El trayecto de vuelta de Reykjavik a Barcelona dura un poco más de cuatro horas, de las cuales, la mayoría han transcurrido de noche.
Al principio todo ha ido razonablemente bien. Aunque me ha tocado el asiento del medio, en ventanilla se ha sentado un chico bastante agradable y adorablemente reservado que no me ha dado la lata, y en el pasillo una joven morena que, al sentarse a mi lado, me ha regalado un delicado perfume de cuerpo cálido.
Han puesto la peli Todos soñarán, que no había visto y que hacía semanas que quería ir a ver al cine, después de haber leído en una de las revistas que tenemos en la Pelu, una crítica donde la dejaban por las nubes.
La cosa es que a media película me he quedado dormido. Llevo unos días en los que me cuesta pegar ojo, y supongo que eso me ha pasado factura a pesar de mi interés por el film en cuestión. Antes de que acabara, me he despertado un poco mareado, pero como todo rezumaba tranquilidad, me he adormilado un poco más para darle un poquitín de tiempo a mi cerebro. Ha sido después de ese breve lapso de tiempo que he detectado que el ambiente en aquel avión era demasiado relajado. Todo el mundo dormía pesadamente, no había nadie en los pasillos y la señal de abróchense los cinturones permanecía apagada.
Tenía ganas de ir al baño, y aunque me sabía mal despertar a la chica morena, al final, ante los pinchazos de mi vejiga, me he visto obligado a saltar por encima suyo. Ni aún así ha levantado ceja. He orinado copiosamente. Nunca me siento en un avión, me divierte el reto de mantener la puntería con el traqueteo y las turbulencias.
Al salir, ningún cambio. He decidido ir a la cola del avión, donde a menudo hay barra de bebidas no alcohólicas en los vuelos largos, pero ni rastro de actividad. Unas piernas largas, desnudas, me han llamado desde detrás de unas cortinas, y al sacar la cabeza entre ellas, he visto que dos de las azafatas estaban aprovechando el vuelo para llegar a Barcelona un poco más descansadas.
He decidido volver a mi sitio y leer un poco, porque la película estaba ya a punto de acabar y había perdido el hilo por completo.
He empezado a preocuparme cuando, media hora antes de llegar a la ciudad condal, el avión ha empezado la maniobra de descenso, sin el correspondiente anuncio del comandante, ni se habían activado las señales de abróchense los cinturones, ni se había servido el correspondiente desayuno a bordo.
Al cabo de diez minutos me he levantado como un resorte. La Costa Brava se dibujaba perfectamente bajo las nubes bajas, y en aquel avión parecía que la única neurona activa era la mía. He intentado despertar a las azafatas, pero permanecían inertes. Lo he probado con mis vecinos de asiento, sin fortuna alguna. Desesperado, me he dirigido a la cabina de los pilotos y he empezado a gritarles aporreando la puerta, pero sin recibir respuesta. Mi ansiedad ha subido a límites insoportables. Según mis cálculos no debían faltar más de quince minutos para aterrizar.
Pasando por encima de Mataró, he visto por el rabillo del ojo en una de las pantallas de televisión que la película se había acabado, porque detrás de los créditos que avanzaban inexorablemente, se leía: Todos soñarán, FIN.
He pensado que era un presagio de lo que estaba a punto de pasar, pero al desaparecer las últimas letras, el capitán ha silbado por el micrófono: cabin crew, prepared for landing, mientras todos han vuelto a la vida como por arte de encantamiento, con una lánguida sonrisa, se han abrochado los cinturones de seguridad y han seguido con sus quehaceres con total naturalidad. La aeronave enfilaba la tercera pista del aeropuerto del Prat.

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