Esta noche me he despertado. He entreabierto un ojo, para no desvelarme en exceso, y he percibido que la habitación estaba en un punto de oscuridad casi pleno, apenas roto por la tenue luz de las farolas de sodio que se cuela por la rendija inferior de una persiana que no acaba de cerrar bien.
No podía respirar bien, sería el engorroso constipado que hacía dos días que me tenía encamado. Me he notado la vejiga hinchada y me he incorporado. El despertador me indicaba que hacía solo dos horas que habíamos rebasado la media noche. Mi sueño aún era muy joven y tenía una segundo oportunidad, aquella noche.
He intentado no revolver mucho las sábanas para que mi mujer no se despertara, y lo debo haber hecho bien, porque al entrar en el baño aún he oído su acompasada respiración nasal, que me ha cargado con un punto de envidia sana.
Me he sentado en el retrete, que es la posición en la que suelo orinar de noche. Así no tengo que encender la luz para apuntar correctamente. Todo enfocado siempre a la máxima comodidad y mínimo desvelo.
La persiana estaba subida y he corrido una hoja de la ventana. Al otro lado del dintel, el halo seguía siendo tan vaporosamente anaranjado como siempre. Seguía siendo aquella luz que nos robó las estupendas estrellas que veíamos de pequeños. Seguía siendo la luz que lo teñía todo, haciendo que ya nada fuera igual. Seguía siendo la luz que hacía que ya no existiera la noche.
Bajé a la cocina y me hice un vaso de leche caliente. No recordaba que habíamos cambiado el microondas, pero no me extrañó, porque estaba medio somnoliento y hacía ya varios años que funcionaba mal. Encendí la tele, y a aquellas horas la basura exudaba por la pantalla, como si de una membrana osmótica se tratara.
Repasé los volúmenes de mi librería, y allí seguían mis obras de Shakespeare, mis poemas de Yeats, mis libros de viajes, los de mi carrera, mis libros de todos los idiomas que había ido picoteando aquí y allá (francés, italiano, vasco, hebreo…), los de diseño, mis CDs de música antigua, y los extremadamente modernos, todos perfectamente mezclados sin orden de tamaño, color, ni temática.
Subí de nuevo las escaleras, y antes de entrar en la habitación, pasé, como solía hacer, por la habitación de mi hija, que también seguía en su desordenado orden, con sus cuentos, sus muñecas, su armario, los cuadros adormilados colgando en la pared. Pero cuando miré a la cama, mi cara de desencajó en la silenciosa penumbra. ¡¡Había crecido un mundo de golpe!!
Corrí a mi habitación, rodé las luces y desperté a la persona que dormía casi en el medio de la cama de matrimonio, y que no era mi mujer.
Dirigió la mirada hacia donde mi presencia debía ocupar su espacio y lanzó al aire: ¿Ya has vuelto a olvidarte de que hace dos años que estás muerto? ¡Es la tercera vez que nos despiertas esta semana!
Dos lágrimas resbalaron por mis mejillas, aunque ella no pudiera verlas.

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