El viernes pasado, le hice rizos a un amigo de mi jefe que quería cambiar de look. Era un tipo peculiar. En algún tiempo había sido divertido, pero creo que hacía demasiado que no se encontraba. Me contó, de manera un poco ida, que hacía unos días había ido a hacer una travesía a pie por una zona tan recóndita de la provincia de Lleida que ni los de Google Earth se habían molestado en cartografiar.
En su periplo, dio con un pueblo abandonado que resultó estarlo mucho menos que él mismo, porque allí habían quedado atrapadas para siempre las almas de sus antiguos habitantes. Eran almas dadas a lo pacífico y un poco introvertidas, poco duchas a hablar con forasteros. La mayoría de ellos continuaban trabajando pacientemente en los oficios en los que quedaron presos cuando traspasaron.
Al llevar varias horas de marcha, se le abrió un apetito voraz, y decidió colarse en la fonda que regentaba una pareja mayor. El copioso ágape le condujo a un estado de ensoñación que le llevó a preguntar por una habitación.
Aquella tarde, mientras su cerebro se mecía en los vapores que se sitúan entre la realidad y la ficción, le llegó al resguardo del calor de julio la conversación entre el médico del pueblo y un señor, quienes se acaloraron en una discusión sobre el momento en que se había iniciado la gestación que estaban tratando. No sabía muy bien por qué pero en todos los embarazos, los ginecólogos y los maridos acostumbran a rivalizar por la posesión de la verdad respecto a esta fecha trascendental. El cónyuge decía saber exactamente el momento en que su simiente había fecundado a su mujer, mientras el médico, aún sin disponer de un material muy avanzado, porque murió en el año 73, justo antes de la ecografía al alcance de los mortales, se enorgullecía de ser el profesional que tenía el mayor índice de aciertos en los nacimientos de la comarca, que por aquella época, es de justicia decirlo, tampoco eran muchos. Lo cierto es que, el musgo que cubría las paredes de la casa donde dormitaba acabó penetrando en su cuerpo, mezclándose con la sequedad de su estado interior para envolverle en un halo frío que le despertó.
Al salir, casi se dio de bruces con un carpintero que llevaba diez años arreglando sin mucho éxito la puerta de entrada de una casa alta y estrecha por cuyo tejado, o lo que quedaba de él, se colaban resquicios de luz. En su interior, aún había restos de convivencia.
En la casa vecina, tropezó literalmente con una chica que, de espaldas, se entregaba con devoción al arte del solitario, pero no al físico, sino al cibernético. Al verme allí, lejos de asustarse o sorprenderse, compartió conmigo las noticias digitales del día en cuestión, que, por supuesto, hablaban de que en caso de continuar la severa sequía que azotaba la zona desde hacía unos años, los habitantes del pueblo se verían obligados a abandonar definitivamente aquel curioso paraje. Me fascinó la facilidad pasmosa con la que surfeaba la red. Y es que ya se sabe, la juventud y la tecnología, hoy en día, son todo uno.
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