dijous, 14 d’octubre del 2010

Las aceras de Clara

Clara es una de las primeras clientas que tuvo esta peluquería. Es una mujer encantadora, de más de 35 años y menos de 40, un poco demasiado pija para mi gusto. La chica tiene un problema menor. Lo llamo menor porque no le impide hacer una vida bastante próxima a la normalidad, pero para mí, que soy tan directa, sería un auténtico engorro.
La cosa es que cuando sale a la calle sólo ve las aceras de la derecha. Un día, mientras le ponía unas extensiones rubias, le pregunté si era por inclinación política, pero ella me dijo que no. No sé si porque no quería revelar su tendencia de voto o porque realmente me estaba diciendo la verdad.
Según ella, le pasa desde pequeña y ya está totalmente adaptada a la tara. Su vida sólo le requiere un poco más de atención que a cualquier ser humano.
Ahora que ya es madre, los domingos, cuando a sus hijos les apetece comer churros, debe irse hasta el final de la calle y volver en el sentido contrario, deshaciendo su camino, porque al salir de casa, la churrería le queda en la acera de delante, la izquierda, y es totalmente incapaz de verla.
Internet le ha facilitado mucho la vida. Antes de salir de casa, siempre consulta en qué acera queda el lugar que necesita visitar, para saber en qué dirección debe tomar aquella calle. Cuando va en coche, en las calles de sentido único, sólo puede visualizar los números pares, porque los impares, no sé por qué extraña razón, en todas las ciudades suelen estar situados en las aceras izquierdas.
Cuando coge el metro, también debe estar atenta en las estaciones que tienen un único sentido, porque ella sólo ve un pasillo con un principio y un final y para acceder al tren debe guiarse por el lugar donde se colocan las demás personas.
Hace unos meses tuvo un accidente de coche bastante grave, porque circulando por el tercer carril, quiso adelantar por el cuarto, sin acordarse de que aquella autopista solo tenía tres.
Pero no todo es malo. También tiene sus ventajas. En la acera de enfrente de la suya, al lado de la churrería, hay un bar de copas del que todo el mundo se queja. Es muy ruidoso y siempre se saltan las ordenanzas municipales cerrando a altas horas de la madrugada. Con los de la churrería no tienen problemas, porque cuando unos cierran los otros abren, pero la gente del barrio está muy alterada. En cambio, Clara duerme plácidamente, porque para ella es totalmente inexistente.
Está casada con un militante del PP. Quizás no veía a los hombres de izquierdas…

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