Hoy me he levantado con una tara algo molesta, y es que tenía una especie de hipersensibilidad olfativa. No sé si se dice así. Soy peluquera, no filóloga, ni columnista. Aunque me gusta mucho la lectura e incluso algunas veces me he planteado tener un blog, la verdad es que siempre he acabado desistiendo porque no sabría qué explicar, ni tan sólo por dónde empezar.
He detectado el problema justo levantarme. Mi vecina Juana, una chica dominicana que ni sé ni creo que quiera saber de qué trabaja, ha preparado café a eso de las siete de la mañana. No me ha despertado el resoplido de la cafetera, sino el aroma de la infusión en cuestión, que ha traspasado su puerta, todo el rellano y la mía, ha torcido a mano derecha hasta dar con el pasillo y se ha colado por la pequeña rendija bajo la puerta que da a mi habitación. Al principio he pensado que mi madre se había caído de la cama y había entrado en mi casa para sorprenderme con un excelente desayuno, pero después de arrastrar mis pies hasta el comedor, me he dado cuenta de que estaba igual de desierto que lo había dejado cinco horas antes, al irme a dormir.
El segundo respingo que ha azotado mis pituitarias lo ha producido la putrefacción de mis heces después del efecto laxante que siempre tiene en mí el café fuerte. Ahí ya me he dado cuenta de que algo no iba bien, porque de repente y de un plumazo rápido, he podido computerizar en mi cerebro los olores de todos los geles de ducha, champús, cremas corporales, lociones capilares, y demás potingues que al trabajar en la peluquería tengo desparramados por el cuarto de baño.
Al salir a la calle, la polución ha inundado mis pulmones. El humo de los coches, los orines de los perros y quizás de algún borracho me han hecho acelerar el paso.
De repente me he cruzado con un chico alucinante, de unos 30 años, alto, bien vestido, elegante, informal. He reconocido al instante que se había puesto dos gotas bajo cada lóbulo de L’Amoureux, de Dolce & Gabbana. Normalmente esta colonia me pone muy dulce, pero hoy no he podido dejar de llorar de la emoción, embriagada por sus toques cítricos, amaderados y de incienso. Saladas gotas resbalando por mis mejillas desprovistas del habitual punto de maquillaje que me he tenido que quitar justo después de ponérmelo, porque no soportaba su olor.
Sobrecogida por la vergüenza de ser descubierta por mi inesperado galán, me he colado en la puerta del metro que utilizo diariamente para deslizarme al trabajo. Pero he cometido un error garrafal. Justo al entrar en el vagón me he dado cuenta, demasiado tarde, de que a las 8:00 de la mañana, el olor corporal de muchas de las personas que abarrotan los vagones de la línea 3 habitualmente ya me ofende. No he podido más que vomitar en una esquina, justo al lado de un asiento, escudriñada por los ojos acusadores de una mujer de mediana edad, que debía pensar que probablemente volvía demasiado cargada de una noche de excesos.
He salido a toda prisa de la estación, hasta dar con un taxista, que a juzgar por el olor que desprendía el interior de su taxi, él o su anterior ocupante había cenado la noche anterior un plato de lentejas, y posiblemente tomate con burrata y albahaca. Pero solo salir del taxi y soltarle el billete al conductor, ya he notado el nauseabundo olor de los tintes y las cremas depilatorias que emanaba de la peluquería, y me he dado cuenta de que hoy me sería imposible trabajar en esas condiciones.
He entrado en una farmacia, he soportado como he podido el olor aséptico que desprenden, y me he comprado una mascarilla que me ha ayudado a recorrer los 6,5Km de calles que separan la peluquería de mi casa. Falseando una voz ronca, le he dicho a mi jefe que me encontraba mal. Le ha extrañado, porque creo que es la primera vez en cinco años que me pongo enferma, pero me ha reiterado hasta la saciedad que me quedara en casa y que mañana sería otro día.
Aterrada, me he metido en cama, habiendo cambiado previamente las sábanas, pues no soportaba el olor de mi propio cuerpo en ellas. Nunca me meto en la cama después de las doce del mediodía.
Por suerte, una vez me he despertado, el problema que me había acuciado por la mañana se había desvanecido con la misma rapidez que había llegado. He arrastrado mis pies por el pasillo hasta el comedor, y he dado un grito al ver a mi madre, que me saludaba con una mano alzada diciéndome: “buenos días, niña. Te he preparado café, y te he traído un cruasán”.

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