El tanga estaba usado, pero no mucho, y por la posición en que había quedado bajo la mesilla se notaba que la noche antes de irse, Aina se había desnudado rápidamente. Aquella delicada flor había caído al suelo y algún golpe descuidado de pie la había destinado al olvido pasajero.
El hecho es que, un poco azorado y sintiendo como si estuviera violando aquel espacio, pero excitado por la situación y el moderado alcohol, hice lo que todo hombre sano habría hecho en esas condiciones.
Minutos después, la visión de las plantas a través de los cristales me hizo volver a lo que realmente me había llevado allí. Las regué con la misma indiferencia que me dedicaron ellas a mí. De hecho, diría que escupieron de manera desagradecida casi toda el agua que les dediqué, empapando el balcón del piso de abajo; el mío.
Al volver a entrar en la casa, aquel tanga me miraba de manera desvergonzada y decidí dar rienda suelta al exhibicionismo que hay en mí. Así que me desnudé delante de un espejo de 2x1,5 m que tenía enmarcado en pan de oro falso, demasiado barroco para mi gusto. Lo hice poco a poco, disfrutando de los instantes previos a verme vestido con aquella minúscula pieza.
Pero la sensación no resultó tal como esperaba. A pesar de ser Aina bastante menos voluminosa que yo, el tanga me cupo perfectamente, pero nada más calzármelo, se apoderó de mí una extraña sensación de vaivén galopante. Decidí sentarme en una silla que había frente al espejo. Mi visión en él pasó de la excitación al ridículo, al observarme sentado en aquella posición encogida, como de ganas de vomitar.
Estaba en una discoteca y llevaba en la mano mi quinto gintonic. Era un espacio al aire libre, se percibía perfectamente el rumor del oleaje, ni muy cerca, ni muy lejos. A mi lado había una chica bastante guapa, de poco más de 25 años y bastantes hombres corpulentos que me miraban lascivamente mientras se contorneaban demasiado cerca de mí. Mi mareo aumentó repentinamente. No entendía nada. Dejé el gintonic encima de la barra y le dije balbuceante a mi amiga, que me miraba con ojos condescendientes, que me iba a mojar un poco la cara al mar. Me dolía tanto la zona del pecho (o debería decir pechos?), y también tenía un dolor insoportable como en el apéndice, pero a los dos lados. ¡Dios! ¿Qué me estaba pasando? ¡Un baboso se me acercó y me soltó un par de obscenidades asquerosamente irrepetibles! ¡Pero qué coño te has creído, cochambroso! ¡Mira que te vomito encima! ¡No puede ser, pero si me ha venido la regla! ¡Tengo todos los pantalones blancos manchados! Me giro aterrorizada y sólo veo gente bailando como zombis poseídos al son del ritmo endemoniado.
En un ataque de lucidez, me he arrancado el tanga, que ha quedado en medio del pasillo en una mueca desgarrada, y por suerte he caído arrodillado, de bruces, desnudo, absurdo, delante del espejo. El corazón ha tardado cinco minutos en volver a su compás habitual.
¡Que se mueran las plantas!
Estas com una cabra neng! :P
ResponEliminaCrec que aquest finde has pres alguna substància al.lucinògena :P Cómo se te va la pinza....hem rigut una estona. LAURA
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