diumenge, 15 de maig del 2011

La conferencia

Ayer por la mañana, salí del hotel algo desorientado. Últimamente viajo bastante y ya no recordaba si estaba en Nueva York, Sidney, México DF, Tokio o Shanghai.
Miré al cielo y estaba tan extremadamente polucionado que ni se veía el sol, lo cual redujo un poco las posibilidades, aunque no mucho. Giré la cabeza de lado a lado y vi que los transeúntes eran orientales. Tokio o Shanghai. Existen diferencias fisiológicas bastante notorias entre chinos y japoneses, aunque en los últimos diez años los jóvenes chinos se habían puesto bastante a la altura de los últimos en lo que a estética se refería. Estábamos claramente en Shanghai.
Decidí acercarme a un Starbucks para conectarme a internet e intentar indagar un poco más sobre los ponentes que intervenían en la conferencia a la que iba a asistir: “Errores garrafales en la peluquería española. Sesión de Intervisión”. Estaba tan abarrotado que el wifi no daba para tanta gente, y sólo llegué a descubrir, con exceso de paciencia, lo que significaba intervisión, palabra nueva para mí. El señor google me despejó la incógnita indicándome que se trataba de personas que exponían casos prácticos de los que, entre todos, se sacaban provechosas conclusiones.
Aunque mi propósito real en la capital económica de China era visitar a un viejo amigo, la verdad es que el título me había intrigado lo suficiente como para pagar los 4.000 yuanes de la inscripción.
Al salir de la cafetería, casi me choqué con una occidental muy guapa, morena, estilizada, que me miró entre coqueta y burlona, como sonriéndose por debajo de la nariz. De buena gana hubiera dejado la conferencia por ella, aunque en ningún momento la mujer me dio pie en absoluto a pensar que aquello pudiera llegar a producirse.
Al cabo de un par de bocacalles, me vino un flash, y me pareció que la morena me recordaba mucho a una clienta que se había marchado indignada de mi peluquería por un trasquilón que le hice un día que estaba un poco deprimido. Aunque se lo arreglé de manera muy profesional y le regalé el corte, no era lo que ella buscaba y se lo tomó muy mal.
Los orientales tienen la costumbre de taparse la boca cuando ríen, de manera que no se les ven los dientes en manera alguna. Aquel día, yo me miraba en todos los espejos y cristales de escaparates porque me daba la sensación de que la totalidad de los chinos se habían compinchado para reírse de mí. Andaban todos con las bocas tapadas con manos o pañuelos.
Al entrar en el Hall de conferencias, la cosa rozó el absurdo. Todo el mundo me miraba, me saludaba con la mano e incluso algunos me pedían autógrafos. Por supuesto, debía parecerme mucho a alguno de los ponentes.
Pero lo hilarante pasó al entrar en la sala, acondicionada de manera elegante, para unas 300 personas. De su techo colgaba una foto mía gigante, presidiéndolo todo. Me quedé atónito.

Allí, se habían congregado todas las personas a las que había hecho un trasquilón, un mal corte, un mal tinte, o a las que simplemente no había hecho lo que me habían pedido. Se encontraban personas de muchos lugares de nuestro globo, de ciudades a las que había ido a dar conferencias prácticas, de sitios en los que tenía franquicias de mi peluquería, como Turquía o México, pero sobretodo había muchos españoles. Personas que se habían pagado un billete de avión y una entrada a la conferencia con el único objetivo de explicar lo terrible de mi trabajo para con ellos.

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