diumenge, 14 de novembre del 2010

El reloj de dos esferas

Desde que me separé, sentía un nerviosismo interior producido por la necesidad interna de encontrar pareja. Un amigo mío me recomendó que fuera a ver a un médico tradicional chino que visitaba en Barcelona y que disfrutaba de muy buena reputación.
Cuando le expuse mi caso, me comentó que la solución residía en un reloj. Enseguida me puse en alerta. Aquel tipo me quería endosar un reloj de 150 euros, supongo que aprovechándose de mi necesidad de creer. El tema es que al final pensé que lo máximo que podía perder era lo que mi peluquería factura en menos de una hora, o sea que me decidí a adquirirlo.
El médico de marras me dio, con una mano, el reloj y una cajita que contenía un papel que debía abrir en mi casa. Con la otra mano me dio una factura de 300 Euros, desglosada en 150 del susodicho artefacto y 150 en concepto de primera visita. Me pidió el número de móvil y me despidió con una sonrisa de oreja a oreja que yo solo pude encajar con cara de estúpido.
Al abrir el papel estuve a punto de tirar la caja  y el reloj por la ventana… Rezaba que la esfera mayor era el momento que vivía mi corazón y por tanto marcaba la hora en la que yo me encontraba. La esfera menor era el momento por el que transitaba el corazón de la persona que yo estaba esperando. Debía ponerlo en marcha esa misma noche a las 24:00. Al hacerlo, las manecillas de mi esfera marcaron las 24:00, y las de la esfera pequeña se desplazaron hasta marcar la 01:00, quedando una hora adelantado.

Era bastante cómodo, porque cuando viajaba a algún país donde el huso horario era diferente del mío, mi esfera, aunque era analógica, cambiaba automáticamente. Además, cada mes, la manecilla de la esfera pequeña se adelantaba una hora durante la noche del último día al primero del siguiente.

Tres meses después, durante el transcurso de una reunión de negocios, vi un número extraño en mi móvil, que empezó a vibrar bailando desacompasadamente encima de la mesa.  En condiciones normales no lo habría cogido, pero algo me dijo que debía hacerlo. Me sorprendió el acento chino del otro lado de las ondas, que me llevó enseguida a aquella consulta que había visitado aproximadamente noventa días antes. El médico me preguntó por la manecilla pequeña y al relatarle yo su movimiento, concluyó que todo iba según lo previsto.
Aunque no creía nada de todo aquello, cada vez estaba más enganchado a aquel reloj, que no me quitaba bajo ningún concepto, como si fuera a salvarme de mi naufragio interior.
Al cabo de medio año más, el mismo número, que había memorizado de manera precavida en mi móvil, me comentó que el adelanto que yo interpretaba en las agujas, era realmente un retraso. El corazón de mi media naranja cada mes se acercaba más a donde yo estaba. Un rápido conteo me hizo pensar que nada más quedaban tres meses para que acabara aquella soledad que me consumía.
Cuando las dos esferas se encontraron, miraba a todas partes buscando alguna mujer que me sonriera, que se me dirigiera, o que me rozara en el metro. Pero aquel día no pasó nada.
Llamé al médico y me dijo que el reloj marcaba las horas, y los días, pero no los años. Podía ser que nuestros corazones se hubieran alineado, pero no en el año actual. Aquello me llenó de desazón y de congoja. Una mezcla de sensación de ira y de timado se apoderó de mí. Quizás mi chica con sus ojos de color castaña no llegaría a tiempo.

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