La semana pasada nos dispusimos a celebrar la típica cena de Navidad de La Peluquería en un restaurante de Barcelona. Como no tenía intención de beber ni de alargar mucho la velada, decidí coger el coche. Aquel viernes, una muchedumbre se disponía a disfrutar de la fría noche, abarrotando hasta los topes las calles de la Ciudad Condal.
Dado que el restaurante se encontraba en una zona poco conocida para mí, al ver de reojo un parking, me dispuse a aparcar allí mismo para no perder más tiempo. Estaba llegando tarde a la cita, y siempre alardeo de mi puntualidad británica.
El interior de aquel estacionamiento era enorme. Cada una de las plantas debía tener más de trescientas plazas de aparcamiento. Las rampas que comunicaban unos niveles con los otros patinaban ligeramente, como si el suelo estuviera cubierto de una fina placa de hielo, que en realidad resultó ser una mezcla de limo y liquen, como pude constatar al bajarme del vehículo.
Comprobé con sorpresa que el -4 se hallaba a rebosar de gentes que iban y venían, enfrascados en conversaciones unos, leyendo el periódico otros, como si estuvieran en plena calle.
Al aparcar, reparé en que no había ido al baño antes de salir de casa y que tenía la vejiga a reventar, por lo que me encaminé a una puerta que estaba marcada con las letras W*C* y que parecía entreabierta. Al entrar, una mujer mayor, que debía rondar los ochenta años, desde la silla plegable de lona en la que se sentaba, me ofreció un poco de papel a cambio de unas monedas. Aunque no lo necesitaba, le di a la anciana la calderilla que llevaba. La mujer, se dedicaba a la papiroflexia con los fragmentos del papel de los clientes que, como yo, no lo precisaban. Me sorprendió observar que a pesar de su edad, realizaba caballos de origami de una complejidad remarcable.
Al salir, con un andar un poco más ligero, saludé a un par de abuelos que jugaban calurosos al dominó en una mesa de cámping, enfundados en sendas camisetas imperio, junto a una botella de soberano y un par de copas.
Al fondo, en un recoveco, una familia de cuatro individuos miraba desde el sofá que habían instalado en una plaza de aparcamiento en la que se leía “coche pequeño”, un programa especial de Sálvame Deluxe en el que los tertulianos, por llamarlos de alguna manera, se pisaban verbalmente los unos a los otros, de forma que era totalmente imposible seguir el hilo del intento de conversación.
Al llegar a la altura de un todoterreno blanco, un movimiento basculante me hizo fijar en sus cristales empañados, los cuales evidenciaban que dentro se estaba produciendo un terremoto de flujos de sentimiento que me hizo sonreír por debajo de la nariz en una mueca pilla.
Puse un paso un poco más firme para alcanzar las escaleras que subían hasta la planta piso. Antes de encararlas, saludé al cabeza de una familia gitana que churruscaba más de cincuenta hamburguesas en una barbacoa mientras los otros miembros cantaban, bailaban y daban palmas sentados en cajas de fruta de madera.
Aquello me empezó a dar un poco de mala espina y subí corriendo las escaleras. No podía compartir todo lo que había visto allí abajo con mi equipo si no quería que pensaran que había empinado el codo.
Pero lo curioso es que no pude llegar a la cena, porque al abrir la puerta de acceso a la calle, después de frotarme los ojos un par de veces, volvía a estar en la planta -4, donde una guapísima mujer de ojos oscuros, tirándome de los brazos, me sentó en una caja, me dio un plato que contenía una hamburguesa con papas fritas con una mano y un vaso de coca-cola fría con la otra y se puso a tocar la guitarra a mi lado.

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