La semana pasada, mientras ponía rubia platino a una señora de mediana edad, escuchaba, aun sin quererlo, una conversación al otro lado de mi espejo entre un cliente y una de mis chicas. El hombre en cuestión, le explicaba que cuando era pequeño, su padre le ponía en el tocadiscos una canción entrañable que hablaba sobre una persona que, paseando por la calle a altas horas de la madrugada se encontraba con una casa en la que la luz se proyectaba por una de sus ventanas. El cantante teorizaba sobre la causa de dicha emisión luminosa. Entre las diversas opciones que enumeraba como posibles fuentes de aquella luz, se preguntaba si era debida a que unos amantes estarían consumando su amor, que si alguien estaría traspasando, o al contrario, allí se estaba produciendo un alumbramiento, para finalmente acabar cuestionándose si no sería un simple descuido del dueño, que a la hora de irse a dormir no giró la llave. Aquella canción, de pequeño, le tenía fascinado, no tanto por la calidad musical de la composición, como por su grafismo y por cómo algo tan mundano podía ocupar la valiosa cara A de un single.
La canción, hoy en día, casi no se puede escuchar, por obsoleta. No solamente por la melodía y el timbre de medio falsete setentero que usa el cantante, sino sobre todo por su temática:
Hoy en día nadie se extrañaría de encontrarse una luz abierta a altas horas de la madrugada. Tampoco tenemos mucho tiempo para invertir en algo que no nos aporta nada, como sería saber su por qué.
Así mismo, ya casi nunca hacemos el amor con la luz abierta. La vida moderna nos ha vuelto fríos, llenos de complejos. Nos consumen conceptos estéticos como la estilización del cuerpo, problemas como el exceso de grasas y otras futilezas por el estilo.
Por otra parte, la gente ya no muere en casa, a menos que se trate de un tema accidental. La mayoría de los mortales tendremos la desgracia de expirar fuera de nuestros hogares. Lo haremos haciendo footing después de salir del trabajo, en un aeropuerto en la otra punta del mundo, conduciendo un quad por la montaña, practicando el parapente, en un accidente de coche volviendo de nuestra segunda vivienda en la operación retorno de Semana Santa o sencillamente solos en una residencia estatal para la tercera edad.
Pero tampoco es habitual que se produzcan nacimientos en los domicilios particulares. Las gentes actualmente nacen en aviones, ascensores, veleros, desfiles o algunos incluso en hospitales, pero siempre en lugares más sofisticados que un simple hogar.
De todas maneras, probablemente, lo que denote más antigüedad en la canción sea el hecho de girar una llave para encender y apagar la luz. El que menos, tiene unos interruptores de diseño. Los que disfrutan de más suerte, cuentan con una casa domótica y pueden activar los comandos de on y off mediante el sencillo mecanismo de su voz, mientras llegan solitarios, a casa, con un humor desencajado, después de una jornada laboral de doce horas y haber invertido más de sesenta minutos de caravana en atravesar las rondas de Barcelona, que por cierto, también quedaron obsoletas el día antes de inaugurarlas.
Y es que a veces pienso que si hiciéramos más el amor nos dolerían menos las cervicales.

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