Una amiga mía visitó el Bristish Museum, porque es una gran entusiasta del arte egipcio. Después de dos viajes al país africano, sólo le quedaba inspeccionar dicho museo (gratuito, por cierto), el cual posee una importante colección que versa sobre esta milenaria y fascinante cultura.
Le impresionó en gran manera el busto de Akhenatón, en el que se aprecia claramente que este mal llamado faraón no era egipcio. Como podéis ver en la fotografía del señor en cuestión, Akhenatón era un extraterrestre. Su cara alargada, su tez en ningún modo oscura, sus labios gruesos, la nariz grande y recta, casi perfecta. Pero sobre todo, creo que lo más imponente de la figura son los ojos, claramente de otro mundo. Parecidos a los de un gato, rasgados, pero alargados, no hay ninguna población africana que posea dicho aspecto.
No es que yo sea un sabio erudito o un estudioso historiador, sino que me lo contó él mismo, porque a menudo cenamos juntos. La verdad es que se trata de un señor bastante sincero, y para ser considerado un faraón, es de agradecer el constatar que no está nada endiosado.
Akhenatón es conocido mío desde que, hace un par de años, tuve un aparatoso accidente de moto, en el que estuve inconsciente durante unas 4 horas. Fue muy interesante, porque en aquel corto lapso de tiempo, tuve la posibilidad de comprobar una serie de leyendas urbanas, que resultan ser totalmente ciertas. Para empezar, aunque yo estaba totalmente desvanecido, escuchaba con total claridad a los doctores y las enfermeras correr de arriba abajo con las manos ensangrentadas, gritándose los unos a los otros: ¡que se nos va! ¡que se nos va! Seguidamente, cuando decidí no irme muy lejos, empecé a ver fragmentos de mi vida desplazándose a gran velocidad, como si me pasaran por delante de los ojos, cosa que era materialmente imposible, por encontrarse naturalmente cerrados. Finalmente pude observar una serie de luces blanquecinas que se movían raudas, que creo yo que fueron a causa de algún efecto químico que sugestiona al cerebro cuando estamos a punto de morirnos.
La verdad es que, milagrosamente, no me quedó ninguna secuela del accidente, ni física, ni psicológica. Bueno, sí. Yo hasta aquel entonces a duras penas había sabido de la existencia de Akhenatón, pero ese día nos encontramos por alguno de los cortes en que se divide la masa gaseosa que se encuentra entre nuestra vida y la de los demás, y nos caímos bien. Quizás es que vibramos con la misma frecuencia. Él vestía una especie de túnica de lino blanco un tanto ridícula y mostraba una barba que le salía de debajo del mentón atada con una especie de cordelaje de piel bovina. Yo estaba acicalado con mi bata de hospital abierta por el culo y bastante sanguinolenta, por lo que, por algún intrigante mecanismo que aún desconozco, le recordé a alguien de su adolescencia, y lo demás vino sólo.
La cosa es que desde entonces, un día al mes, nunca sé cuando (eso es lo único incómodo de la relación), aparece en mi casa con la intención de cenar conmigo. Ha sido durante el transcurso de las cenas que hemos celebrado, que me ha ido explicando que eso de morir en Egipto no lo tenía planeado, pero se ve que una tormenta de arena taponó el agujero espacial por el que se había desplazado y no le quedó más remedio que convertirse en un dios, lo cual tampoco estuvo nada mal, porque estaba harto hastiado de pasar tantas noches fuera de casa por culpa de sus viajes de empresa.

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