divendres, 5 de novembre del 2010

La huída

Mi casa estaba llena de libros adoptados. Me encantaba leer y los devoraba con delirio. Hurgaba en todos los géneros literarios, pagaba mucho dinero por algunos de ellos, ya por ser raros, ya por estar firmados por alguno de mis autores preferidos. Hasta que, con el tiempo, los fui cambiando por mi otra pasión. Cortar el pelo.
El hecho es que a medida que me introducía más y más profundamente en el mundo de la peluquería, el abandono en que sumía a mis libros era más exponencial.
De esta manera, me ocurrió que un día, al levantarme, vi que toda una balda de mi librería estaba totalmente vacía. Juraría que la noche anterior, antes de irme a dormir, todo estaba en orden, y al principio me dio un respingo en la espalda, al pensar que alguien hubiera podido entrar y llevárselos, aunque el inmediato pensamiento de que nadie robaría cultura pareció tranquilizarme.
Esperé ansiosamente a las ocho a que llegara Juani, la señora que limpia en casa, para consultarle si ella sabía algo acerca de la desaparición de aquellos libros, pero con su cara de ¿pero este le da al pegamento? mi pregunta se respondió sola. Debí haber imaginado que la amistad entre Juani y Kapuscinski era sencillamente algo imposible.
Aquella noche dormí mal. Di vueltas y más vueltas. De repente, me cogió una obsesión por listar e inventariar todos mis libros, con una sensación como si el agua se estuviera colando entre mis dedos.
Con el tiempo y un poco de entrenamiento, pude llegar a detectar los libros que me iban desapareciendo. Al principio lo hacían por temáticas. Primero fueron los de cocina, luego los de viajes, lo que me hizo pensar que alguien estaba interesado en aquellas materias. Pero más tarde empezaron a desaparecer por colores. Primero los rojos, que eran algunos, luego los negros, que eran los menos, pero cuando se evaporaron los blancos, mi biblioteca se quedó con menos de la mitad de los cerca de mil ejemplares que la habían compuesto. Finalmente desaparecieron por tamaños. Primero los que medían más de 32 centímetros, posteriormente los que medían entre 25 y 32, y finalmente los más pequeños.
Mi desasosiego llegó a su punto culminante el día en que sólo quedaron dos libros en la estantería. Uno de color verde muy poco atractivo y más bien pequeñito, que era un tratado antiguo de aritmética y otro de color rosa palo con unas flores.
Tardé mucho en discernir, ya cuando sólo el libro rosa habitaba conmigo, qué era lo que había estado pasando. El último ejemplar resultó ser un ensayo bastante espeso sobre la adopción, que devoré ávidamente en mi afán por comprender. En él, se hablaba de las difíciles relaciones entre los niños adoptados y los padres no biológicos. Había veces en que los niños, en su afán por descubrir quienes eran sus padres de verdad, herían la sensibilidad de aquellos que les habían cuidado durante casi toda su vida, creándose un círculo vicioso, según el cual, el abismo entre ellos a veces se convertía en insalvable y acababa con el abandono, a la mayoría de edad, de los padres adoptivos por parte de sus hijos.
Atónito, caí en que hacía unos dieciocho años que había empezado a montar aquella librería a la que poco a poco había ido abandonando hasta el punto de que si Juani no le sacaba el polvo ya nadie lo hacía. Hacía tres meses que la bombilla que iluminaba la alacena se había fundido y no había tenido ni el tiempo de pensar en comprar una de repuesto para cambiarla.
Al día siguiente, cuando me levanté, después de toda la noche sin pegar ojo, sabía que aquel libro rosa ya no estaría, tal como ocurrió, sumiéndome en el más profundo arrepentimiento por haber desatendido de manera flagrante mis obligaciones como padre adoptivo para con aquellos libros que otrora tantos días de felicidad me habían regalado.

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