dilluns, 6 de desembre del 2010

Las fotografías

El mes pasado fui a pasar un fin de semana largo a mi apartamento de la Costa Brava, aprovechando el buen tiempo que los meteorólogos habían pronosticado. El domingo, mi móvil sonó a mediodía, y al otro lado de la línea, Martina, mi mejor peluquera, me comentó que estaba por la zona y que si me apetecía, podíamos quedar para comer. Me iba perfecto, porque aprovechando el tímido sol de invierno, había previsto pedir una mesa en un bonito restaurante que da directamente a la playa, desde el que se tienen unas vistas preciosas. Reservé mesa para dos. La verdad es que su compañía siempre me viene bien, ya que es una persona agradable y muy culta, por lo que siempre alimenta mi curiosidad sin límites.
Al acabar la comida paseamos un poco, degustando el calor de los últimos resquicios de un sol que estaba a punto de ponerse tras los pinos. Poco antes de despedirnos, nos enamoramos de unas fotografías antiguas enmarcadas en unos perfiles de color verde, un punto demasiado minimal para mí, aunque tuve que reconocer que las favorecían. En ellas se observaba un grupo de personas como de finales del siglo XIX, algunas, fusiles al hombro, que miraban a la cámara con un aire obtuso, bajo los soportales de un pueblo de costa, que bien podría ser el mismo donde nos encontrábamos. Discutimos un poco el precio con la vendedora, ya que aunque ella nos las intentaba vender como auténticas y únicas, la verdad era que las dos eran iguales, a excepción de que se detectaba una diferencia clara entre ambas. En la que yo me quedé aparecía un hombre en segunda línea que miraba fijamente a la cámara, mientras que en la que se quedó ella, en vez del hombre, era una chica morena de mediana edad la que tenía la mirada atenta en el fotógrafo.
Yo no le di más importancia, hasta que el martes llegué a la peluquería. Martina me abrió la puerta y me ofreció un té verde de lima japonesa sin azúcar, que acepté gustosamente. Me preguntó si había observado alguna extrañeza en el cuadro, a lo que le respondí que aún no lo había desembalado. Ella me explicó que lo había colgado al día siguiente, pero que el martes, antes de entrar a trabajar, el café se le había caído al suelo del susto, al ver que su chica había desaparecido de la fotografía. Pensé que se había trastocado, pero al llegar a casa por la noche, saqué mi foto del papel que la envolvía y el señor de segunda fila tampoco estaba en mi foto. Llamé a Martina para explicarle lo ocurrido y así poder preocuparnos juntos.
Al día siguiente, al pasar somnoliento por el comedor, todavía con los ojos pegados me dio un respingo la espalda, porque allí volvía a estar mi hombre. Llamé a Martina, quien me comentó entre tartamudeos que su mujer también había vuelto al cuadro. Al cabo de unas semanas, ya nos habíamos acostumbrado a los ires y venires de nuestros personajes, los cuales desaparecían todos los martes, jueves y sábados, mientras nos permanecían fieles el resto de los días de la semana.
Al cabo de seis meses, un miércoles por la noche vi que Martina me estaba llamando al móvil. Era una hora demasiado tardía para una llamada de trabajo. Estaba algo alterada. Su chica no había vuelto aquel día a la foto. Nunca antes había dejado de regresar, y estaba preocupada, pero más se preocupó cuando de mi garganta salió un grito ahogado y le llegó el estallido del vaso que contenía mi gintónic al chocar contra el suelo.
Su chica y mi chico estaban los dos juntos en la foto que colgaba del comedor de mi casa. Habían tardado algo más de cien años en reencontrarse…

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada