dissabte, 27 de novembre del 2010

La dependencia

Hace un par de meses salí al balcón de mi casa a tomarme un Martini helado y disfrutar de la cálida noche barcelonesa de Julio. El tráfico en la calle no resultaba muy ruidoso, así que saqué un taburete naranja que tengo en la cocina, cerré los ojos y degusté el sabor a hierbas de mi bebida. Al respirar, me llegaba un respingo de aire salado que al henchir mis pulmones, llenaba también mi alma, como si de vasos comunicantes se tratara.
Al levantar la cabeza vi una silueta que se movía como etérea detrás de una cortina beige que resultaba poco más que una gasa, en un piso del edificio de enfrente, que debía estar aproximadamente a la misma altura que el mío.
La figura en cuestión, se desplazó fantasmagóricamente de la habitación en la que se encontraba, a su balcón. Vestía unas braguitas de color crudo, una camiseta de tirantes a conjunto y pies descalzos. También llevaba un vaso en la mano, pero ella largo. Por el aburbujamiento y transparencia de su interior, deduje que se trataba de un gintónic. Debía estar más a la page que yo, ya que aquella volvía a ser la bebida de moda en Barcelona.
Su visión me sedujo al instante, aunque en la distancia no distinguía bien el color de sus ojos oscuros. Se trataba de una mujer muy atractiva, con todas sus curvas y sus rectas, líneas continuas y también las discontinuas. Una melena oscura se apoyaba en el hombro izquierdo.
Miré mi reloj, eran las 22:15. Quería irme a dormir pronto. Al día siguiente me debía levantar a las 4 de la mañana para coger un vuelo en dirección a Islandia. Un amigo mío, gracias a una beca, se dedicaba a estudiar el comportamiento sexual de los elefantes marinos.
Al hacer el gesto de levantarme, ella adivinó mi intención y levantó su vaso, como brindando a distancia. Yo la imité, y me fui a la cama.
Al volver de mi viaje, de apenas una semana de duración, volví a salir al balcón, Martini bianco en mano. 22:15. Allí estaba ella con su gintónic. Me hizo el mismo gesto que el último día que nos habíamos visto. Esta vez, fue ella, con sus braguitas crudas, quien se retiró al interior de su vivienda como si yo fuera invisible.
Era curioso, nunca antes me había percatado de su existencia, pero a partir de aquel día, me creé una dependencia un poco enfermiza. No sabía quién era, ni cómo se llamaba, pero si un día no salía al balcón con su gintónic, empezaba a imaginar qué había podido sucederle. Acaso se le había girado trabajo, quizás aquel día no le apetecía salir al balcón y prefería ver una serie espachurrada en el sofá… pero cuando llegaba a la suposición de que a lo mejor había quedado con alguien para cenar y salir a tomar unas copas, unos celos totalmente irracionales me invadían sumiéndome en un estado de mal humor que me corroía por dentro.
Lo peor de todo vino cuando el primero de Agosto no salió, ni el segundo, ni el tercero. Se apoderó de mí el desasosiego más profundo que puede invadir a un ser humano. No podía cortar, ya que les hacía trasquilones a las clientas, ni me apetecía aparecer por la Peluquería, aunque era mi verdadera pasión. No comía, no dormía, les gritaba a mis amigos, aunque no me hicieran nada.
Intenté investigar, preguntando por ella a los vecinos, haciéndome pasar por un familiar lejano que estaba de paso por la ciudad, pero se la había tragado la tierra. Nadie sabía nada de ella.
Lo primero que pensé fue que se había mudado, que había cambiado de trabajo, de ciudad, o lo peor, de país.
Cuando ya me había adelgazado cuatro kilos, una noche apareció en su balcón, con una sonrisa de oreja a oreja, totalmente ajena a mi sufrimiento, luciendo un tipazo estupendo y con su vaso en la mano, que levantó, junto con una ceja tentadora, en el momento en que me vio. Eran las 22:15. Lucía un bronceado espectacular y una piel tersa y brillante. Las vacaciones le habían sentado de maravilla. Yo también estaba moreno, pero era de estar quince días agarrado a las barandas de mi balcón.

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