Hoy me he levantado en plena forma. Café cargado y un cruasán de chocolate que compré ayer en la panadería de debajo de mi casa. Hacia las 22:00 sacan una hornada especial. Es curioso, porque incluso a esas horas, en que casi todos los mortales solemos estar recluidos en nuestro pequeño mundo, se forman colas.
Nada más dejar atrás la puerta del piso, he notado que algo no iba bien, como si me faltara el aire. Me he aflojado el nudo de la corbata. Quizás me lo he apretado demasiado. Esta mañana corto el pelo al alcalde y no estoy acostumbrado a usarla; me reduce demasiado la movilidad. Normalmente me visita cada mes y medio. Unas veces para un corte enérgico, sobre todo en verano, pero la mayoría de ellos para una puesta a punto. Para pasar la ITV, como suele bromear.
Pero lejos de notar alivio con el gesto, me ha invadido una indescriptible sensación de zozobra. Una extraña luz tenue que me ha invadido al franquear el portal me ha obligado a mirar al cielo, por si con el cambio de hora de ayer, la salida del sol proyectada en las nubes era lo que teñía de rosa el aire que me circundaba.
He tardado aún unos segundos en darme cuenta, quizás porque la calle estaba poco transitada. Al quiosquero le había entrado un ataque de pánico, y se quejaba con voz un poco metálica de que no podía entregar los periódicos del día. Entonces lo he visto claro. Dos hombres que se habían encontrado en plena calle, no podían encajar las manos porque estaban envueltos en una burbuja de color rosa que les impedía interactuar. Lo primero que he pensado es que no podría cortar el pelo al alcalde y le he llamado al móvil para comentarle que me encontraba indispuesto. No me he atrevido a contarle la verdad por si pensaba que estaba bajo los efectos de algún narcótico. Debía preservar mi reputación. Ya se sabe que los políticos no deben mezclarse con gente que pueda manchar su reputación. Pero al contrario, sólo descolgar, he reconocido al otro lado el mismo efecto metálico que acababa de escuchar al quiosquero. El alcalde estaba muy nervioso y su voz rezumaba la viscosidad pegajosa de la burbuja rosada que le impedía pensar con claridad.
Al poco, las gentes han empezado a salir a las calles. Se notaba que la hora ya no era tan temprana, y con el avance del amanecer se han lanzado a ver si el espacio abierto les daba una solución que les negaban las cuatro paredes que les encerraban.
Pero no todo era negativo. Ni los coches, ni ningún medio de transporte podían conducirse, por lo que se podía deambular por el medio de las calzadas sin ningún temor a ser atropellado. Los móviles dejaron de recibir señales, porque a medida que más burbujas salían a la calle, las interferencias que éstas producían anularon las ondas electromagnéticas de las antenas de los celulares.
De repente, la ciudad me ha parecido un engendro extraño. Cuando el mundo era más tranquilo que nunca, sin la obligación de respirar CO2, sin nada electrónico o mecánico funcionando, sin teléfonos, más sus arterias se llenaban de personas asustadas.
El siguiente pensamiento que ha surfeado mi mente me ha estremecido de terror. Sin transportes, sin telecomunicaciones, sin mecánica, sin hombres y mujeres que pudieran copular, cuánto tiempo tardaría nuestra civilización en desaparecer.
En un último ataque de lucidez, he girado mi cabeza hacia arriba lo justo para darme cuenta de que las burbujas salían del balcón de mi piso. Y he recordado que me había dejado el cajón de la lavadora abierto al poner la última colada.
Eso me ha hecho reflexionar sobre la evidente fragilidad por la que se desliza la naturaleza humana.

M'encanta com explotes la teva vena catastrofica! Molt autentic!
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