dissabte, 11 de desembre del 2010

el poder de los nombres

Estoy devorando un libro que quería leer desde que la semana pasada cayó en mis manos la entrevista que le dedicaron en La Contra de La Vanguardia a Juan Malo. En ella, el autor de El nombre importa explicaba lo laborioso que había sido para él la publicación de aquel texto. Había visitado decenas de editoriales en todo el país, pero todas le habían cerrado las puertas. Cuando ya estaba a punto de abandonar, su mejor amigo, Federico Seguí le animo a continuar, a no rendirse, y así fue como dio con Alberto de la Red, un chico muy bien conectado en el mundo editorial, quien le presentó a Benito Gutenberg, que poseía una imprenta privada, pequeña, pero de calidad, especializada en autores noveles a quienes acostumbraba a lanzar al éxito. Benito leyó su texto, y mostró un interés inmediato. Mejorando nimios detalles aquí y allá, podría llegar a tener buenas ventas. Para ello contaba con un buen equipo de profesionales. Andrés Bonillo redactaría un prologo potente y Alberto Tejedor se encargaría de trenzar la novela y darle el mejor ritmo. La presentación, que coincidió con el día de Sant Jordi fue un éxito, y en tan sólo 24 horas vendió más de diez mil ejemplares.
Ya que aquel había sido su día de suerte, decidió dirigirse a un local de citas express que estaba bastante de moda en la ciudad. Sólo entrar se quedó prendado de una preciosidad que tomaba un gintónic con hielo en copa grande. En aquel preciso instante estaba sola, por lo que se decidió a acercarse para probar suerte. Una campana indicó que acababan de entrar en el último turno. La chica le recibió con una sonrisa triste. A Malo le invadió un halo de inmensa relajación y decidió interesarse por la suerte de ella durante la velada. Sus ojos tristes le respondieron que no había sido su mejor día. El primer chico que se le había presentado se llamaba Iván Gordo, y ella era una mujer muy cuidada, a quien importaba mucho el componente estético. El segundo, Ramón Cuadrado, le pareció harto obtuso, nada abierto de mente. Aquella belleza necesitaba a alguien moderno, viajado, que la llevara a cenar y de copas a lugares cool. Aunque decidió despacharle enseguida, le duró más que el tercero. Enrique Lamata le dio miedo desde el principio. Tenía una mirada penetrante, las pupilas dilatadas, le sudaban las manos y parecía un poco agresivo. En el justo momento en que se sentó delante de ella, un respingo frio le había ascendido por la columna vertebral. Aunque la verdad, es que después de Enrique, la cosa no había mejorado mucho. Su último partner fue Fernando Salido. A pesar de la oscuridad del local, le adivinaba una mirada lasciva que le demostraba que su verdadero interés por ella acababa justo después de la cama. Al hablar, al hombre se le escapaba un brillo húmedo por la comisura de los labios que se esmeraba en secar con los puños de su pullover. Espero tener más suerte contigo, le propinó al escritor. Me llamo Juan Amor, inventó rápidamente él, avezado en la importancia de los nombres, en aras de intentar causar una buena sensación inicial a la chica.
Por cierto, tú tampoco me has dicho cómo te llamas… ¿Yo? Me llamo Esperanza…

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