La semana pasada, al llegar a casa después de cerrar la Pelu, vi una punta de color blanco que salía por la boca de mi buzón. Decidí tirar de ella para ver qué seguía a aquel triángulo albo, y resultó ser una postal. Me sorprendió triplemente, primero porque no era consciente de que ninguna de mis amistades se encontrara de viaje. Segundo, porque la postal resultó ser simplemente una fotografía de una ola gris de tamaño medio, apostillada por un cúmulo de espuma blanca. En ella, alguien con un rotulador permanente había escrito la palabra “ona”, ola en catalán, y dibujado una flecha que la señalaba. La última de las sorpresas fue que la foto postal, que no tenía matasellos, estaba dirigida a mí, con una letra pulcra, ordenada y perfectamente alineada.
Cuando ya ni me acordaba de la fotografía, cuarenta y ocho horas más tarde, volví a ver un triangulito blanco que sacaba la cabeza de la misma manera que lo había hecho el anterior. Al cogerlo haciendo pinza con el pulgar y el índice, otra fotopostal me salió por el reverso, con lo que lo primero que vi fue mi nombre. Respiré hondo y me di unos segundo para intentar adivinar qué se podía encontrar al otro lado del papel, sin mucho éxito. Resultó ser una foto de un cielo azul rabioso, sólo manchado por una bonita nube blanca. Me la acerqué a la nariz, porque desprendía un leve perfume femenino, seguramente de los dedos que se habían tomado la molestia de tirar aquella imagen en mi casillero. En una esquina, en pequeñito, aparecía escrita la palabra “cel”, cielo. Esta vez no había flecha porque no hacía falta, todo en aquella estampa rebosaba cielo.
Aquel segundo episodio me dio más quebradero de cabeza. Dos palabras, dos fotografías, perfume femenino. No me pude dormir hasta pasadas las tres de la madrugada reflexionando sobre qué mujer me podía estar enviando aquellos mensajes a la vez tan bellos, tan llenos de color y tan vacíos de significado para mí.
Ayer por la noche volví a ver el dichoso triangulito de marras apareciendo por mi buzón. Tragué saliva. Mi ser estaba un poco inestable y en el fondo pensaba que de aquellos fragmentos de papel fotográfico no podía salir nada bueno. Esta vez se trataba de un bar que me resultaba muy familiar. En la parte de atrás no estaba escrito mi nombre, ni mi dirección. Sólo se podía leer: Esta noche. 22:15.
Aquello me produjo un revolcón interior. No recordaba dónde estaba aquel bar. Me conecté a Internet a ver si buscando fotos de bares se me encendía la bombilla. En estas, alineé por orden inverso de recepción las 3 fotografías y mi cerebro leyó de corrido: Bar-cel-ona. Fue como si me conectaran de golpe a la corriente de los vivos y un flash me indicó claramente que se trataba del Dry Martini. Eran las 21:30. Tenía que darme prisa, si quería llegar a tiempo.
Puntual, como siempre, entraba por la puerta del famoso bar de copas. Oteé las caras, pero ninguna me miraba. Decidí pedirme un gintónic, que me sirvieron en vaso largo, con pajita y poco hielo. Estuve allí casi dos horas esperando a que apareciera mi musa, sin ningún resultado.
Al llegar a casa, volví a ducharme, como si el agua fuera a arrastrar con ella la sensación de imbecilidad que transpiraba. Di un bocado desganado a una empanada gallega casera que había comprado aquella misma tarde en el colmado de los bajos de enfrente de mi casa, y me metí en la cama.
Lo peor de todo es que me fui a dormir con sensación de culpa. Seguramente no había sido capaz de interpretar el mensaje.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada