Ayer le corté el pelo a una chica morena que me explicó una cosa que me hizo alucinar. Acababa de llegar de una clínica de Barcelona que tenía un sistema revolucionario.
Los tiempos de crisis son tiempos de cambio, convulsos, en los que las mentes brillantes encuentran nichos en los que nadie antes se había adentrado. Aunque nos parezca que todo está inventado, cerebros privilegiados desafían constantemente al mundo conocido.
Pues bien, la clínica en cuestión había patentado un sistema según el cual, los bebés podían nacer ya vestidos y limpios, sin rastros de placenta, líquidos, ni viscosidades desagradables, por lo que el nacimiento ya no era aquel prodigio íntimo reservado sólo al padre y la madre, sino que toda la familia podía presenciar, desde detrás del cristal, cómo nacían sus nietos, sobrinos y primos.
Aquel logro se había convertido en un fenómeno mundial que había resonado en radios y televisiones de todo el planeta, situando Barcelona en la élite internacional de la investigación médica, aunque yo me acabara de enterar por aquella chica que lucía un vaporoso vestido de margaritas por encima de la rodilla, que se deslizaba peligrosamente hacia su sexo cuando yo hacía girar la silla para lavarle el pelo.
La lista de espera para parir en dicha clínica privada se había multiplicado por mil, igual que los precios del quirófano, la habitación, los honorarios de los ginecólogos y todo lo que envuelve los partos. Los propietarios de la clínica no podían creerse el éxito de su iniciativa, y en unos días habían recuperado con exceso la inversión que habían realizado.
En los bajos del hospital se habían habilitado tiendas de ropa de recién nacidos para todos los gustos. Lejos habían quedado las batistas, que había sido substituidas por polos Ralph Lauren, camisas Lacoste, vestidos Pedro del Hierro y zapatillas Bikkembergs.
Lo cierto es que la gente proyectaba en sus hijos su filosofía de vida a través de la indumentaria. Así, había tiendas de ropa arreglada pero informal, y establecimientos en los que los lazos y las blondas inundaban cada centímetro cuadrado.
Según la chica de las margaritas, lo que más le había llamado la atención era una joven un poco cumbayá, que se estaba peleando con su ginecólogo, mientras aguantaba las últimas contracciones de su embarazo, porque quería que su hija naciera con unos pendientes enormes en forma de sol, que había encargado en una de las tiendas del hospital. El médico la avisó de que podía sufrir un desgarro interno con abundante sangrado si intentaba sacar a su hija, que en aquellos momentos rondaba los 4 Kg, con aquellos enormes pendientes tan puntiagudos.
El ginecólogo le comentó que debía tratarse de un error del catálogo de la tienda, que aquellos pendientes eran totalmente inapropiados para el parto. Le recomendó que los cambiara por unos más pequeños, o redondeados, como, por ejemplo, unas perlas. Pero la joven hippie se quedó boquiabierta mirando a aquel facultativo como si delante tuviera a la persona más extraña con la que un ser humano pudiera cruzarse. ¿unas perlas?

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