Uno más.

Le llamo mi peluquería, pero en realidad no es mía. Es de mi jefe. Un cuarentón que no está naaaaada mal. De hecho me encanta trabajar con él. Es experto, enrollado, sexy, paga bien. No he pasado nunca la noche con él. Está casado, y yo no soy de esas. Pero a veces pienso en él. Es el tipo de hombre que me gusta, porque siempre tiene una sonrisa en los labios, es alto, espaldas anchas. No diría que es guapo, pero si atractivo. Siempre seguro de sí mismo, y tan educado conmigo como no ha sido nadie. De hecho, además de por las historias, creo que aún estoy en su peluquería por agradecimiento. Porque que te traten bien, hace las cosas fáciles, te hace subir la autoestima, te hace sentirte feliz. la vida ya es demasiado dura.

Pasen y córtense

Una peluquería siempre me ha parecido un lugar muy singular. Un entrar y salir de fragmentos de vidas inconexas que, por unos instantes, no gastan ningún pudor en cruzarse. En otras condiciones, estas vidas difícilmente se entrelazarían.

Pues eso. Que decía yo que este roce parece que nos haga más humanos. En cierto modo, cuando tu peluquer@ te corta el pelo, es como si bailara contigo con un bamboleo suave.

Mi peluquería también pretende ser un cruce de fragmentos. De vidas, de cosas, de nadas. De recortes que nos hacen felices, que nos hacen llorar o simplemente que nos acompañan en nuestro devenir.

Queda inaugurada, pues, la peluquería. Pasen y bailemos