La semana pasada organizamos una cena de trabajo todas las chicas de la Peluquería. Las que disfrutan de ellas, vinieron con sus parejas. Yo no, porque no tengo. Al jefe nunca lo convocamos y así podemos criticarle sin compasión.
Hablamos de cosas muy curiosas. Es increíble todo lo que nos llegan a contar nuestros clientes. A mí, aquel mismo día una chica me comentó que trabajaba en el departamento de Presidencia de la Generalitat, y que su principal tarea, en las últimas tres semanas, había consistido en triturar toda clase de documentos. Parece que es la práctica habitual el último mes antes de unas elecciones, pero a mí, que soy bastante ingenua aún, no dejó de sorprenderme.
De todo, lo que más que chocó fue lo que explicó Mery, la novia de Ana. Mery trabaja en una empresa sobredimensionada del área metropolitana de Barcelona. En el departamento de exportación hay un chico que las tiene fascinadas, por lo extraño.
Físicamente es peculiar, como si su cuerpo estuviera dividido en dos. De cintura para abajo es un chico en toda regla, incluso tiene unas piernas velludas y corpulentas, pero de cintura para arriba es un poco afeminado. Siempre lleva el pelo largo, en un tipo de melena algo chocante para un chico, es un tanto imberbe e incluso parece que se le adivinan un par de pequeñas protuberancias en el pecho.
Pero si a nivel físico es especial, en modo carácter ya es la bomba. A Mery le da un poco de pena, porque es un incomprendido, así que a menudo comen juntos y Alberto le explica cosas. Fue él mismo el que le relató que su cuerpo le resultaba harto molesto, porque aquella división era mucho más profunda de lo que la gente podía intuir desde el exterior, lo que le conllevaba un sinfín de situaciones engorrosas. Por ejemplo, a veces, cuando sentía presión urinaria y pensaba en ir al baño, sus piernas no le llevaban, de manera que, en algunas situaciones extremas había tenido que coger una botella de agua, ponerla bajo la mesa y evacuar dentro de aquel recipiente plástico, procurando que sus colegas no se percataran de la acción.
En otras circunstancias, por ejemplo en el gimnasio, se lanzaba a la piscina y a sus piernas no les apetecía nadar, por lo que debía hacerlo sólo con las extremidades superiores, con el riesgo y el cansancio que dicha descoordinación física comportaba.
Una vez le ocurrió que se compró unas tenis de color malva, que es su favorito, pero cuando llegó a casa sus pies no accedieron a calzárselas. Enseguida se dirigió a la zapatería a explicarles lo sucedido, pero ni le creyeron, ni transigieron en devolverle el dinero.
Lo peor de todo era que en demasiadas ocasiones, se había despertado en la cama equivocada, ya que su sexo le pedía práctica frecuente, y al ser físicamente tan singular, la mayoría de las veces se encontraba encamado con personas que a la parte superior no le gustaban, y las relaciones devenían gélidas. O incluso peor, se había despertado al lado de personas del mismo sexo, cuando no era homosexual.
El tema se complicó el día que sus pies le condujeron a una cata de gintónics, bebida que no había probado en la vida, y se reconoció en una mujer, que era idéntica a una foto que tenía de él mismo cuando era adolescente. Aquella chica tenía unas piernas largas y esbeltas de órdago.

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