divendres, 19 de novembre del 2010

La esterilización

El otro día, va y se estropea el aire acondicionado en la Pelu, con el calor de mil demonios que hacía. No tuvimos más remedio que abrir la puerta con la intención de que entrara el máximo de aire posible. Como siempre, no nos pusimos de acuerdo con el tema de la temperatura, que si el aire corriente ayudaba a dar sensación de fresco, que si el flujo que entraba era demasiado sofocante. Al final, decidimos, por mayoría simple, dejar la puerta abierta.
Resultó gracioso, porque soplaba bastante aire, y acabó entrando de todo. Primero lo hizo una especie de plumero vegetal giratorio, como esos típicos de las películas del Oeste. Más tarde lo hizo la portada del The Guardian del día anterior, lo cual me pareció una extraña elección, porque, excepto el jefe, allí nadie habla inglés.
Pero lo último que entró por la puerta fue lo más curioso, aunque no lo trajo el aire. Se trataba de un gato enorme, gordo gordísimo, con un collar de color arándano, que le apretaba mucho, del que colgaba una plaquita que rezaba “sammy”. Al principio nos asustamos un poco, porque con la magnitud de la cosa, algunas creyeron que era un tejón o algo por el estilo, y dieron un grito enorme.
Lo primero que pensamos fue de dónde había salido aquel mastodonte y que íbamos a hacer con él, aunque la diatriba nos duró poco, porque en menos de dos minutos entró una abuela cuchufleta preguntando por el animal.
Le pregunté por qué era tan desproporcionadamente grande, a lo que la anciana contestó que hacía un año que lo había esterilizado y no sabía si era por la falta de ejercicio del animal, que ya no salía de gatas y se pasaba el día ronroneando en el sofá, o por qué, pero había empezado a engordar y engordar hasta convertirse en aquella bola amorfa.
La anécdota quedó allí, pero a mi se me quedó dentro y a partir de aquel momento empecé a buscar cosas que pudieran estar esterilizadas. Y me sorprendí de la gran cantidad de productos que pasan por dicho proceso. Principalmente salsas, y todo tipos de bebidas, como gazpachos, lácticos y horchatas.
Estaba claro, por la experiencia que había tenido con el gato, que la esterilización de aquellos elaborados era debida a la intención de sus fabricantes de sacar el máximo partido del negocio. Deduje que, con toda seguridad, ponían la mitad del contenido en su interior, lo sometían a un proceso de esterilización hasta que el producto engordaba y engordaba de manera que ocupaba todo el espacio que había quedado vacío en el continente. Las multinacionales habían observado la naturaleza y la habían aplicado a la producción con el fin de obtener los máximos beneficios con el mínimo de materia prima. Y es que las cosas ya no son como las de antes, y menos en materia de alimentación.
El problema de verdad surgió el día que me topé con una botella de Horchata en la que se podía leer: Horchata de chufa de Valencia esterilizada y pensé en los pobres habitantes de aquella ciudad, y los volúmenes de sus cuerpos dentro de un año.

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