Hace unos días, mi vecina, que ejerce de modelo mediocre en una agencia de publicidad de Barcelona, me pidió si le podía regar las plantas mientras estaba de vacaciones. Nada, serían pocos días, esgrimió. ¿Cómo se lo iba a negar? Puso aquella cara tan entre dulce y lagarta que a los hombres nos deja sin argumentos. Aina no es famosa. Quizás por eso, aunque sea guapa, y esté bien construida, no sea tonta. Aún retumban en mi cabeza las imágenes de un programa de zapeo en que una modelo le pedía disculpas televisivas al Rey Fernando (el Católico!) por no acordarse de su nombre durante una entrevista que le hizo una cadena que cubría no sé qué desfile de marras.
Lo cierto es que las plantas y yo nos llevamos mal. Por lo general deciden suicidárseme. Así, tuve que poner un empeño especial en acordarme del tema del riego. Programé una alarma en mi Iphone para que sonara al cabo de tres días. Tengo que reconocer que cuando, al cabo de 72 horas escuché el bocinazo, estaba haciendo unas cervezas por el barrio con mi amigo Feliciano, después de una larga jornada en mi peluquería.
Desde que me separé, me sobran las horas que me faltaban.
Subí de mala gana las escaleras que van de la portería hasta el piso de Aina, que está justo encima del mío, pensando más en la cerveza fresca que atontolinaba mis ideas, que en el ausente culo respingón de Aina.
Su piso era de esos que no hablan. Por eso, mi extrema curiosidad no se vio llamada por nada, hasta que al ir a abrir la corredera que daba al balcón, vi la puerta de su habitación entreabierta. Siempre me ha gustado imaginar cómo vive la gente cuando vive sola. ¿Se pasean por su piso vestidos, desnudos, ni una cosa ni la otra? ¿Cuándo están viendo la televisión lloran las lágrimas que retienen pudorosamente cuando están en compañía? Me colé, mirando a lado y lado del pasillo, como avergonzado de lo que estaba haciendo, como si alguien hubiera estado esperando en soledad todo aquel tiempo para recriminar mis actos.
La habitación era espartana, al contrario de lo que había imaginado. Olía igual de bien que ella cada vez que nos dedicamos un buenos días o un buenas noches al cruzarnos por la escalera. Más que eso nunca hemos intercambiado.
Al darme, aburrido, media vuelta para acceder al balconcillo, advertí por el rabillo del ojo, un hilillo que salía, medio enroscado, de debajo de la mesita de noche. Tiré de él, con los dedos en pinza, y detrás del hilillo, nunca mejor dicho, apareció un tanga negro, con una margarita de color rosa bordada.
… (No lo dudéis. Continuará)

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