Perdonad si os doy un poco la espalda. Es que aún no os conozco lo suficiente como para intimar mucho. Soy un poco tímida. Necesitaré un poco más de tiempo.
Esta foto dice cosas de mi peluquería. En este caso corto el pelo a una señora. Se diría que es verano, porque la gente tiene la estúpida manía de lucir pulseras en los pies en esta época del año.
La mujer en cuestion, se pasó veinte minutos mirándome las tetas y lanzándome su aliento de café con leche, mientras la cortaba. Y es que en una peluquería no todas las historias son bonitas.
Tenía cara de amargada, y estaba un poco llenita, aunque se esmeraba por intentar conservar su línea, como demuestra el bote de sacarina que veis al revés encima de la pica para lavar el pelo. Se quedó casi toda la hora callada, como ausente. Quizás había recibido una mala noticia, o la habían despedido del trabajo. La verdad es que no me interesó mucho lo poco que explicó. Todo en ella rezumaba desinterés. Y cuando la gente desprende desiterés, recibe desinterés. Mi corte también careció de interés. Uno más. Sin mucho esmero. Uno más. Sin historia. Uno más.
Le llamo mi peluquería, pero en realidad no es mía. Es de mi jefe. Un cuarentón que no está naaaaada mal. De hecho me encanta trabajar con él. Es experto, enrollado, sexy, paga bien. No he pasado nunca la noche con él. Está casado, y yo no soy de esas. Pero a veces pienso en él. Es el tipo de hombre que me gusta, porque siempre tiene una sonrisa en los labios, es alto, espaldas anchas. No diría que es guapo, pero si atractivo. Siempre seguro de sí mismo, y tan educado conmigo como no ha sido nadie. De hecho, además de por las historias, creo que aún estoy en su peluquería por agradecimiento. Porque que te traten bien, hace las cosas fáciles, te hace subir la autoestima, te hace sentirte feliz. la vida ya es demasiado dura.
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