Nunca me toca nada. Por eso me hizo tanta ilusión resultar agraciado con el primer premio del sorteo de unos boletos que le compré a una clienta que vino a teñirse de rubio el mes pasado. Consistía en un viaje para una persona con todos los gastos pagados a la República Dominicana.
Decidí marcharme aprovechando que cerrábamos la peluquería unos días por navidades. La verdad es que siempre me había hecho ilusión pasar calor mientras los demás pasaban frio, y de paso, escapar un poco de los excesos y las convenciones que esas fiestas conllevan.
Mi vuelo salía a las 06:30 de la mañana, así que tuve que madrugar y pedirme un taxi. Esperándolo en la portería de mi casa, helado de frio, coincidí con mi vecina, que, por lo visto también se iba de viaje, concretamente a Suecia, a pasar las navidades con su familia. Se llama Érika Erikson. Nunca he sido bueno con los nombres de la gente, pero el de Érika se me quedó desde que lo vi en la plaquita de su buzón. Era como si un español se llamara Rodrigo Rodríguez. Tampoco es que fuera nada muy excepcional, pero me hizo pensar en el sentido del humor de algunos padres a la hora de poner nombre a sus hijos.
Érika, preciosa mujer de 35 años, no había sido tan precavida como yo, y no había llamado a ningún taxi, por lo que le ofrecí compartir el mío, visto que nuestro destino mutuo era el aeropuerto de Barcelona. Para más casualidad, aquella fría mañana, los dos llevábamos sendas Samsonites de fin de semana blancas, lo cual nos hizo sonreírnos. Aquello me evidenció que me costaría muy poco ser su amante.
Tampoco dejó de ser curioso que, al despedirnos en el aeropuerto, nos dimos dos besos, mientras cuando nos vemos por la escalera apenas nos cruzamos un buenos días. Así somos los humanos.
El vuelo de 11 horas hasta el aeropuerto internacional de Punta Cana rayó lo insufrible, y mira que tengo experiencia en vuelos largos. Al menos, mi maleta salió enseguida y me pude ir raudo hacia el hotel. A mi llegada, constaté el sofocante calor que hacía en aquella isla caribeña. Le di 5 dólares al maletero para que llevara la maleta a mi habitación, mientras me dirigía, hambriento, al restaurante de la piscina, abierto las 24 hrs, dispuesto a engullir una hamburguesa con patatas fritas y un gintónic con pepinillo, que, al final, resultaron ser tres o cuatro; ya no lo recuerdo.
El shock lo tuve al entrar en mi habitación y deshacer la maleta. No pude llegar a entender cuando se produjo el cambio, supuse rápidamente que en el taxi, pero abierta, delante de mí, tenía toda la ropa de invierno de Érika, interior, y no tanto. Necesité dos o tres minutos antes de poder reaccionar. Lo primero que hice fue llevarme su ropa a la nariz. En general, desprendía un refrescante aroma a suavizante, pero algunas de las prendas también olían a un leve perfume fresco, como de flores, cosa que, aunque me encontraba solo, me hizo ruborizar.
Estaba muerto, así que me desnudé (siempre duermo desnudo excepto durante el rabioso invierno), me tiré sobre la cama y me dormí al instante. Quizás a causa del clima, tuve sueños húmedos, sin poder llegar a averiguar con quien y amanecí sudado, a eso de las seis de la mañana, hora local.
Miré tristemente aquella maleta abierta, intentando analizar mentalmente en una rápida pasada de ojos qué podía aprovechar, visto que Érika era incluso un poco más corpulenta que yo.
Inicialmente no tenía intención de ligar, por lo que incluso podría utilizar sus braguitas, que afortunadamente no eran tanga, sino unas finas bragas tipo slip, más bien asépticas. Además también podría usar una camiseta deportiva de manga corta, unos shorts y unas zapatillas plásticas que parecían de ducha pero podían dar el pego para playa y piscina.
Después de darme una ducha fría, al calzarme las zapatillas tuve una sensación extraña, como de vahído, pero me mareé más cuando me vi desnudo, solo con aquellas chancletas blancas, sentado en una mesa de abeto barnizado, frente a una abuela a la que casi le dio un paro cardíaco, y una pareja rubia, de ojos azules y unos sesenta años de edad, abrigados hasta las cejas, que almorzaban al calor de una vigorosa chimenea.
Si hubiera tenido la maleta asida, posiblemente le hubiera podido devolver a Érika toda su ropa.

Esta tarde volviendo de Barcelona me hablaron de tu peluquería y me pase a curiosear. Mucho gusto! ;)
ResponElimina