Aunque muchos de vosotros quizás ni os disteis cuenta, la semana pasada estuvo a punto de acabarse el mundo.
El martes amaneció un día como otro cualquiera. Apagué el snoozer de mi despertador las 3 ó 4 veces de rigor, bajé de un salto de la cama, me dirigí al baño, hice pis mientras con la otra mano subía la persiana, abrí la ventana corredera, y allí estaba el sol, que hacía una media hora que se había levantado, pasando entremedio de dos nubes finas y blanquecinas, como si estuvieran hechas de vapor. Corría una ligera brisa que me transportaba el olor a mar, y de fondo, como en segundo plano, se oía el run run del tráfico.
Después de mi ducha, me vestí, me acicalé, y levanté la persiana de mi cuarto para el ventilar previo a hacer la cama. Ahí llegó mi primera sorpresa. Un flamante yate estaba aparcado delante de mi casa. Pensé en el afortunado propietario de la embarcación, cuyo poder adquisitivo seguro que rayaba lo indecente.
Al salir en dirección a La Pelu, el conductor del camión que tiraba del yate preguntó por mi nombre. Con pasmo, le contesté que era yo, y me dijo: “Pues esto es suyo. El código de barras así lo dice”. O Había resultado agraciado en algún tipo de concurso o lotería al que no había jugado, o se trataba de la cámara oculta, o allí había algún error.
Poco más tarde en la radio del coche oí (aunque hubiera preferido oírlo en la del yate) que un sinfín de reclamaciones se estaban efectuando al defensor del consumidor del área de Barcelona, porque estaban llegando a nombres erróneos multitud de diferentes bienes, tan diferentes entre ellos como generadores eléctricos, lechugas del supermercado online, turbinas de avión, muestras de perchas de doble pinza, catálogos de pinturas ignífugas de interior, el material necesario para enfriar el reactor de la central nuclear de Fukushima, unos calzoncillos para el presidente de Estados Unidos (de bastante mal gusto, por cierto) y una larga retahíla de elementos que servían para que el mundo continuara girando.
El problema fue que si todos aquellos útiles estaban en mi ciudad, eso quería decir que no estaban en los lugares en los que eran necesarios. Aquel día, militares que hacían la guerra se habían quedado sin munición, los miembros del G20 habían comido 3 horas tarde porque sus alimentos no habían llegado, el reactor número 3 de Fukushima había explotado, y le habían seguido el 2 y el 5, miles de aviones se habían quedado en tierra por falta de combustible, millones de empresas estaban faltas materias primas, y sin ventas, los barcos chocaban en las bocanas de los puertos por la falta de mantenimiento de los aparatos de control, las semifinales de la Champions League se tuvieron que anular porque no llegaron ni los equipos, ni el árbitro y casi ni el público, con el consiguiente colapso de las bolsas de todo el mundo.
Suerte que el señor que se había dormido la noche anterior mientras accionaba la máquina que hace los códigos de barras para DHL, sólo cabeceó durante veinticinco minutos mientras el artefacto imprimía como poseído el código destino Barcelona, que si no, seguramente no estaría yo aquí escribiendo esto ni vosotros leyéndolo.

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