dijous, 18 de novembre del 2010

te veo

Ayer me levanté y sólo poner un pie en el suelo, me di cuenta de que algo iba mal. No veía. Últimamente cuando tengo problemas de estrés me pasa, pero esta vez era bastante acusado, y lo más extraño era que fue justo al levantarme, después de haber descansado.
Decidí darme una ducha reparadora. Últimamente no duermo muy bien y el resbalar del agua por mi cuerpo, me ayuda a despejarme. Como pregona la Ley de Murphy, cuando estaba enjabonado de pies a cabeza, se fue el agua caliente. Llamé a ver si Juani había llegado y podía echar un vistazo al calentador, preguntándome por qué ella era el único de los personajes fijos de este blog que tenía nombre. Como no llegué a ninguna conclusión coherente, apreté los dientes y me enjuagué con agua helada. Mientras llamaba al servicio técnico de la caldera, Juani llegó. Estaba de suerte, en treinta minutos tendría a un operario allí.
Al llegar al comedor mi intensa ceguera, persistía. Buenos días, Juani. Ofelia, dijo ella. Juani siempre estaba de broma. Justo empezar a sorber el café amargo sin azúcar, el timbre me avisó de que los operarios habían llegado. Buenos días, me escupió un tal Otilio. Con la pinta que traían y aquel nombre, nada bueno podía esperarse de la pareja. Mientras me despedía de Juani, por la puerta de la cocina empezó a salir el agua a borbotones y, sin pararme a ver el espectáculo, decidí ir a ver al oculista que atiende en los bajos de mi edificio. La mujer, diligente, me recordó que me dejaba las gafas, pero justo cuando me las ponía, me di cuenta de que nunca antes las había llevado.
La escalera no era como la recordaba. Era de color pastel, y había una piel de plátano en el suelo, que no recogí. Un adolescente larguirucho y desaliñado, con cara de travieso y un estrecho uniforme rojo del que le salía la barriga, me preguntó con retórica desgana: ¿a la portería, no? Le dije que sí, sin pensar que en mi escalera nunca había habido ascensor.
Justo en el momento en que se cerraban las puertas, un par de gemelos entraron, mochilas a la espalda y pantalones cortos, pisándome el pie sin ni pedirme perdón y liando alboroto. Al llegar a la portería, los gemelos salieron a toda velocidad, volviéndome a pisar el pie. Antes de que las puertas del ascensor llegaran a abrirse completamente, una estrambótica pareja entró sin ni dejarme salir primero, tal como reza la corrección política. Por la desorganizada conversación que mantenían a grito pelado, entendí que eran un par de superagentes privados contratados por mi ex mujer.
Llegar a la portería me pareció una odisea. Menos mal que estaba a sólo cinco metros de la puerta del oculista. Llamé a un timbre que me resultó familiar. Cuando me abrió la puerta el profesor Bacterio me soltó: Joder, Rompetechos. ¿Otra vez, aquí?







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