dimecres, 24 de novembre del 2010

El Metro de Madrid

El otro día leí en internet que la tendencia es que los últimos vagones del metro de Madrid se llenen de gais (dicho esto con todo el respeto del mundo), unos en busca de rollos fáciles, otros en busca de un poco de estimación, algunos para moverse en un ambiente no hostil. Es lamentable esta sociedad en la que estamos inmersos. Ya ni nos tocamos. Cuando alguien toca a otro tiene que estar siempre pendiente de cómo interpretarán los demás ese contacto. Sobre todo para un jefe es complicado. Si apoyo la mano en la espalda de una de mis peluqueras, las otras se miran entre ellas pensando que esta es mi preferida. O peor, mi concubina. Al final todo es un tema de celos y de la frialdad de nuestra sociedad actual. Pero bueno, volviendo a lo del Metro de Madrid, que ya me estaba yendo por las ramas, parece que se ha creado una industria fácil del sexo, e incluso se encuentran con toda naturalidad personas vendiendo preservativos por las estaciones y sus accesos.


Yo raramente cojo el metro en Barcelona, pero aprovechando que iba a cenar con unos amigos madrileños (gais, por cierto), que regentan una peluquería, decidí coger el metro para llegar a su casa, en la misma plaza de Chueca.
El trayecto desde Atocha hasta Chueca dura apenas veinte minutos, y por tanto, si quería escrutar el ambiente que distinguía a aquellos vagones, debía invertir bien mi tiempo. Cuando me subí al metro, era hora punta de la tarde y como el último era el que estaba más lleno, no me pude subir. Por eso me subí en el penúltimo. Los vagones se comunicaban, y quizás si se vaciaba por el camino podría acceder a él.
El penúltimo coche olía un poco a rancio. Quizás a aquella hora de la tarde, los olores corporales ya estaban un poco subidos de tono. Una cuarentena de personas se hallaban enfrascadas en conversaciones que no podía ubicar ni en el tiempo ni en el espacio. La mayoría de esas charlas se producían en inglés, y aunque yo lo hablo medianamente bien, me costaba mucho seguirlas. Por supuesto que Madrid es una ciudad cosmopolita, pero tanta concentración de ingleses en un mismo vagón de metro se me hizo extraña. Llamadme provinciano. Lucían unas indumentarias muy setenteras. Hace un tiempo que no voy a Londres, pero creía que volvían los ochentas, no los setentas, aunque con los ingleses nunca se sabe.
No sé si era el olor o el idioma, o qué, pero me sentía extranjero en aquel vagón y me desplacé al antepenúltimo. Sus habitantes me miraron con un espasmo, como si estuvieran viendo un muerto resucitado. Intenté mirarme en mi espejo de bolsillo por si tenía algo extraño en la cara, pero, para bien o para mal, era la habitual.
Ante los rostros de las gentes que me rodeaban decidí preguntar a una señora mayor, de aspecto bondadoso (me enamoran las mujeres buenas), quien me dijo: Joven, en ese vagón viajan desde hace treinta y cinco años los muertos del accidente de la estación de Moorgate de 1975.
Y es que ya digo yo que últimamente no sé qué me pasa que no doy pie con bola.

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