La semana pasada estuve en Tokio para asistir a una convención sobre tendencias en peluquería asiática en la que debía actuar de ponente. Soy el dueño de una peluquería de bastante renombre. La modernidad de esta megapolis, cuya área metropolitana cuenta con más de 39 millones de habitantes es muy acentuada, sobretodo en algunos barrios, entre los que destaca Shibuya.
En esta ciudad de cómic, cualquier cosa puede ocurrirte. El hecho más extraño no me aconteció en ninguna de sus exóticas calles, sino en el lugar más inverosímil: la habitación del hotel.
La primera noche, me fui a dormir bastante cansado. Después de un viaje de unas 19 horas, llegué al aeropuerto de Narita, y no me metí en la cama, destrozado, hasta las 23:00 horas. A eso de las 3 de la madrugada un murmullo me despertó. Al principio no le di importancia. Los hoteles, a menudo son ruidosos, y la verdad es que la conversación se mantenía a un nivel muy bajo de decibelios.
Una vez mi jet lag empezó a actuar (para mi cuerpo horario era como si me despertara de una siesta) lo que más me sorprendió era que la discusión se estaba celebrando en perfecto castellano. Claro que los españoles cada vez viajan más por todas partes, y a nadie le debería extrañar que hubiera ciudadanos españoles en la misma planta del mismo hotel que yo, pero eso me hizo salir de mi ensoñamiento y engarzarme en la charla. Es como cuando estás leyendo en la playa y haces esfuerzos para no engancharte en ninguna conversación, porque si lo haces, estás perdido y ya no puedes leer ni una sola página más de tu libro.
Pero lo que me ha hecho sobresaltarme de verdad, es cuando me he dado cuenta de que el debate se estaba celebrando dentro de mi habitación!! El susto de muerte me lo he dado cuando he constatado que mis calzoncillos y mis calcetines, que debido a mi profundo sueño había dejado descuidadamente en la cama de al lado, se habían enzarzado en una acalorada discusión sobre qué decía más sobre la personalidad de un hombre, si los calzoncillos o los calcetines.
Me quedé totalmente atorado. No pude reaccionar. Pero pronto la conversación me pareció interesante y decidí escuchar.
Los calzoncillos esgrimían que para los hombres su virilidad era algo muy preciado y que la manera de envolverla era muy importante para ellos. En cambio, los calcetines estaban en los pies, que siempre solían estar sudados y oler de manera indecorosa. En cambio los calcetines contraatacaban postulando que los calcetines de los hombres están al descubierto infinitamente más veces que sus calzoncillos, los cuales sólo eran visibles en ocasiones excepcionales, muchas menos de las que sus usuarios hubieran deseado, mientras que los calcetines eran visibles cuando montamos en moto, cuando viajamos en avión y nos descalzamos, sentados en la oficina, cuando los pantalones se nos suben un poco. Unos calcetines de rayas o de según qué colores también dicen mucho de sus propietarios!
La verdad es que la conversación se puso tan interesante que no tuve más remedio que hincharme a whisky y tomarme un clorazepam para intentar dormir un poco. Al día siguiente impartía yo una ponencia sobre la influencia de la globalización en el corte de pelo en las grandes ciudades, y por muy importante que me parecía el debate, no podía permitirme el lujo de no pegar ojo.
A la mañana siguiente, la alarma despertador de mi Iphone, una especie de atronadora sirena como de submarino, que en mal día había escogido, me hizo levantar un resacoso y somnoliento párpado que hirió directamente las meninges de mi cerebro, para darme cuenta de que tanto mis calzoncillos como mis calcetines habían desaparecido, y en su lugar había una nota que decía: ¡A nosotros no nos tomes más el pelo!.
Decidí tomarme otro whisky y otro clorazepam.



Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada