diumenge, 7 de novembre del 2010

El idioma de los ojos

Hoy, al llegar a la Pelu, he visto que todas mis compañeras lo habían hecho antes que yo. Estaban enzarzadas en una estúpida discusión de la que también participaba Juani, la chica que dos días por semana limpia en casa del jefe. Para Vanessa, lo más importante era tener siempre las tijeras, la moto, las toallas, siempre a punto, las cuchillas afiladas, las baterías cargadas. Ana creía que, para que el cliente estuviera confortable, el ambiente debía ser relajado. Buena música, la iluminación en su punto justo. A Marcela no la oí bien, pero Juani barría para casa, nunca mejor dicho, y decía que lo más importante era que el local oliera siempre a limpio.
Cuando me han preguntado a mí, me he salido por la tangente. Me habría dado una inmensa vergüenza reconocer que lo más importante de aquella peluquería era mantener bien limpio el espejo frente al que cortaba. Reflejados en él, los ojos de Jorge me hablaban desde hacía algo más de un año y medio siempre que venía a cortarse el pelo. Jorge tenía unos preciosos y deliciosos ojos de color de nocilla de dos colores: blanca por fuera y cacao fuerte y avellanas por dentro.
El primer día que le corté el pelo, no abrió boca. Era terriblemente tímido. Pero tampoco hizo falta, porque sus ojos me explicaron cosas sobre mundos fascinantes. Aquella noche, no sabía por qué, pero me fui a la cama flotando, como si me hubiera tocado la lotería o unos ángeles a bombo y platillo me estuvieran anunciando que había sido agraciada con la eterna juventud.
A partir de entonces, Jorge regresaba a la peluquería puntualmente cada mes. Fue en aquel momento cuando empezó mi calvario. Por algún mal hado, siempre me tocaba a mí cortarle el pelo. Cuando le lavaba la cabeza, le hacía el amor con los dedos. Cuando en el mecerse que conlleva el corte, nuestras pieles se rozaban, se me erizaba el vello de una manera tan descarada que me azoraba esta evidencia. Los problemas empezaron cuando intenté interpretar lo que me decían o, mejor dicho, lo que yo creía que me decían.

El tema era que al venir exactamente cada mes, siempre caía en un día de la semana diferente. Me volvía loca porque cada día me daba la sensación de que me decían cosas diferentes. Los lunes casi me esquivaban. Parecía que aún rezumaban el calor que habían recibido de su familia durante el fin de semana. Los martes estaban un poco más parlanchines, generalmente de buen humor. Me sonreían y me hacían sonrojarme interiormente. Los miércoles, sus ojos y los míos establecían una interesante conversación, de tú a tú, que me reconfortaba el alma. Los jueves, me parecía que jugaban retozando los con míos, con una complicidad totalmente fuera de los límites políticamente correctos, hasta que acababan tumbados al arena salada y cálida de una playa sin almas. Y cuando la esperanza se afincaba en mis entrañas, llegaban los demoledores viernes en los que ya solo me hablaban de un fin de semana del que yo nunca sería partícipe.
Toda esta algarabía ocular y el intentar desgranar sus sonidos en mis oídos me hacía malvivir tanto, que finalmente mi única salida fue intentar conformarme con su vívida belleza. A partir de aquel momento, los degustaba profunda e intensamente mientras duraba el baile (a veces lo alargaba un poco más de la cuenta de manera lo suficientemente hábil como para que ni mis compañeras ni mi jefe sospecharan nada). Pero durante los 30 minutos en que se prolongaba mi trabajo con Jorge, me ponía unos tapones como esos que dan en los aviones para dormir y, de esa manera, no caer en la tentación de los descarados ojos de nocilla.
Cuando creía que ya lo tenía todo bajo control, un día encontré un folleto que habían lanzado por debajo de mi puerta: Talleres de iridología. Aprenda a leer el iris de los ojos. Y me puse a llorar como una tonta.


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